Apuntes sobre un libro crónicas

 

Una bella manera de explicarnos el mundo

AUN SOMOS CABECARES

Por Ernesto Rivera

La palabra crónica no es unívoca, sino polisémica. Y su aporte es, como la ambigüedad de sentidos que carga, múltiple.

Uno de los sentidos que nos transmite la palabra crónica es la de observar una historia en su dimensión temporal, aunque esos tiempos no transcurran necesariamente en un orden natural.

La crónica, como género periodístico, nos presenta la oportunidad de interrumpir el ritmo noticioso, de meter una síncopa o un compás reflexivo dentro de ese nervio informativo crispado, que se sucede minuto a minuto y en donde una noticia queda sepultada por la siguiente 10 segundos después de haber sido publicada.

La crónica no pretende, sólo informar, sino que aporta una dimensión reflexiva y de observación que nos permite acercar al público a una dimensión mucho más antropológica.

En la crónica los personajes se muestran, se revelan en su entorno, en su cultura, en su discurso y en sus maneras de hablar y de pensar.  La crónica tiene pues, una capacidad de transmitir profundidad que le viene de su propia estructura. La crónica tiene ambición de narrar, de fijar en el tiempo la foto de un momento, tiene ambición de panorámica y matusalén, la crónica quiere perdurar en el tiempo.

Las buenas crónicas podemos leerlas años después de publicadas y siguen teniendo vigencia. Apuesto por que algunas de las que contiene este libro cumplan ese destino.

Y otra de las cargas de sentido que nos aporta la palabra crónica es la de la repetición, lo que es habitual, lo que viene de tiempo atrás. Y en este sentido, en periodismo, padecemos de un vértigo noticioso crónico, que nos dificulta distinguir lo importante de los superficial.

Padecemos de una superficialidad crónica, abarcamos desde el bosón de higgs, hasta la reforma fiscal, pasando por los bebes abandonados en un basurero y el último yerro verbal del candidato de turno. Abarcamos todo, con la profundidad mínima.

Crónica es nuestra necesidad de enfocarnos, crónica es la ausencia de seres humanos reales, crónica es la oportunidad de ejercitar la crónica como una de las más bellas maneras de explicar y explicarnos el mundo y la época en que vivimos.

Aún somos cabécares. Editorial San Judas Tadeo. San José, 2013.

¡Bienvenidos este libro!

Leamos esta crónica:

Lágrimas de Danta

Por Valeria Román

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Digna Ortiz, tienes la piel chocolate, los ojos chumicos, el pelo noche y te apresuras porque sabes que en este trabajo tuyo no se aceptan las demoras: un muerto necesita luz para llegar a Sulá.

Los bikákláwá te colocaron esa banca donde estas sentada, al lado del fuego. Ya no te dan instrucciones, hace mucho dejaron de dártelas y tú de preguntar, confían en ti y tú sabes, con la precisión indispensable, qué hacer.

Como sabes las cosas que se hacen en tu oficio, empezaste por llegar temprano, así lo prometiste ayer, ayer que caminabas, junto con tu esposo, Freddy Martínez, por las calles de Turrialba. Ayer cuando los poros de la frente se expandían y te lloraban, gota, gota, gota, bajando sollozante por la sien y quejumbrándose hirviente por el cuello.

El calor era insoportable, a ti no te molestaba a pesar de contrastar con el frescor de que proporcionan las montañas en donde vives, pero al bajar a la llanura el calor explota siempre y cuando siempre es siempre es como si no existiera. Lo que está dejando de ser siempre es tu cultura: tienes miedo de que desaparezca.

Ibas con tu collar de plástico rosado guindado de tu cuello, haciendo juego con la enagua fucsia que te cubre hasta las rodillas y la blusa que se agarra de tu espalda, que surca tus senos, tu abdomen, que se pega a tu cuerpo cobre. Todo esto, ayer, que recibiste la noticia que te dio un golpe en la boca del estómago, que humedeció los ojos tanto como lo estaba ya la frente.

Ayer, que como otros días, notaste que a veces la gente te mira. Nunca les haces caso, pero duele.

La gente cree que eres un souvenir, y los souvenir no bajan de sus estantes, Digna, y por eso la gente te observa así, de reojo. Nunca de frente, porque se enfrentan a una moda de esas nuevas que dicen que hay que ser mente abierta y que el racismo, uf, eso ya pasó, está out, que lo in es el turismo, lo pura vida, lo tuanis, los tranqui, mae, el ambientalismo, tomar fotos light como la Coca Cola, y el “uy qué chiva los negros, las mujeres, los gays y los indígenas”,“vámonos para allá, sí, sí, allá donde viven ellos (ellos que no son nosotros sino los otros), tomémosle fotos, posteémoslas en Facebook y contémosle a todos, a nuestros súper amigos occidentalizados, que nos adentramos en Chirripó; y no me preguntés de direcciones que ni en puta sé dónde queda Pájaro Quetzal, Cacao, Gavilán, Guarumo; es por la montaña – para oponerlo a la mega ciudad en la que vivimos: el Valle Central de Costa Rica- Ahí, ahí donde viven los indios, mae”.

