Soy feliz sin vista

Byron Aguilar actualmente tiene 29 años y dedica su tiempo a la música. Foto: Cortesía de Aguilar.

Byron Aguilar actualmente tiene 29 años y dedica su tiempo a la música. Foto: Cortesía de Aguilar.

Por: Sussy Villarreal Núñez, estudiante de Licenciatura en Comunicación de Masas.  

Buenos días, Byron Aguilar. Hoy estás nuevamente en la escuela de educación especial Fernando Centeno Güell tratando de hacer como si nada hubiese sucedido.

Han pasado dos meses desde aquel jueves de febrero en el que cambió tu vida y destruyeron tu felicidad de niño de ocho años, te llenaron de culpas, de inseguridades, de por qués sin respuesta, de dolor, de temor.

La psicóloga del centro educativo acaba de hablar con tu mamá, dice que te ha vuelto el miedo de caminar sólo, que te da pánico muy fácilmente y que de unos días para acá estás muy retraído.

Vos a nadie habías querido contarle eso tan trágico que te pasó, pero hoy se lo vas a tener que decir a tu madre.  Qué increíble, Byron, como fueron a infundir tanto temor en vos que hoy te  hace ocultar lo que viviste ese día.

Ahora decile, desahógate con ella y de paso pregúntale eso que te tiene tan ansioso. Comenzá diciéndole que ese jueves fuiste a un lugar con tu tía Ana Rosa, que iba también tu prima Jennifer, una amiga suya y otras señoras del barrio.

Contale que ese día que ella estaba trabajando y no sabía dónde andabas, vos creías que te iban a llevar a ver algún partido, lo único que sabías era que ibas con rumbo al Estadio Nacional y como sos un niño de esos que le gusta apuntarse a todo, nunca dijiste que no ni preguntaste nada más.  Vos te conformaste con saber que iba tu prima y su amiga. De hecho en el camino bromeabas con ellas.

Continuá narrando cómo fue el camino, o por lo menos lo que recordás de él.  Tuvieron que tomar dos buses, el de San Sebastián y el de Sabana para poder llegar al estadio y durante todo ese trayecto no hiciste ninguna pregunta.  Vos ibas jugando, lo único que pensabas en ese momento era ser niño y vivir de forma plena, nunca te lamentaste ni recordaste con tristeza tu discapacidad visual porque eras feliz aunque solo veías destellos y algunos colores y sabías que ibas a perder poco a poco la vista.

En tu familia esto también estaba superado.  Tardaron cinco años para hacerlo y durante ese tiempo fuiste sometido a 19 operaciones para poder corregir tu glaucoma congénita, hasta que un grupo de oftalmólogos visitó el país y cuando estuviste frente a ellos comenzaste a llorar y a correr para tratar de huir.  Uno de los médicos comprendió entonces que tus papás debían aceptar la condición de su hijo y que vos ya no querías más operaciones, que podías vivir tu vida igual que cualquier otro niño y se los hizo saber.

A partir de ese momento y hasta aquel frío jueves de febrero de 1993 todo marchó bien.  Disfrutabas de ver la televisión, aún había cosas que podías observar con tus ojos, y cuando no podías, tus papás te lo explicaban.  Ellos te contaron con lujo de detalles en qué consistía un partido de fútbol, cómo se movía cada jugador y dónde estaba ubicada la cancha y te enamoraste más del deporte rey.

Tenías todo tipo de juguetes, te encantaba la música y te llevaban a conciertos donde gritabas y brincabas como cualquier niño de tu edad porque tenías demasiada energía.

Pero ahora, Byron, decí por qué todo ha cambiado.  Decí que cuando entraste al estadio hubo par de segundos en los que dudaste de lo que ibas a presenciar porque oías a una gran multitud de personas que hablaban de un tema que no tenía nada que ver con 22 jugadores y una bola. Ellos conversaban sobre religión y eso te asustó un poco, pero continuaste vacilando a Jennifer y a su amiga y no le diste importancia al resto de cosas a tu alrededor.

¿Algo volvió a asustarte, Byron, recordás qué fue?  Cuando subiste con toda la gente a la gradería de piedra del estadio escuchaste que decían: “los que ocupan sanación, favor sentarse adelante”.  En eso, tu tía comenzó a sacarte disimuladamente de la pelota y vos comenzaste a llorar porque querías seguir jugando con el par de niñas.  Una de las muchachas que estaban organizando a la gente le dijo que no había problema, que vos podías quedarte con ella y que luego un pastor iba a llegar hasta donde vos estabas.  Inmediatamente dejaste de llorar y solo quisiste seguir siendo un niño que jugaba sin cansarse, olvidaste por completo lo del pastor.

