Escribir lo inolvidable: Un libro de crónicas sobre los Cabécares

Por Óscar Ureña García


El deslumbramiento me invadía los ojos. La belleza del lugar; la pureza del río, de la vegetación, del verde permanente que no se alejaba de la mirada; invadía cada espacio de mis retinas. La preocupación por captarlo todo, por no dejar escapar ningún detalle que luego me fuera necesario le añadía emoción a mi emoción. Mientras avanzábamos hacia Simiríñák, un pueblo cabécar ubicado sobre una de las márgenes del Río Pacuare, en Bajo Chirripó,  sentía que no me alcanzaban los ojos para mirarlo todo.
Era mi primera vez en estas montañas. Repasaba mentalmente lo que había investigado previamente sobre la cultura de este pueblo: sus dioses, sus costumbres, su visión del mundo. Me repetía el nombre de la persona que yo había elegido entrevistar en la reunión que tuvimos en la Universidad San Judas, todos los participantes en el proyecto, con Freddy Martínez, uno de los líderes culturales de los cabécares. Sabía que tenía que concentrarme en la labor que realizaríamos. Sabía lo que me esperaba pero, la impresionante belleza del lugar,  me interrumpía.



Estaba ahí, como parte del grupo, para sumar mi crónica a las crónicas de los otros, con el fin de mostrar, de conjunto, en un libro, cómo vive un pueblo que es parte nuestra, pero que apenas conocemos.

Con nosotros iban el profesor Guillermo González Campos, quien trabaja actualmente en un diccionario español-cabécar,  y con Leonardo Roque, director de de la licenciatura en Producción y Realización Audiovisual, quien, con la estudiante Stefany Castro filmaban a los cabécares y a nosotros, para producir después un video que entregará junto con el libro.

El autor, Óscar Ureña, entrevista al joven cabécar Alejandro Martínez, mientras el profesor Leonardo Roque filma la escena.
Hay que decir que no era el primer proyecto periodístico de esta índole en la universidad. Ya habíamos elaborado y publicado un año atrás otro libro de crónicas, con el auspicio de la ONG Marviva. Entonces el tema era la conservación del medio ambiente y los personajes los líderes comunales de la Península de Osa.

Esa experiencia me marcó como periodista, pues realizamos una ayuda social importante. En nuestras crónicas, entonces como ahora, utilizaríamos las mismas herramientas con que José Martí, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, César Vallejo, y otros, los llamados modernitas, hicieron las suyas a finales del siglo XIX. Las técnicas las habíamos aprendido y puesto en práctica con el profesor Froilán Escobar, en el laboratorio que imparte sobre la crónica en la licenciatura en comunicación de nuestra universidad.

Yo soy un heredero, me dije mientras la grandiosidad del escenario seguía entrado por la ventanilla. El paisaje parecía crecer, y los obstáculos también. Los dos automóviles con que llegamos hasta las cercanía del río Pacuare,  a pesar de su  doble tracción, se atascaron. El lodo, y la inclinación del terreno, no permitieron avanzar más. Era como acelerar sobre agua. Teníamos, pues, que caminar, con toda nuestra carga (bultos, bolsas de dormir, grabadoras, cámaras fotográficas y de videos) y los zapatos también atascados de lodo. Pero en ese momento la invasión de la hermosura era total.  No me permitía distraerme.

Vista del Río Pacuare, en las cercanías de Simiríñák, Bajo Chirripó.
Simiríñák es un pequeño pueblo ubicado en la reserva Cabécar de Bajo Chirripó, una de las más grandes de nuestro país. Según datos del Estado de la Nación, el pueblo Cabécar es la mayor población indígena de Costa Rica. Se estima que su número asciende a 14 mil personas, dispersadas en las zonas de Talamanca, Telire, Ujarrás y Chirripó. A pesar de estas cifras, muchos de sus jóvenes están desinteresándose por su cultura. Las costumbres, y el idioma, se están perdiendo poco a poco producto del abandono estatal y de las exclusiones que históricamente padecen.

Por esa razón nos encontrábamos ahí. Queríamos realizar el trabajo de entrevistas e investigación para la producción de un libro que muestre la realidad en que vive este pueblo original y originario de aquí, de Costa Rica.