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En eso se pasan estas personas, Digna. Los tac, tac, tac, tac del hundir de los dedos en el teclado de sus computadoras, van formando sus frases de “tolerancia”, luego dan un clic en el “publicar” y se bocetea en el muro un “qué chiva Chirripó”,“Ayudemos a los indígenas, son los nativos de nuestra patria, qué orgullo nuestros antepasados”. Y así se pegotean en los muros digitales de las redes sociales ese montón de reflexiones edulcoradas y fotos fantasmas.

Es pura moda, en el fondo de aquellas pupilas, de aquellas ansias, de esas fotos, entre cada letra de cada palabra, hay muchos prejuicios, muchos discursos de otredad y de identidad: que la blancura, que el chonete, que la josefinada esa de vivir en la capital, que el cristianismo, o el ateísmo cristiano.

No, Digna, ellos no tienen idea de quién es Sibö; creen que es la traducción cabécar de Dios. Para otros es un mito, pero de este lado de la charca creemos que un mito es un cuento, una mentira, la explicación primitiva de lo que hoy ya explicó la ciencia y la razón (como si no fueran también discursos). No entendemos lo que Mircea Eliade trataba de explicar al decir que el mito es una historia primordial, por tanto, sagrada, por esto revelada y por revelada entonces verdadera, ejemplar y repetible. Ya lo dejamos de vivir; seguramente ni Eliade entendía plenamente lo que decía.

En el fondo de sus memorias creen que tu clan, el clan de las orejas, el clan Kabékwák (clan Quetzal) en Chirripó, es una especie de vitrina. Tal vez tú intuyes sus pensamientos, por esas miradas de los del agüita blanca. Pero yo lo sé, también sé que no te gusta que te miren así, que amas tu cultura. Pero, ayer, caminabas como lo dice tu nombre: Digna, siempre caminas digna de ti.

Hoy, en el velorio, todavía te sorprende un escalofrío de dolor por la noticia de ayer. Ese dolor que rasga el alma. Pero tienes que concentrarte para servir el chocolate a los dolientes. Lo haces. Pones las ollas de agua en el fuego. Te sientas en silencio, tienes a tu lado el fuego, cuatro ollas, un puño de hojas de banano extendidas y, en cuatro canastas, hojas hechas bolsitas que albergan puñitos en polvo de cacao, café, azúcar de tapa, maíz.

“Cacao, cacao, siempre primero el cacao”, le recuerdas a una de tus alumnas, mujeres de tu comunidad, Quetzal, que estudian para convertirse en jóta̱mi̱ y na̱má̱i̱ta̱mi̱ como tú, ellas te acompañan cada vez que hay un velorio y ahí las instruyes en ese arte sacro: los velorios son el campo y lugar de estudio, ahí, observando e interviniendo aprenden todo lo necesario. “El chocolate es el más importante”, les agregas, mientras pones una olla con agua al fuego y piensas en que no podías decir “no” al heraldo que ayer te anunció la muerte de quién fue tu maestro: el grande, Antonio Ortiz.

Esperas a que hierva el agua y recuerdas vívidamente que fuiste a Turrialba con tu Freddy. Para hacer unos mandados, comprar esas cosas que se necesitan en la “modernidad” y que no las produce la niña tierra, cosas que dicen que son vitales pero que no llegan a tu pueblo.

Evocas tu pisar: Pisaste, con esas sandalias negras tuyas, pisaste de nuevo, y de nuevo, y de nuevo, a velocidad de colibrí, hasta que te interrumpió un grito, un batir de manos al otro lado de la calle, era Alberto, el hijo adoptivo de tu maestro, el grande; por casualidad se lo habían topado. El muchacho cruzó la calle y te habló con medio aire adentro y medio afuera, “ya que los veo, les tengo que decir algo”, respiraba, exhalaba, inhalaba, exhalaba, “Ocupamos nosotros que llegue usted a la casa, porque se murió mi papá”, y ahí es cuando sentiste que se te fue todo el aire, “ocupamos que llegué usted al velorio, Digna”. Querías decir que no, que te dolía, y que te dolería estar ahí, que querías llorar y solo eso, pero no pudiste: el difunto es el hombre que junto con su esposa, la ahora viuda Rosita Segura, te enseñaron todo lo que sabes como jóta̱mi̱. Se repetía en tu cabeza un pensamiento “si no voy yo mi maestro se queda sin luz, si no voy yo, nadie más puede ir”, nadie, Digna, eres la única na̱má̱i̱ta̱mi̱ y jóta̱mi̱ estudiada de la comunidad, sin ti –así como sin el , los bikákláwá y el sätë́bla –el difunto no podría llegar directamente a su destino con Sulá; quedaría en plena oscuridad en medio de desconocidos peligros, no encontraría el camino… No, no, dijiste que no; sabes la importancia y escasez de tu cargo.