Como a las 6 y media de la tarde, la música empezó.  A vos te llamó la atención porque era música de misa, así llamabas a todo lo religioso. Pero estas canciones tenían ritmos muy pegajosos y vos lo único que pensabas era que no te sabías las letras, pero sonaban bien.  Nunca imaginaste que estabas en un culto de “sanación” de esos que organizó Jimmy Shuagar en el país.

El juego con tu prima y su amiga siguió durante todo el concierto mientras tu tía y las señoras del barrio gritaban frenéticamente junto con la multitud que se encontraba en el estadio.  Lo de los gritos y el famoso “a su nombre, gloooriiaaa”, unido a las personas que se desmallaban alrededor tuyo te asustaron y te hicieron pensar que algo ahí no debía estar bien, pero volviste nuevamente a tu papel de niño.

Hubo un sermón y en ese momento te pusiste de pie, pero rápidamente te persuadieron de que te sentaras, de que aquello no era la misa del padre Gilberth a la que siempre te llevaban y te calmaste. Ahora, Byron, contá.  Decile a tu madre que cuando la prédica terminó, un hombre de buzo azul corrió hasta donde vos estabas, tu tía te puso sobre sus regazos y la gente se quitó para hacerle campo a aquel sujeto.

Al mismo tiempo, vos estabas asustadísimo porque oías a un predicador norteamericano y a su traductor que daban gritos en el micrófono.  Temblabas de miedo porque decían que el diablo se tenía que ir de ese lugar, que todos tenían que echarlo fuera y el gentío respondía también a gritos.

Como niño de ocho años que sos, te da un miedo terrible escuchar la palabra diablo, y por eso pensabas también que si vos tenías algo malo, algo grave, que si te ibas a morir, que si eras como el niño de la película El Anticristo y no volviste a ser el chiquillo que jugaba sin que le importara si era ciego.

El hombre del buso azúl te tomó las manos y empezó a decirte que ibas a ser sano, que ibas a estar bien y que eso iba a ser esa noche.  Luego, Byron, él puso sus manos sobre tu pequeño rostro, te tapó los ojos totalmente y comenzó a gritar, a echar todo “espíritu de ceguera”, a suplicar como si se tratara de un hombre que pide agua en un desierto y a hablar en una girigonza extraña que no era ni el “alalalalalon” de la canción de Inner Circle, ni el “Songo le dio a Morondongo” de Celia, ni el “Sacabún pafuera” de Marfil, sino que se trataba de lo que hasta ese momento solo habías escuchado en las películas de terror cuando algo no estaba bien con una persona.

Casi al mismo tiempo que ese energúmeno invadió tu espacio personal, vos comenzaste a llorar.  Gritabas desesperado “no quiero, no quiero, quiero ir mañana a la Centeno, quiero jugar en el play con mis amigos, quiero jugar fútbol con mi compañero Jefrey”.

Porque hacías todo como cualquier niño lo hacía, jugabas a tu deporte favorito con una bola que sonaba y podías ubicar con facilidad, y no te importaba si a veces quedabas lesionado por no medir la intensidad con que daban las patadas.

También recordaste que ya sabías leer braylle y que hacías operaciones matemáticas con un ábaco.  Que estabas en la clase de la niña Irene y en el coro de la niña Ceidy y lo disfrutabas.

Tenías miedo de los gritos de aquel hombre, que no cesaban aunque vos llorabas y le decías que así, ciego, estabas bien.  Tenías miedo porque sentías cómo la gente caía desmallada a tu alrededor y porque escuchabas al predicador que pasaba personas al frente y contaban que habían sido sanos, cosa que no querías.  Estabas terriblemente asustado, como nunca antes, porque tu tía lloraba como si tu ceguera se tratara de alguna lesión incompatible con la vida y decía: “Señor, quítale esta atadura, él es solo un niño”.

Byron Aguilar

Byron Aguilar

Dice el sociólogo Roberto Pineda que la diferencia, socialmente, ha tendido a ser vista como algo abominable en muchas culturas. Incluso la gente culturalmente diferente es vista como algo despreciable.  En una ciudad antigua llamada Esparta se sacrificaba a los (as) niños(as) que nacían con discapacidad porque se creía que estaban poseídos o que portaban castigos divinos.  Yo sé que para vos estas palabas son muy difíciles de entender, ni siquiera sabés lo que es un sociólogo, pero andate haciendo una idea, esto es lo que piensan los adultos.

Vos no sabés por cuánto tiempo siguió gritando encima de vos aquel hombre al que le sudaban y le temblaban las manos, pero se te hizo eterno.  En un momento, tu inteligencia de niño te hizo pensar que debías calmarte porque si no, aquel suplicio iba a prolongarse.  Lograste detener tu llanto y controlar tu miedo aunque tus esfínteres te jugaron una mala pasada y orinaste por el mismo susto.