Casa cónica cabécar, donde nos recibieron.
El grupo lo componíamos: Carmen Edgell, Carolyn Mora, Rafael Arias, Odenis Bacallao, Angélica Sánchez, Stéfany Castro, Leonardo Roque y Guillermo González Campos, estudiantes y profesores. Había  otros que no pudieron realizar el viaje, pero que realizarían las entrevistas después: Otto Vargas, Ernesto Rivera, Susana Peña Nassar y Valeria Román.
Repasábamos mentalmente  los principales puntos que nos proponíamos abordar: salud, educación, cultura, medio ambiente y problemas socioeconómicos. Lo relacionado con la salud es apremiante. Los índices de mortalidad infantil son muy elevados. Tradicionalmente, hay un médico llamado Jawá, que es un especialista en curar por medio de hierbas. Pero el papel del Jawá está decayendo. Hay un desinterés de los jóvenes de aprender a ser médicos cabécares y faltan los médicos y de la medicina occidental.

La belleza del entorno y el cansancio competían entre sí. Una niña ofreció ayudarme con la carga. Quería llevar mi bolsa de dormir. No quería molestar. Ya las maletas habían sido cargadas en una yegua que trajo Freddy  para ayudarnos. Ahí, en ese contacto, fue que me percaté de los rostros de los niños. Una timidez milenaria les brillaba en el semblante.

Grupo de estudiantes de la Universidad San Judas Tadeo, reunidos con el cabécar Freddy Martínez, dentro de la casa cónica.
Pensé en la educación. En los últimos 10 años se han abierto más de 60 escuelas. Cualquiera puede concluir, por el número, que es algo positivo. Y lo es. Pero solo se enseña en español; nada de su idioma. Por tal razón lo van perdiendo. Es una de las tantas maneras de quitarles su cultura.

Lo único que encontramos en Simiríñák es un rancho tradicional cabécar donde nos instalamos después de recibir el efusivos saludos de quienes nos esperaban. Al ver aquel rancho cónico y a ellos, volvimos a penernos en situación de por qué estábamos allí.

“La situación socioeconómica es bastante delicada”, nos había dicho Guillermo González en la reunión previa. “Chirripó es uno de los distritos más pobres del país. El índice de desarrollo humano es bastante bajo. Anteriormente, los indígenas producían lo que necesitaban para vivir. Con la llegada de la dinámica económica del mercado, ya lo que siembran no es suficiente, porque se han convertido en consumidores de productos que ellos no producen.”

Cada uno de nosotros se dispersó. Nos sentamos toda la tarde a conversar con las personas que debíamos entrevistar. Me cegaba a veces el destello constante de las cámaras fotográficas. La tarde transcurrió como debía. Cuando terminé, guardé mi grabadora y me senté a mirar a todos. Entonces, el verdor frondoso y la majestuosidad del río Pacuare, que me susurraba al oído, me invadieron. Estaba en medio de dos de las montañas que conforman la cordillera más alta de nuestro país.

Freddy Martínez, centro, con niños cabécares, momentos antes de comenzar la danza del sorbón.

La noche empezaba a llegar. Freddy quiso que presenciáramos una ceremonia muy importante: la danza del sorbón. Una danza grupal en la que todos se abrazan y giran alrededor del centro del rancho cónico. El cantor hace hermosas entonaciones en cabécar sagrado y todos danzan. “Significa mucho para nosotros, porque cuando Sibú creó el mundo, tuvo la ayuda de muchos espíritus. Cuando terminaron de crear la gran casa que es el mundo, danzaron así”, me comentó Alejandro Martínez, hijo de Freddy, mientras presenciábamos el ritual.

Al final, la noche hermosa no dejaba dormir. Ese lugar es impresionante. Salí para ver la luna. La noche, sin nubes, ni luces artificiales. La luna, la montaña, las estrellas y el río Pacuare que cantaba a lo lejos. Volví una y otra vez al momento en que nos invitaron a danzar junto con ellos alrededor del fogón. No quería que la noche se me fuera. Me sentí afortunado.

Sé que  esta experiencia compartida con mis compañeros de la universidad y con los cabécares para escribir un libro de crónicas, nunca la voy a olvidar.


Estudiantes y profesores de la Universidad San Judas Tadeo, danzando con los cabécares en la casa cónica.


Video del viaje a la zona cabécar