“No se preocupe, yo llego. Si no llego ahora, llego mañana de muy mañanita”, te fuiste a tu casa, el viaje de horas en bus y horas a pie, llegaste, se respiraba el verde del rededor, te alistaste.

Los dolientes te dejaron todo lo que necesitabas con los bikákláwá para que alistaras lo que ibas a necesitar en el velorio. Cuando llegaste a tu casa atardecía, en esa noche anterior a la de la vela te dedicaste a preparar lo que ibas a necesitar: cogiste las semillas de cacao, tomaste tu comal: plaf, soltabas los granos sobre la plancha hirviente de furor, plafff. Tacatá, dabas vuelta a las semillas de cacao cuya piel sudaba abundante aceite, tacatá, tacatá, se iba asando al calor de la brazas, tacatá, el humo llegaba hasta tu mirar, tacatá, como lamentabas entre aquel vapor el no haber podido estudiar los cantos porque tu madre murió cuando eras una niña, no la recuerdas pero decían que era una gran jóta̱mi̱ y na̱má̱i̱ta̱mi̱ y ella sí conocía los cantos, esos que se cantan para devolver con mayor ligereza el tiempo a ese día donde todo empezó…

“Na̱má̱i̱ta̱mi̱, Na̱má̱i̱ta̱mi̱, responde que te llama Sibö”, me llamaba dios padre. “Na̱má̱i̱ta̱mi̱, que te llama tu hermano”. “¿Qué quieres hermano mío?, ¿por qué ha has bajado cuatro planetas bajo tierra para buscarme?”. “Na̱má̱i̱ta̱mi̱, hermana Danta, sube conmigo y sirve el chocolate en la fiesta que inaugurará mi casa”. “Porque tus brazos se extienden hacía mi hijo, qué pretender” que pretendes, que preten, que pre, que… Na̱má̱i̱ta̱mi̱, despierta, despierta con toda su desnudez empapada, recorrida por un temblor.

 Pash, pash, te habías quedado dormida, Digna, dejando que el calor empezara a estrangular las semillas. Te sacudiste porque debías terminar de azar y moler para tener el cacao listo para el velorio. Retiraste el comal del fuego y dejaste caer cada semilla sobre una piedra cóncava, mientras pensabas en el cansancio que te acogería en los cuatro días siguientes que no vas a dormir. Repasaste cada cosa que debían darte los dolientes: cacao, café, maíz,agua dulce. Esto es todo lo que necesitas para tu labor como na̱má̱i̱ta̱mi̱. Cacao, pejibaye, chicha, hojas de chile…y esto para tu labor como jóta̱mi̱. “En ambas labores siempre primero el chocolate, dios padre, mandó el chocolate primero, antes que el maíz, antes que el café, antes que el agotamiento, está el chocolate”, decías en tu mente. Crac, crac, crac… moliste, con una piedra redonda las semillas resbaladizas.

Pobre mi niña Sulára, pobre chiquito, mira qué hermosa mi mano deslizándose sobre tu frente, revolviéndote el cabello negro como el barro cuando llueve. Qué feo lo que he soñado, Sulára, pobre niña mía, mi niña tierra -“Crac, crac, crac”-. Madre mía, de nada han servido tus cantos advirtiéndole a Sulára del peligroso gran murciélago que le roba sangre cada noche; ya su caca con sangre de mi niña ha despertado la curiosidad de Sibö.Pronto vendrá a llevarse a Sulára para machacarla –“crac, crac”-. Tal como la he soñado, así empolvada por la mano de Sibö, mi pobre Sulára, tal como la he soñado.

Digna, después de moler metiste la mano en un puñado de hojas, tomaste una, uniste sus puntas formando una canasta, un espacio uterino donde metiste un puñito del cacao empolvado, cerraste las puntas medio crocantes y amarraste con mecate, otra hoja, otro puño, otro mecate, y otro y otro.

Ya estabas lista para el velorio. Saliste de la casa, el río Chirripó gritaba como un estruendo, el sol apuntaba el alba y el alarido de un pajo tropical penetró el cielo, lo hizo sangrar, derretirse.

El agua de las ollas ya empieza a hervir, “El chocolate es primero”, le vuelves a repetir a tus alumnas y les señalas la canasta con los ingredientes, mientras vuelves a distinguir algunas de las imágenes de la diosa Danta que viste en un sueño que quedó como lejano.

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“Na̱má̱i̱ta̱mi̱, Na̱má̱i̱ta̱mi̱, responde que te llama Sibö”, “Namáitami, que te llama tu hermano”. “¿Qué quieres hermano mío?, ¿por qué ha has bajado cuatro planetas bajo tierra para buscarme?”. “Na̱má̱i̱ta̱mi̱, hermana Danta, sube conmigo y sirve el chocolate en la fiesta que inaugurará mi casa”. “No, Sibö, no dejaré solo a mi hija acá, en la casa de Sulá, vaya a ser que un mal designio le pase”. “Sube y reparte el chocolate, que ha sido arduo el trabajo para construir mi casa-que lo abarca todo, desde el cielo de Sibökoma hasta las profundidades de Sulá- para que vivan los humanos que van a nacer.” “No insistas”

 No te dejas distraer, continúas trasmitiendo lo que aprendiste, “La na̱má̱i̱ta̱mi̱ tiene que alistar el chocolate, el café, agua dulce y atol de maíz para bikáklá, que lo reparte en las bancas, solo las mujeres podemos estudiarnos para na̱má̱i̱ta̱mi̱, porque así lo dijo dios padre a su hermana la Danta”, repites a las muchachas que te observan, se te detiene el latido y te dices a tus adentros “dios padre quiera que estudien su cultura, como yo lo hice, que se hagan jóta̱mi̱ y na̱má̱i̱ta̱mi̱ dedicadas, que gusten de su cultura”. Piensas en Freddy, en como él también se preocupa por la desaparición de la lengua, los maestros y la cultura cabécar. Piensas en la casa cónica que construyó para salvar lo que son. Miras la imagen mental que tienes del rancho: una casa cónica que se levanta en punta como señalando al cielo sobre una base circular, por atrás la rodean moles de montañas todas verdes, todas húmedas; y por el frente cruza el río Chirripó con su bullicio malcriado: esas montañas, ese verde, esa humedad, ese río son parte de la casa de Sibö que también es cónica y que es el cosmos. Esa imagen que tienes del rancho se refleja en el chocolate que hierve, glop.

“Hermana Danta, escucha. Todos han colaborado conmigo, los áknama, esos animales astutos, me dispusieron su fiel ayuda: el chancho de monte limpió el terreno, trazó el círculo y dejo puestas las ocho marcas de los ocho postes. Los fuertes, Zoncho y Tigre, pusieron el poste central, mientras Zopilote sostenía desde el cielo la punta del poste. Armadillo empezó hacer los huecos para los postes periféricos, y le ayudo de nuevo Zoncho. Tigre, con su fortaleza, colocó los postes, mientras Zoncho y Armadillo pusieron las varillas inclinadas que se unen a la cúspide. Mono amarró las serpientes-bejucos y puso tres de los aros mientras que Araña tejía las varillas más delgadas alrededor y amarró los bejucos. Los Gavilanes, volando en círculos, trabajaron en la rueda de la casa. Y los Gusanos alados cortaron las puntas de bejuco que sobraban. Todos trabajaron duro. Hay que celebrar, ven Danta y reparte el chocolate. Sibö, sé lo que pretendes con mi hija tierra, tu piso es de roca dura, no nace comida, no nace vida en tu casa. Hermana, sube, y haré que buenos hombres se prendan de tu exquisita desnudez y los haré casar contigo” ”¿Hombres buenos? “De los mejores, sube conmigo cuatro planetas arriba de tu casa. Serviré el chocolate en tu casa cónica, tal como lo solicitas tú, gran Sibö glop.

 Digna, mientras esperas que el agua se caliente un poco más, tomas una hoja y la colocas horizontal, la doblas a la mitad. Ahora cavilas en tu maestra Rosita, la ahora viuda del grande, ella te había enseñado a hacer las hojas de forma que se pudiera servir el chocolate. Piensas que ya esta tan anciana, que ya no puede hacer su trabajo de jóta̱mi̱ ni de Na̱má̱i̱ta̱mi̱ y que todos dependen de ti porque eres la única estudiada en ese cargo en tu clan y en muchos de los clanes alrededor; piensas que ahora a las niñas solo les enseñan español y nada de su lengua ni de su religión, temes que ya no quieran saber de su cultura. “Qué vieja que está mi maestra, si se moviera como joven seriamos dos, es una lástima”, luego colocas la hoja vertical, tomas la punta inferior derecha y la diriges a la izquierda, haces un pliegue final dejándose formar un vasito, después otra hoja, después muchos vasitos: con que santa velocidad los armas.

Sibö y yo, su hermana, Na̱má̱i̱ta̱mi̱, subimos cuatro planetas hasta su casa. Su rancho es grande y todo lo abarca: la noche y el día, el cielo y la tierra, norte, sur, este, oeste: todo. El domo esta oscuro y brillan las colas de algunas serpientes que como juncos sostienen los postes. Me tropiezo con algunas piedras, cubren todo el suelo de la casa de Sibö. Su suelo todavía es infértil.Son muchas, infinitas las piedras. Hay tanta gente, tantos invitados a esta fiesta. “Na̱má̱i̱ta̱mi̱, siéntate junto al fuego,prepáranos chocolate”. Alisto las ollas, una brisa sopla mi nuca y siento miedo por mi hija, pongo a hervir el agua en el que dejo caer el polvo de chocolate.

Glop, glop, ya es hora de hacer el chocolate: “Haga usted”,y posas tu mano sobre la mano de una de tus alumnas, dirigiéndola hacía el chocolate. Empiezas a doblar tus dedos cerrando los de ella alrededor de la bolsita y la diriges por encima de la olla hirviente; suelta, y ella suelta, y la bolsa se abre y cae el polvo.

Así te enseñaba tu maestra Rosita a ti cuando eras su alumna y se te quedó incrustado en la memoria como tu mano era dirigida por la suya que se movía encima, te la llevaba para allá y para acá, te hacía tomar el chocolate cuando era el momento, el café a la hora del café. La tienes tan clara a toda ella, sus enseñanzas, su rostro. Todavía rememoras su joven semblante acercándose a tus ojos de pequeña estudiante nublados por el sueño y el agotamiento del trabajo. “Acuéstese un ratito aquí”, te señalaba un rincón detrás de ella. “Ahora que la ocupemos, la llamamos”, agregaba Antonio, tu maestro. Dormías a lo más dos minutos. Al recordar estas cosas, piensas en lo mucho que te ayudaron tus maestros cuando iniciaste los estudios.

Empezaste a estudiar cuando tenías siete años. “Si usted quiere ser igual que su mamá te voy a meter a estudiar, porque usted es mi última hija, la más pequeña. Si usted quiere ser jóta̱mi̱ y na̱má̱i̱ta̱mi̱, me dice pa’ ir hablar con maestros, o si usted quiere estudiar a la escuela, yo voy a buscar maestros que la estudien”, te dijo tu padre Virgilio Ortiz, ese hombre que aún hoy conserva un rostro definido, manos ásperas, dos surcos que le rodean las comisuras de la boca y ojos brillosos. “Papá, yo voy a estudiar en las dos partes”, dijiste. El sol chorreaba de calor la hamaca donde se mecía tu padre -adentro de su casita de madera de ventanas profundas que dejaban que se metiera el frescor de los cerros- y bañaba de luz la puerta desde donde le hablaba la pequeña Digna con sus botitas de hule sobre el barro aguado, rojizo.

Por el umbral veo entrar más invitados de Sibö, que se acercan y festejan. Entre ellos veo a Tala Kéklä, con su poderoso brazo y su cuello fuerte, su cuerpo se alza poderoso y sus acompañantes le llaman señor, jefe del trueno. Doblo hojas, las hago vasos. Las dejo preparadas a mi lado. También está Sulá… quién conversa con Sibö al fondo del rancho, no les despego la mirada, Sibö me mira, sus ojos dicen “sirve”, saco el cucharon de la olla, lo alzo…

 Sirves el chocolate –los tambores resuenan como es debido en los velorios de los maestros grandes-, lo pasas a los bikákláwá, encargados de repartirlo a los dolientes. “Ustedes tienen que estar atentas, no tienen que preguntar nada, para eso están estudiando, tienen que saber cuándo hay que hacer que”, dices en silencio a tus discípulas, ves sus ojos.

Algunas de las estudiantes tienen tu edad; otras son más jóvenes y estudian contigo desde que son niñas. Tú también eras solo una niña cuando te iniciaste de lleno, cuando le dijiste a tu papá que dejarías la escuela, que estudiarías sólo tu cultura. Eras una pequeña que cursaba tercer grado cuando después de clases te acercaste al profesor: “Yo no voy a llegar más a estudiar a la escuela porque voy a ser jóta̱mi̱ y na̱má̱i̱ta̱mi̱”. El maestro, también gente de Guarumo, peló los ojos. Digna lo miraste con fijeza. “No salgas de la escuela, Digna, usted es muy inteligente”, te dijo, y de hecho Digna fue una de las que aprendió a leer más rápido, reconocía todas las letras del alfabeto latino sin vacilación. “¿Por qué va a salir de la escuela?”.. “Es que es muy bonito estudiar nuestra cultura”. “Bueno, es cosa suya, pero no pierda el estudio, siempre piense en estudiar”, y Digna de cierto modo le obedeció, estudiando su cultura durante muchos años: “Hay mucha persona que va a la escuela y aprende a leer. Pero cuando se muere alguien ya no hay conocedores que la guíen directo al dios”, le dirás luego a esa muchacha que se sentará a conversar acerca de tu trabajo, en un poyo que se esconde bajo la sombra de un árbol que “llueve flores”, así dirás, ella nunca va a olvidar esa frase.

