¿Cómo hacer para que conservadores y liberales hablemos el mismo idioma?

  • Decodificar los valores que mueven ambos discursos permitirá penetrar el muro de contención que imponemos

Luis Fernando Cascante es estudiante de la licenciatura en Comunicación de Masas. Este artículo presentado como trabajo final en   el curso de Géneros de Opinión  es una muestra de la calidad alcanzada en su paso por la Universidad. Actualmente es periodista del Semanario Universidad.

Por Luis Fernando Cascante

luiscascante.cr@gmail.com

LUIS CASCANTELa campaña electoral que acaba de pasar puso en evidencia la enorme polarización que vive Costa Rica, como parte de un fenómeno mundial en el que conservadores y liberales se insultan, burlan, discuten y argumentan en un idioma que solo sus similares entienden. Seríamos ingenuos en creer que esas diferencias que salieron a flote durante las últimas elecciones, son un fenómeno coyuntural. El mayor problema que afecta a nuestras sociedades es que liberales y conservadores no nos estamos entendiendo. Hablamos dos idiomas distintos, buscamos la aprobación de nuestros compañeros de lucha y ridiculizamos al otro. El otro es ignorante, estúpido, cavernícola, impuro o pecador. Queremos imponer nuestra visión del mundo porque creemos que es la correcta y nos rodeamos de quienes piensen similar a nosotros. La caja de resonancia nos tiene divididos y enfrentados. Se ve en los trabajos, en las familias y en los grupos de amigos.

Los casos más comunes los vimos con las propuestas del candidato evangélico Fabricio Alvarado, en cuanto al matrimonio igualitario. Desde el lado conservador se argumentaba que dos personas del mismo sexo no pueden casarse porque va contra el mandato de la Biblia, mientras que desde la perspectiva liberal se habla de derechos humanos para todos por igual. Si se toma como base la moral que impera en cada grupo, se podría concluir que ambos tienen razón, desde los valores morales que profesan. Sin embargo, hay liberales que pretenden convencer a sus oponentes con el argumento de que la Biblia es un libro irrelevante o que la religión no puede meterse en la vida de las personas. Si bien, son argumentos que llevan razón, no allanan caminos para descifrar los códigos morales que abren las puertas para el entendimiento.

Hace tres semanas, el asesor político del Tribunal Supremo de Elecciones, Gustavo Román publicó un artículo de opinión en el Semanario Universidad, cuya última edición antes de las elecciones de segunda ronda, invitó a distintos actores e influenciadores de opinión (de verdad, no influencers) a contestar la pregunta: “¿qué se juega en estas elecciones?”. Al respecto, Román afirmó que el país se juega ver si mantenemos la conversación o no, si seguimos hablando en el lenguaje democrático y de respeto mutuo que construimos desde 1821. El abogado afirma que el pulso autoritario es transversal a izquierdas, derechas, conservadurismo o liberalismo y que es en ese subsuelo cultural donde debemos comenzar a entender al otro.

El artículo no era para menos, Costa Rica venía de uno de los enfrentamientos culturales más tensos de los últimos años. No se trataba de un enfrentamiento violento entre grupos sindicales y empresarios privados, más bien, en los hogares de cada uno de nosotros, en donde el debate político y las visiones del mundo de distintas generaciones levantaron los ánimos y en algunos casos, acabaron con relaciones familiares. Por un par de meses, los almuerzos y cenas en la casa de los abuelos rompieron la hegemonía del discurso homófobo del tío Eliécer, para dar con la oposición de los nietos, ante la mirada asustadiza de la mamá, quien elevaba una plegaria al cielo para que “no hablaran otra vez de política”. Así transcurrió la elección en un grupo significativo de hogares de clase media.

La polarización a la que nos llevaron los hechos del 9 de enero, con el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que ordenó al país a legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, provocó que la contraparte emitiera discursos discriminatorios, que son normalizados para una generación y repudiados por otra. Así de diferentes somos. Pero algo que no logró la campaña, y que debemos tener en cuenta para preservar este proyecto común de país que buscamos, es que desde la prepotencia, el odio, la altanería y la arrogancia, nuestro mensaje chocará contra pared.

Tomando el impulso de la reflexión de Román, considero que para mantener esa conversación es necesario entender los valores que impulsan distintas visiones de mundo, desde la raíz. No hay otro camino más que la empatía. Es decir, sin entrar a juzgar o a señalar de ignorante, estúpido o “impuro” al otro, se trata de entender por qué en un mismo tema, como por ejemplo, las políticas penitenciarias y de combate a la delincuencia, los conservadores hablan de incrementar penas, mano dura, pagar por las consecuencias de sus actos, castigos y penas, mientras que los liberales hablan de derechos humanos, reinserción, desigualdad social, criminalización de la pobreza y falta de oportunidades.

¿Por qué cuando hablamos de aborto los liberales aludimos a los derechos de la mujer con respecto a su cuerpo y por qué los conservadores hablan del derecho del no nacido? Hay que buscar las normas morales que motivan cada uno de los discursos y, luego, construir mensajes que salgan de las burbujas y las cajas de resonancia para que lleguemos a un entendimiento.

“Si albergamos alguna esperanza de sanar la división abierta en el seno de nuestra cultura, tenemos que entender el problema suscitado por las visiones del mundo y trasladarlo al discurso público”, dice George Lakoff, autor de Política Moral: Cómo piensan progresistas y conservadores, un libro dedicado a desgranar las raíces del pensamiento de izquierda y derecha, con el fin de entender, desde un lado empático, las normales morales que rigen los discursos de cada uno. De acuerdo con este lingüista estadounidense, los liberales tienen en poca estima a los conservadores, a quienes consideran que los datos y hechos científicos no les son importantes, sin embargo, Lakoff afirma que a los conservadores sí les importan, pero deben venir “enmarcados” en términos morales apropiados para ser tomados en serio. El estadounidense afirma que, conscientemente, ningún conservador se propone negar datos científicos, sino que, los mensajes, envueltos en los códigos morales de los liberales, son automáticamente rechazados por sus cerebros.

Desde el liberalismo, una forma de dirigir con mayor efectividad el argumento en favor del matrimonio igualitario está en resaltar que Dios ama a todos por igual y no discrimina. Se trata de colocarse desde el punto de mira del otro. Hablar el mismo idioma abre puertas para el entendimiento. No hacerlo, conlleva al exilio de una de las partes y al levantamiento de muros. Pregúntenle a cualquier persona que trabaje con población migrante y les explicará que, de los inmigrantes sirios que llegan hasta Costa Rica, ninguno permanece en el país. Las barreras del idioma y la cultura, radicalmente diferente a la de ellos, al otro lado del mundo, les imposibilita construir un proyecto de vida esperanzador, obligándolos a salir del país y buscar uno con mayores similitudes.

La imposibilidad de hablar el mismo idioma y compartir los mismos valores tiene a dos bandos gritándose improperios, sin avistamiento de llegar a un terreno común.

Alan Turing, padre de la computación, tuvo que aprender el lenguaje de la máquina Enigma de la Alemania nazi, para descifrar las comunicaciones entre alemanes y anticiparse a todos sus movimientos. Aunque el fin no sea el mismo, nunca estuvimos tan urgidos como sociedad de hacer un alto, mirarnos a los ojos y comprender al otro. No se trata de estar de acuerdo, sino de disentir sanamente, siempre tomando el cuenta el marco de referencia de cada persona. Nunca estuvimos más necesitados de escucharnos, entendernos y retomar la conversación, hasta que liberales y conservadores hablemos el mismo idioma.