Cuando te vio tranquilo, siguió un poco más y luego te preguntó: ¿Qué ve?  A lo que vos respondiste: “Un montón de gente pasando de un lado al otro”.  ¡MENTISTE! Byron, aún eras un niño que solo veía colores y destellos y que sabía que iba a quedar totalmente ciego.

La única diferencia era que después de esos minutos, no volviste a ser el mismo. En vez de estar sano y feliz, te convertiste en un chico que estaba lleno de inseguridad, que pensaba que Dios era malo porque lo había enviado así al mundo, que el Diablo era malo porque le había dañado los ojos, que sus papás no lo querían y que no lo iban a aceptar hasta que viera.

Para el experto, este fenómeno y el hecho de que se organicen eventos como el que presenciaste se debe al miedo que tienen las personas a lo que parece que es diferente a ellas, este temor, Byron, lleva a las personas a discriminar y a cometer actos muy crueles.  Los adultos son complicadísimos, ellos juzgan según sus valores y su condición de vida y no temen decir que una persona es infeliz si tiene alguna discapacidad, no logran entender que el mundo se puede percibir de muchas formas.

Te asustaba el hecho de estar con tu tía porque creíste que siempre te iba a llevar con aquellas personas y por eso, cuando la oración terminó, decidiste usar el poquito de vista que tenías y decidiste caminar solo.

Las señoras comentaban entre ellas: “Uy, mirá, ya puede ver, antes no caminaba si no era del brazo de una persona, Dios es bueno, Aleluya”.  Llegaste a tu casa a las 11 de la noche.  ¿recordás?  Ese día no pudiste conciliar el sueño porque se te venían a la mente las imágenes, los sonidos y las sensaciones de la pesadilla que habías tenido unas horas atrás.

Byron, naciste con discapacidad visual y crecerás con ella.  En este momento no te sentís muy seguro de vos mismo, pero trabajarás con la psicóloga y en 1994 te integrarás a la escuela España, cosa que te ayudará montones.

Tu mamá se va a enojar, pero con tu tía, no con vos, y conforme vayás creciendo, te quedará claro que para tus papás, no importa si sos ciego, ellos te querrán, respetarán y te exigirán igual que a tus dos hermanos.

Olvidarás ese montón de basura que un grupo de fanáticos que quieren ver al diablo en todo te quisieron meter en tu cabecita, recordarás que sos un niño totalmente normal que tiene gustos, preferencias, aciertos, desaciertos y decisiones qué tomar.

Aceptarás tu discapacidad porque te darás cuenta de que podés jugar e interactuar con niños videntes como lo habías hecho hasta este momento y tendrás muchos amigos.  No te enojés si te adelanto la película, pero quiero decirte también que hasta llegarás a ser presidente del gobierno estudiantil cuando estés en 6º grado.

Irás a un colegio privado, repetirás sétimo tres veces y pasarás a un instituto.  Causarás problemas en la secundaria como cualquier adolescente, serás un poco rebelde, pero siempre estudiarás.

Vas a enamorarte de la música, la vas a aprender a leer, a componer y a interpretar y luego, cuando cumplás 18 años, comenzarás a trabajar dirigiendo un coro y darás clases de canto a jóvenes que por cierto, serán videntes.

Tendrás varias novias, sabrás lo que siente un hombre cuando se enamora y también cuando una muchacha le termina.  Reirás, llorarás, te enojarás, vivirás solo en un apartamento, ayudarás a tus papás y te entristecerás, pero por cosas que le pasan a cualquier persona, nunca más por tu ceguera.

Esto que te pasó a vos, le va a pasar a mucha gente.  A mí también me sucedió.  Viera que 21 años después, la gente va a seguir haciendo este tipo de actividades y hasta habrá videos en la red de cómo Dios “sana a un ciego”.  Es que en ese libro en que vos y yo creemos, La Biblia, también se habla de que una discapacidad es un castigo, una maldición, algo por lo que las personas necesitan limosna y sanación.

Ahora, por favor, volvé a ser el chico extrovertido que antes eras, jugá con tus hermanos, primos y amigos a los Power Rangers, qué importa que te digan que son satánicos, lo dijeron también de tu discapacidad, pero tranquilo, esos son enredos de adultos videntes que creen que solo ellos están bien.  Byron, hoy empieza la lucha contra las fuerzas del mal, se llaman ignorancia, estupidez y falta de proactividad de algunos ciegos.

Va a ser complicada, pero recordá, es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo.