El peso y la talla de las sonrisas

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Los estudiantes de Medicina de la San Judas se las ingenian para lograr la colaboración gustosa de los niños en la medición de peso y talla. En la foto, la española Marina Puig (con gabacha blanca) ayuda a los infantes mientras los demás universitarios se preparan para recibirlos en la balanza.

 

Texto y fotografías de Jorge Rendón, estudiante del Periodismo

 

Son las siete de la mañana del martes 21 de noviembre y los estudiantes de Medicina y Cirugía de la Universidad Federada San Judas Tadeo ya tienen todo listo para comenzar una nueva jornada de medición y pesaje de los infantes en el Jardín de Niños y Niñas Lomas del Río, Pavas. Hoy, como cada cuatro meses, se espera evaluar alrededor de 300 menores de edad para determinar si existen casos de desnutrición, sobre peso o un ritmo de crecimiento inadecuado.

Afuera el clima es espectacular. Es una mañana soleada, pero con vientos fríos que recuerdan lo cercana que está la Navidad; la decoración en toda la escuela y los villancicos en las clases lo recuerdan también.

Dentro de la institución el ambiente es tan bueno como el clima. Todos los universitarios tienen una gran actitud y el anhelo de poner al servicio de la comunidad sus conocimientos; además saben que les espera un largo día.  Entre los seis estudiantes está Marina Puig, una joven española con una sonrisa interminable.

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Ella está aquí como voluntaria, pues no está en el curso de Atención Primaria Ambiental (APA) como los demás. Lleva un año y tres meses viviendo y estudiando en Costa Rica. Tiene un ritmo de vida agitado porque la exigencia académica de la universidad es alta, pero eso no es un obstáculo para compartir con los niños, esos a los que tanto ama. Por el contrario, toma la actividad como una motivación y asiste para recargar su energía contagiándose de la risa de los niños.

Recibe a los estudiantes con una gran sonrisa, tan brillante como el sol matutino de la capital tica. Toma una lista de clase y empieza a llamarlos uno por uno, como si fuera profesora. Tiene muy bien definida la rutina que la doctora María Fernanda Sánchez, docente en la San Judas y coordinadora de la actividad, le ha enseñado: primero les pregunta con una voz suave su nombre. Una vez que ellos se lo dicen lo repite para asegurarse que lo ha escuchado correctamente; luego, mientras los toma gentilmente con sus manos, les dice: “¿Me regalas tu bolsita y los zapatitos?”. Después quedan en manos de sus compañeros: Irina Arias, Verny Rodríguez, Mariela Ferrer, Oleg Aguirre y Eva González, para que les hagan los exámenes pertinentes.

Con 19 años, Marina, y los demás compañeros de carrera de la Medicina saben cómo tratar con los pequeñines. Les hacen bromas y cariños. Ella y lo demás son conscientes de que estos chiquitos pueden vivir situaciones difíciles en casa, por lo que prefieren ser vistos como una amigos para romper la barrera que muchos niños puedan tenerle al doctor.

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Un estudiante en especial le llama la atención, pues en su camisa hay una mancha roja y Marina quiere estar segura de que no es sangre. Se le acerca discretamente y le pregunta con un tono de voz muy suave: “¿Qué te ha pasado?”. El niño, serio y sin rodeos le responde: Es pintura.

Cada niño que llama le alegra la vida y sin importar si el gesto es recíproco, sus ojos brillan y la sonrisa irradia carisma. Así seguirá todo el día hasta terminar con el grupo de la una de la tarde. A pesar del cansancio, Marina y sus compañeros seguirán contagiándolos de alegría, así como los niños los contagian a ellos.