En defensa del periodista

Por Carlos Méndez

Estudiante de la carrera de Periodismo de nuestra Universidad.
Para un gran número de lectores el periodista es bueno por su objetividad e imparcialidad, es decir por mostrar la realidad de la noticia sin valoraciones personales. Se necesita, dicen, que  los hechos hablen por sí solos, sin la intervención del punto de vista de nadie.

Si yo fuera el periodista que ellos quieren, no podría, por ejemplo decir que tengo un perro blanco, fiel. Mi objetividad periodística no me permitiría decir que tengo un perro blanco, fiel, porque eso supone que todos los perros blancos no son fieles y porque, además, sería una manera de negar o de darle la  espalda a los perros negros, amarillos o dálmatas. Una polarización imperdonable de mi parte tener un perro blanco, fiel.

Para que yo, como periodista, pueda afirmar que tengo un perro blanco, fiel, tendría que tener perros de todos los colores para que sirvan como evidencia de que el perro blanco es fiel y que lo otros, también lo son. Sin embargo, esa sería una opción imposible debido al insuficiente poder adquisitivo de un periodista (o de cualquier ser humano),  además del  poco espacio que tienen en general las casas de los periodistas (sean buenos o malos) y a su falta de tiempo para bañar, alimentar y sacar tantos perros a pasear.

Tampoco podría tener un pingüino para decir algo parecido con algún calificativo. La gente me reclamaría el hecho de favorecer al ave y dejar desamparados a los gatos, las tortugas y sobre todo a los perros, inocentes animales que no tienen la culpa de que uno sea un mal periodista que prefiere a los pingüinos. Todos comenzarían a sospechar de un soborno hacia mí por parte de los pingüinos para beneficiarlos con algún adjetivo: o sea, alguna propiedad en el polo sur, alguna remesa de pescados o dinero en efectivo. Vaya usted a saber.

Por lo tanto, no puedo tener una mascota que yo califique y ser un buen periodista simultáneamente. Una cosa excluye a la otra, así como no se puede ser un perro y un pingüino a la vez.

De cosas como estas uno se viene a enterar con el tiempo y, generalmente, con bastante dolor; ya que uno se da cuenta de que tampoco puede ser un amante de la playa sin que los montañistas se ofendan, ser amante de la música, ser aficionado al fútbol o siquiera vivir en determinado lugar del cual uno diga un adjetivo, un adverbio, un sustantivo o un verbo que impliquen el uso de mi apreciación, sin dejar de ser, por consiguiente, un terrible periodista huérfano de objetividad.

Estas personas quieren, como dije anteriormente, que el periodista bajo ninguna circunstancia haga valoraciones, lo que sería sencillísimo de lograr si este fuera, por ejemplo, una hoja de papel en blanco flotando sobre las calles. Lo que no toman en cuenta estos lectores de periódico, es que los periodistas tienen el grave defecto de ser personas y que las personas, incluso las que escriben noticias, tienen a su vez la inevitable particularidad de tener apreciaciones personales. Aunque se eliminen todos esos elemento léxicos que implican un punto de vista, siempre tenemos que elegir, entre los múltiples acontecimientos sociales, cuál convertiremos en noticia y luego, qué es lo que vamos a destacar: qué, quién, cuándo, cómo, dónde o por qué.

El reportero, para desgracia de algunos, es subjetivo, porque de otra manera sería la hoja en blanco antes mencionada. El punto de vista impersonal, como  lo pretendió el filósofo Thomas Nagel, es inalcanzable cuando previamente existe un punto de vista personal. Según Nagel  el sujeto debía dejar de lado su posición en el mundo, su realidad y sus ideas para alcanzar la universalidad y a partir de esta, la objetividad.

No obstante, nadie se puede desprender de sí mismo al redactar una nota o buscar determinada información. La subjetividad, esa bestia deplorable, es la que establece a dónde ir, a quién entrevistar, qué enfoque dar e, incluso, cuál evento cubrir para dar forma a una noticia. No se puede caminar un paso en esta vida que no sea puramente subjetivo. Nadie puede desligarse de sus ideas ni siquiera para freír un huevo.

Incluso si existiera la completa objetividad en el emisor, si se creara alguna programación robótica que permitiera tal utopía, esta no serviría de nada cuando de todas formas el receptor es subjetivo y decide comprender la información a su manera.

Roland Barthes, semiólogo francés, expuso que las palabras tienen un carácter polisémico, es decir que pueden tener múltiples lecturas o interpretaciones. Los signos serán recibidos siempre de acuerdo a la realidad cultural y social de cada persona. El periodista no podrá nunca unificar la interpretación de un significante. Lo que puede hacer, eso sí, es buscar las palabras adecuadas para crear una codificación que sea interpretada lo más general posible por el público.

Las circunstancias y el entorno del comunicador son las que determinan su manera de transmitir información, y su capacidad de escoger adecuadamente las palabras para que la noticia sea interpretada por los lectores.  

En otras palabras, la verdad absoluta no existe, al menos no a partir de signos. No a partir del lenguaje. Sin embargo, a pesar de saber que jamás llegará a esa verdad, el deber de un comunicador será siempre buscarla, tratar de acercarse a ella. Se le seguirá criticando, por supuesto. Se le seguirá odiando por tener perros y pingüinos fieles, y vacaciones en la montaña, pero eso no debe ser un inconveniente. 

Mis intentos por ser considerado un buen periodista siempre serán vanos, al igual que los intentos de cualquiera que quiera serlo; pero esos intentos son los que establecen y dan sentido al oficio de informar.  Al periodista, para poder llamarlo buen periodista, se le exige objetividad total, algo que no posee ni poseerá mientras tenga que tomar decisiones y elegir, es decir, mientras esté vivo.

Quizá por eso, solo una vez que ha muerto se le comienza a decir al periodista que es bueno, que es brillante e, incluso, hasta un mártir. Hace falta morir para ser un buen periodista, y aún entonces no faltará alguien indignado porque murió cubriendo algún suceso y no ahogado o embestido por un toro: qué escasa seriedad, dirán, qué falta de ética periodística, qué periodista más vendido, qué poca objetividad.