Las hojas con chocolate son repartidas de mano en mano entre los dolientes. Como Antonio era un grande, le sacrificaron una vaca. “Si es hombre hay que matar una chancha o gallina. Si es grande, una vaca. Estos animales significan que el espíritu de ellos va a acompañar al espíritu del difunto para que llegue bien con Sulá”, dices mientras diriges las manos de las muchachas que aprenden de ti.

Sirvo el chocolate, los invitados beben. Sibö sigue conversando con Sulá, él asienta con la cabeza. Lo vigilo. Pero más gente y más gente pide que le sirva chocolate, sirvo, sirvo.

Digna, sirves otro vaso de hojas con chocolate; ves entre la gente a tu esposo: “Me ayudaste a terminar mis estudios y me sigues apoyando, todo por nuestra cultura”,le dices en tus adentros.

Cuando lo conociste tenías 13 años, todavía te faltaba terminar tus estudios. Él llegaba a los velorios, te miraba y saludaba desde lo lejos con un batir de manos sencillo y una sonrisa escondida.

Estabas ocupada observando a tus maestros, esperando cualquier señal, cualquier instrucción, interiorizando cada movimiento de Rosita, escuchando lo que te decía…

Freddy te seguía mirando, tú le echabas un vistazo, te preocupaba que en esos destellos se hiciera algo de lo que no te percataste, que dejaras pasar un elemento importante para tu aprendizaje. Volvías a pegar la mirada en las ollas, los granos, las hojas, en tus maestros.

Dejabas que la maestra te guiara con sus manos, como haces hoy tú con tus alumnas, escuchabas su voz: “Digna, haga usted”, y hacías. Habías repartido ya, con tu maestra y compañeras, todo el chocolate a los dolientes, acomodaste entonces tus codos sobre las rodillas y tu rostro sobre las manos; él se acercó a hablarte: “Yo la quiero a usted”, te dijo. “Yo todavía soy muy chiquita, no me puedo ir con usted”, le respondiste y pensaste en tu papá que te repetía que no quería que te pasara como a tus hermanas: Margarita, Tomasita y Mariela; todas se fueron tan jóvenes.

Cabécares 101

Sirves otra hoja, la pasas. El sätë́bla con un canto ritual llama al difunto Antonio, tu maestro , a su espíritu. Intenta convencerlo de que se aparezca en la velada.

Miras de nuevo a tu esposo, y le dices en tu cabeza:“Te recuerdo diciéndome que estudiara, averiguándote entre la gente si había un velorio para recomendarme, para poder terminar mis estudios”. Freddy te siguió visitando y saludando con esa forma tan particular que tenía; después te fuiste con él.

Te daba miedo juntarte sin haber terminado tus estudios, todavía te faltaba, pero tu hermana Tomasita, quien te crió después de la muerte de tu madre, ya se había ido con su pareja y no te llamaba la atención vivir con ellos.

Te juntaste con trece años recién cumplidos. Tuviste cuatro hijos –chocolate, café, agua dulce y atol: cuatro bebidas, repites constantemente a tus estudiantes-. Casada y madre seguiste estudiando. “Siempre me apoyaste, protegemos nuestras enseñanzas” le dices desde tus adentros mientras indicas a las muchachas que sirvan.

Doy chocolate a los invitados, tal como Sibö, dios padre, me ordenó, esa es mi función en su mundo. Me pregunto cómo estará mi niña, tan sola mi morena.

Dejas llenar otro vasito con el chocolate oscuro y amarguísimo, el humo se disipa en el aire, otro chocolate, otro y otro hasta que cada doliente lo haya probado. Sigue la ronda del café…

 Tú tienes los tiempos muy calculados, estás tan preparada, acá le podríamos a eso un nombre pomposo: “sobrecalificada”. El día que tus maestros te pusieron a prueba, el día del gran examen, no tuviste ni un solo problema, no preguntaste nada, ya sabías todo lo que había que hacer. “Digna, el chocolate, rapidito”, y lo tenías rapidísimo. “Digna, caliente el agua para el café”, glop, glop, el agua ya estaba hirviendo. “Digna, páseme el atol con maíz”, tu mano ya estaba extendida…

“Ya han acabado el agua dulce, sirvamos por último el atol de maíz”, dijiste para que tus discípulas se prepararan. La muchacha con la que hablarás luego, en la entrevista en Turrialba, te dirá que le gusta el atol de maíz. Tú te reirás, ella notara lo blanco que se ven tus dientes en contraste con tu faz, pero no entenderá el motivo de tu risa, aunque intuirá que fue que su comentario estaba fuera de contexto, quizá por lo sagrado del ritual.

