Viaje a La Casona de los Ngäbe

Mujeres y niños ngäbe de La Casona.

Mujeres y niños ngäbe de La Casona.

 

Por Andrey Araya Rojas

Es un viernes de julio, poco después de medio día, cuando nos encontramos a unos cuatro kilómetros de La Casona, uno de los cinco territorios indígenas de la etnia Ngäbe que existen en nuestro país, todos ubicados al sur, cerca de la frontera con Panamá, ese punto cardinal en el que las cosas huelen a olvido.

Nun käite jukribta Ngäbe bukle tä kuin niere munye (Bienvenidos a nuestro territorio indígena Ngäbe, La Casona)

Nos dice una enorme piedra sentada a la orilla del camino de lastre.

Cinco horas antes, estábamos todos ordenando nuestras maletas en la buseta parqueada al frente del Colegio Universitario San Judas Tadeo: un equipo de 10 personas conformado por estudiantes y profesores de la Facultad de Periodismo y Comunicación.

Pasamos la piedra de bienvenida y el verde corre bien adentro hacia las pupilas. Hoja, tallo, tronco, riachuelo, nube gris que se deshace en gotas sobre las hojas. El camino de lastre que, en una jugarreta del tiempo y el espacio, se alarga detrás nuestro y se acorta por delante.

Entonces, por fin, llegamos a La Casona, en Limoncito de Coto Brus.

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Grupo de estudiantes y profesores que viajó a La Casona, en el orden usual: Óscar Ureña, Michelle Macluf, Froilán Escobar, Esteban Salazar, Adrián Fallas, Bárbara Profit, Jorge Luis Quesada, Michelle Aguilar, Maikol Fernández y Andrey Araya.

 

Se trata de un territorio en forma de triángulo que parece irrumpir con terquedad en medio de los ríos Limoncito y Lajas. Ahí habitan unas 1500 personas que se dedican a la agricultura de cultivos como el pejibaye, el plátano, la yuca y el maíz.

La lluvia no sabe de nuestras intenciones, así que no tiene clemencia. No le importa que nuestro propósito sea escribir un libro de crónicas para visibilizar a esta población de costarricenses que, si bien han logrado un cierto desarrollo en ese territorio, aún sufren la pobreza y la exclusión, además de la pérdida sistemática de su cultura.

 El primer encuentro

Rafael Bejarano es un hombre vivaz e inteligente, un dirigente indígena que actúa como el consejero más cercano del cacique, y el que nos recibe bajo aquel aguacero.

Nos lleva hasta una pequeña casa de madera cerca de la escuela. Ahí, en lo que parece ser una salita, nos espera Pedro Bejarano, el cacique. Es un hombre de 42 años, descalzo, con una dignidad que le imprime un aire solemne a la reunión.

Entramos uno a uno a la pequeña casa de madera. Instintivamente, saludamos bajando levemente la cabeza ante la máxima figura de autoridad del pueblo Ngäbe.

Pedro está sentado en una mesa cubierta por un mantel celeste. Viste un pantalón gris y una camisa blanca con unas cruces verdes cosidas a las mangas y unas franjas de triángulos, símbolo de la serpiente. Lleva en su cabeza un sombrero con numeras plumas de colores que le pertenecía a su padre, el anterior cacique, quien ejerció esa función durante ocho décadas, hasta su muerte en el 2012.

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El cacique de La Casona, Pedro Bejarano.

A su izquierda, de pie, está Rafael, quien sirve ahora de intérprete a las palabras con que nos transmite una visión de su pueblo y de su lucha por conservar sus tierras. Luego responde a las preguntas que le hacemos. Más tarde descubriríamos que el cacique domina el español. Quizás era una forma de asumir su cultura y de guardar la dignidad de una ocasión solemne como esa, en la que él, al final, tocó un pequeño tambor que parecía exaltar el sonido de la lluvia en el techo de zinc. Quedamos vivamente impresionados.

Entre pregunta y pregunta, como todo líder, nos habla de lo que considera importante para su pueblo, sobre todo de las 3.000 hectáreas, que según afirma (y confirma la Ley Indígena de 1977), le pertenecen a los ngäbe, pero que les han sido arrebatadas por personas ajenas a su territorio. Una exigencia de reconocimiento de sus tierras que los distintos gobiernos han depositado en la gaveta de la indiferencia hasta el día de hoy.

El decano de la Facultad, MSc. Froilán Escobar, le hace un ofrecimiento que busca darles herramientas para que puedan romper con esa indiferencia: la San Judas le otorgará una beca total a un joven egresado del colegio de su comunidad, para que estudie periodismo a partir del primer cuatrimestre del 2017.

Después del encuentro, la tarde no se desaprovecha. Somos un grupo de periodistas ávidos de nuevos asombros que siguen a Rafael por donde nos indica. Vamos al colegio de La Casona. Vemos el movimiento, el alboroto feliz, propio de los adolescentes. Vemos muchachas con coloridos vestidos autóctonos. Algunos ríen nerviosamente cuando Michelle Aguilar, nuestra compañera encargada de filmar las escenas para el documental, se les acerca con la cámara.

Estudiantes del colegio de La Casona.

Estudiantes del colegio de La Casona con sus vestidos tradicionales.

 

La lluvia sigue con menor ahínco, pero sin dejar su constancia. La noche nos cae encima pero el cansancio lo dejaremos para cuando termine la gira.

Bromas y risas se mezclan mientras inflamos los colchones en una de las aulas de la escuela, donde dormiremos.