Cada doliente debe beber cada una de las cuatro bebidas, pero el chocolate primero, siempre primero.

Finalmente el se retira al panteón. Se te cierran los ojos. Luchas con el sueño, el del acto involuntario del reposo y el sueño de las imágenes.

“Na̱má̱i̱ta̱mi̱, no te duermas, sirve el cacao a mis invitados”, le dice Sibö y desaparece entre la gente. Tampoco está Sulá, un los guardas. Los invitados se colocan para celebrar con el baile del sorbón, se entrelazan con los brazos, hombre, mujer, hombre, mujer, formando un enorme círculo.

Sacudes la cabeza. Corres a la casa de los dolientes para calentar una olla con agua y hojas de estrella de anís que servirá para purificar a los panteoneros. La muerte es sagrada, es peligrosa, el vivo que tenga contacto con esta debe ser purificado, lavarse las manos y a veces el cuerpo entero.

Pones a calentar el agua, tomas las estrellas de anís y las sumerges para que se cocinen. Escuchas el agua burbujear.

Escucho un ruido, ¿qué es ese ruido que se escucha en mi casa y que hasta acá me llega: “Sibö, ¿dónde estás? Responde, que te habla tu hermana” ¡Mi hija!

Digna, alistas, además del agua con anís; chocolate, pejibaye, chicha de banano, chile, agua fría y anís crudo extra. “Dios mandó el chocolate cuando trajo a las primeras personas. Lo trajo en semillas y él mismo lo hizo polvo para nosotros”, dices a las mujeres mientras alistan los ingredientes para la purificación en grandes hojas de banano. Na̱má̱i̱ta̱mi̱ se levanta, bota la olla con chocolate, el líquido se sumerge en pequeños hilos entre las hendijas de las rocas. Danta corre, sabe que ese ruido que escuchó es Sibö en su casa. Recuerda lo que soñó, baja cuatro planetas debajo de la tierra. Cuando llega, el cuarto está vacío: la niña ha desaparecido.

Digna, no te sacas de la mente la historia de Danta, sientes su angustia como si fuera tuya. Es tuya, Digna, na̱má̱i̱ta̱mi̱. Junto con las mujeres cargas la olla con agua tibia y anís hasta el panteón; otra muchacha, la más joven, lleva el cesto con las hojas que contienen el chocolate y demás ingredientes sagrados.

Al llegar al panteón se te viene la mente tu primer velorio como jóta̱mi̱ y na̱má̱i̱ta̱mi̱ con todos sus estudios finalizados. El día que te vinieron a buscar para pedirte ayuda, llovía, y solo habían pasado ocho días del día que tus maestros te dijeron que ya estabas lista. Alguien tocó la puerta: “Vine a buscarte pa’ que vayas al velorio porque murió mi esposo”, te dijo una señora ya entrada en años, con el rostro surcado, los ojos brillosos. “¿De qué murió?”, le preguntaste, porque tú, cuando aún estudiabas, tuviste que estar en el velorio de cuatro ahogados, de cuatro muertos por culebra, cuatro muertos por vejez, de enfermedad otros cuatro más, cuatro de cada tipo de muerte; estos eran unos de los requisitos del estudio como jóta̱mi̱ y na̱má̱i̱ta̱mi̱. “Se ahogó en el río, ya apareció el cuerpo. Pero no encontramos jóta̱mi̱ ni na̱má̱i̱ta̱mi̱ para el velorio; solo está usted”. Aceptaste, aceptabas ir a todos los entierros, para eso te habías estudiado y te daba pena decir que no porque sabías lo difícil que era conseguir personas con experiencia en esos cargos y lo peligroso que era no enterrar al muerto con el ritual correcto.Ibas a todos. Años después, tu esposo te dirá que debes descansar, rechazar algunas peticiones porque te estarás enfermando mucho a causa de las desveladas y las largas distancias que había que recorrer en ocasiones, sobre todo cuando el velorio era en otra comunidad.

Na̱má̱i̱ta̱mi̱ se desvela buscando a su hija junto con muchos guardas. Buscan por todos los alrededores, no encuentran nada. Le pregunta a Sibö, él niega haberla vista, pero lo cierto es que Sibö la había cargado hasta el rancho cónico.

 Y es que, Digna, te solicitaban de muchas partes. Un día vinieron a tocar la puerta, era otra señora que vivía en una comunidad por el lado de Siquirres: “Se me murió el hijo y vine a buscarte para el velorio, allá en mi comunidad no tenemos jóta̱mi̱ ni na̱má̱i̱ta̱mi̱”. Tú la miraste, sabías que ibas a tener que salir de la casa a las seis de la mañana, cruzar la montaña, caminar, agarrar un bus, caminar unas horas más, bajar un desnivel donde el río se ve hacia al fondo como una serpiente larga y cruzar enteros dos cerros para llegar hasta la comunidad del difunto y, además, pasar los cuatro días de vela desvelada. “No vaya, es muy largo. Usted no puede caminar tanto”, te dijo tu esposo.“Si usted va, mami, yo la acompaño a usted porque me da lástima mandarla sola”, agregó el hijo mayor, muy parecido a Freddy. “No, yo no voy a mandar a su mamá, es muy lejos”, insistió Freddy a Digna que miraba los ojos de la mujer: “Está bien, sí voy”

Sibö había llevado a la niña tierra hasta su casa y con sus manos había hecho que Sulára se empezara a derretir, su rostro se desfiguraba, sus orejas goteaban, sus brazos morenos se suavizaban, se aguaban sus piernitas, la espalda empezaba a fluir, y el barro proveniente de Sulára se filtraba entre las piedras infértiles, cubriéndolas todas, empezaban crecer las plantas, a correr los ríos, a andar lo animales que hablaban.

Digna, viertes el agua tibia en una hoja grande que pasas entre los jawáwá para que purifiquen sus manos; ellos sacan un poco y se enjuagan. Te piden que prepares las hojas con el chocolate en polvo, la chicha, las hojas de pejibaye y el chile. Ya las tienes listas. La experiencia se adelanta. Facilitas una por una las hojas, los panteoneros toman un puñado y lo restriegan en sus manos y el chocolate limpia entre los dedos, entre las líneas de las manos y las profundidades de las uñas cada impureza de la muerte; los salva del ataque de una enfermedad terrible; cada grano los lava, los limpia, los depura. Sostienes las cosas y las sirves. Tú, na̱má̱i̱ta̱mi̱, miras de reojo el panteón donde esta Antonio Ortiz, y se te nublan los ojos, forcejean para gotear.

Na̱má̱i̱ta̱mi̱ sube enfurecida hasta la casa cónica. Cuando cruza el umbral, los invitados se esconden de Danta entre las sombras de la casa, otros le engañan. “Danta, no hemos visto a tu hija, aquí no ha estado”. Ella mira alrededor, ya es muy tarde, su hija ya no existe, ha muerto, es barro fértil. Murió para dar más vida. “¿Qué has hecho con mi hija, hermano mío?”. “Era necesario para que viviera la semilla del ser humano, hermana querida. Na̱má̱i̱ta̱mi̱, mira cómo crecen las plantas, cómo andan los animales, como corren los ríos, gracias a la sangre de Sulára”. La Danta llora desconsolada, sale una lágrima, recorre su mejilla, cae hirviente por su cuello, acaricia el seno desnudo de la diosa, pende de su pezón, cae, y, antes de hacer contacto con la tierra, se metamorfosea en un león: primero surgió de la pequeña gota una enorme cabeza pintada que enseñó los dientes y rugió, sacó las dos patas del cúmulo de lágrima, enseñó su glorioso cuerpo y, por último, la cola. El ojo derecho de Danta también goteó y la lágrima no había pasado de su mejilla a su seno, cuando se secó: un pico pequeño, unos ojos agudos, unas alas que terminaron de sacudir la humedad de esa gotita sollozante: el gavilán emprendió vuelo. Na̱má̱i̱ta̱mi̱ lloró una tercera lágrima que rodó hasta su vientre y la cual se trocó en una pequeña ardilla que huyó asustadiza. Sus lágrimas poblaron la tierra, que surgió de su hija amado, la morena, Sulára.

Digna, has terminado de purificar a los jawá que enterraron al más grande que fue tu maestro. Miras su panteón. Na̱má̱i̱ta̱mi̱ se te escapa una lágrima. De ella no nace ningún animal, pero sabes que Antonio Ortiz llegó directo a donde Sulá.

 

 

 

 

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on “Apuntes sobre un libro crónicas
One Comment on “Apuntes sobre un libro crónicas
  1. Este apunte, es una amplia y magistral definición, de lo que es una crónica como género periodístico. Polisémica, reflexiva, narrativa, transmisiva, interpretativa, perdurable.

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