Intercambiamos información buscada antes del viaje, consejos para abordar a los entrevistados, ideas sobre cómo estructurar después las crónicas.

Un aire de camaradería bulle con la inquietud de una noche en la que la emoción de lo que nos espera al día siguiente no nos deja dormir. Una emoción que nos domina a todos, tanto estudiantes como profesores: Michelle Macluff, Bárbara Profit, Jorge Luis Quesada, Michelle Aguilar, Óscar Ureña, Adrián Fallas, Maikol Fernández, Esteban Salazar, Froilán Escobar y yo.

Las entrevistas y un baile inusual

Como parte del trabajo del libro, luego de la investigación previa, se tendrían que hacer entrevistas para recabar las historias de personajes representativos de la cultura Ngäbe. Y las expectativas que una noche antes nos mantuvieron despiertos durante varias horas, se cumplirían con creces.

La lluvia cede su paso a la neblina, pero esta también se retira poco a poco para abrir paso a las montañas que nos rodean, allí, entre los ríos Lajas y Limoncito.

Rafael Bejarano, miembro del concejo del cacique, coordinador de nuestra visita y las entrevistas que se realizaron.

Rafael Bejarano, miembro del concejo del cacique, coordinador de nuestra visita y las entrevistas que se realizaron.

 

Después de distribuir unos víveres que habíamos recolectado para entregárselos a la comunidad de La Casona, Rafael convoca a nuestros entrevistados.

Vuelve la emoción de antes. Hay que multiplicarse. Michelle y yo seguimos a cada uno de los compañeros para registrar las escenas y fotografiar las entrevistas.

Corremos de la escuela al salón comunal y viceversa. De algún modo, nos las arreglamos para cargar cámaras, trípodes y otros equipos, de tal forma que no se nos escape lo esencial de cada momento.

Procuramos que no nos falte ningún detalle de esa historia de exclusiones que son a su vez muchas historias, las de los hombres y mujeres de carne y hueso que entrevistamos.

Vemos a Maikol con Jose Ángel Moreno, el maestro de cultura y su difícil tarea de intentar que los niños y jóvenes no pierdan su lengua ngöbere, una lengua que, al contrario del inglés o el portugués, no les conseguirá trabajo.

Vemos a Rafael Bejarano, nuestro anfitrión, la mano derecha del cacique, entrevistado por Esteban. Percibimos su deseo de que el nuevo líder de los Ngäbe adquiera las destrezas necesarias para defender los derechos de su pueblo.

Ahí está la profesora Bárbara Profit, entrevistando a las parteras Dominga y María Bejarano. Ella pide que le cuenten los detalles del parto en cuclillas, forma ancestral que les otorga la habilidad de facilitar la irrupción de la vida. Y lo hace con toda la curiosidad y asombro que emanan sus claros ojos teutones.

Michelle y yo seguimos corriendo con los trípodes y cámaras cuando vemos al profesor Óscar Ureña conversando con el enterrador, Benito Morales, y con Antonia Bejarano, una de las siete egresadas del Colegio de La Casona.

El equipo de periodistas de la San Judas fue despedido con el tradicional baile de la serpiente.

El equipo de periodistas de la San Judas fue despedido con el tradicional baile de la serpiente.

También vemos a Jorge Luis, inmerso en el diálogo con los médicos tradicionales, Paulino Moreno y Alejandro Salomón, quienes diagnostican a los enfermos a partir de sus sueños.

El barro sigue queriéndose trepar necio a nuestros zapatos cuando escuchamos un canto como venido de la entraña de la neblina. Volvemos a ver y se trata de José Ángel Moreno, el cantor, que ha accedido ante la petición de Adrián de entonarle una canción tradicional en ngöbere.

Después vemos a Michelle Macluf con su típico desenfado tratando de arrancarle las palabras a Edisa, una mujer de 46 años, miembro del concejo y madre de cuatro hijos, que ve con desesperanza cómo su lengua se pierde entre la espesa neblina junto con sus tradiciones.

Y Michelle Aguilar ahora me ve a mí a través de su lente. Me ve conversando con Pedro, el cacique, en la misma casa que su padre utilizaba para reunirse con el concejo. Me ve hablando con este hombre que, cuando murió su progenitor, no quería ocupar su lugar, pero que ahora está convencido de la importancia que reviste su función entre su pueblo.

El día se nos escapa. Las horas parecen desgranarse como la lluvia de la cual nunca nos libramos del todo mientras estamos en La Casona. Pero la noche se nos vuelve inusitada.

En el salón comunal han dispuesto una despedida encomiable. Pedro Bejarano toma un tambor y dos palos de madera para tocarlo. Es un ritmo que inicia lento, con un acorde que se repite una y otra vez como un Bolero de Ravel nacido de la tierra.

Se trata del baile de la serpiente, una tradición ancestral que ahora tenemos el privilegio de ver, de escuchar, de sentir en el pecho a medida que Pedro acelera el ritmo y cada vez más personas se unen al baile, a medida que nosotros mismos dejamos nuestras preciosas inhibiciones y nos abandonamos a algo que nos llama desde nuestros orígenes, antes de dejar aquel lugar con la promesa de regresar dentro de unos meses con un libro y un documental que contribuyan, desde la denuncia, a la visibilización de los invisibles en esta zona sur que tanto huele a olvido.

En el siguiente video podrá ver una parte del baile de la serpiente con la que la comunidad de La Casona despidió al equipo de profesores y estudiantes de la San Judas: