En busca de uno de los últimos hablantes de la lengua boruca

Nemesio González dejó tras de sí la herencia de una cultura que lucha por su supervivencia.

Nemesio González dejó tras de sí la herencia de una cultura que lucha por su supervivencia. Foto cortesía de Elperiodicocr.com

 

Por José Pablo Román Barzuna

“Írójcquii huíírá que sícua

rójcquitén̈dabaguírá,

írójcquiduríjrójcmorén̈-írá.

(Ellos sabían que los extranjeros llegarían algún día;

eran buenos adivinos)”,

Espíritu Santo Maroto.

Para llegar a Boruca, después de que el bus sube entre las montañas de la Zona Sur de nuestro país, hay que volver a bajarlas. Desde arriba se ve un valle que conserva su tono precolombino. Hace cinco siglos, cuando llegaron los primeros españoles, la vista desde arriba era de triángulos dispersos de palma seca. Ahora las casas están agrupadas y el sol rebota en sus techos de zinc.

Estoy a trescientos metros sobre el nivel del mar rodeado de montañas, en un lugar aún tranquilo, mientras se agitan el tiempo y el viento. Llegué para preguntar sobre Nemesio González, uno de los últimos hablantes fluidos del idioma boruca.

Al caminar por el lastre del pueblo noto algo particular en su silencio: todo se escucha. Dicen que, incluso, hasta los muertos. Sus voces van quedando sepultadas por el tiempo que agoniza la memoria de los pueblos indígenas del país y son los vivos los que diariamente los recuerdan y así mantienen el registro oral de su historia.

El rumor de mi llegada entró por las puertas de las casas que siempre permanecen abiertas. Es frecuente que los si’kuas–personas no indígenas- vengan a preguntar sobre sus costumbres, luego publican la información en San José y nada queda en la comunidad. Es por eso que algunos desconfían y cierran sus puertas, aunque la mayoría las dejan abiertas.

Cuando Nemesio era niño le ofreció a un compañero de su escuela una guayaba, se lo dijo en idioma boruca. Un profesor lo oyó y reaccionó con enojo. Nemesio estaba asustado. Tuvo que correr porque lo persiguió para castigarlo. La educación en Costa Rica no permitía hablar en boruca, ni en otra lengua originaria, en aquellos tiempos. Hasta la policía fue a buscarlo a su casa y aunque al final no le hicieron nada, nunca más volvió a la escuela. Eligió su lengua y su cultura antes que la educación. Por esto, es recordado un cronista de sus historias, repletas de la magia que el cosmos sopló en sus antepasados. Un agricultor con una convicción pedagógica firme: el idioma va ligado a la identidad y sabía que si una lengua muere, se ve amenazada gran parte de su cultura.

Yoyo, un amigo boruca que me recibe durante mi estadía, me dibuja un mapa para que me guíe en el pueblo y encuentre la casa de don Nemesio. Mientras dibuja, recuerdo una historia que él mismo me contó cuando le dije el motivo de mi visita:

Cuando Nemesio era niño andaba en la montaña con su abuelo arriando el ganado. Una vez vio entre los animales a un toro con cuernos de oro.

-Abuelo, ¿por qué no nos llevamos a ese toro?, le dijo.

-Ni se te ocurra, Nemesio, ese toro es de Cuasrán̈, el indígena que, al huir de los españoles, se enterró en la montaña con toditito el oro que pudo llevarse con él.

Cuando Nemesio creció le contaba a todos que en la montaña veía las huellas de Cuasrán̈ y las de su ganado. Y así, con esta o muchas historias, transmitía la cultura de su pueblo, siempre hablando su lengua.

La gente de la zona me cuenta que, entre las paredes de bambú y el techo de palma seca del rancho cultural de Boruca, se reunía a enseñarle a unos 25 estudiantes el idioma. Por medio de esos talleres, que impartió desde el 2013 hasta 2017, impulsados por la comunidad y financiados durante los dos primeros años por el Ministerio de Cultura, estos indígenas aprendieron mucho de la lengua, pero faltaron muchos años más para que fueran suficientes. En Boruca es casi igual de probable encontrarse un rótulo en lengua boruca que en inglés.

Tras subir el camino de tierra naranja estoy en la pulpería Isla Verde. Según el mapa que Yoyo me dibujó a mano alzada, justo al lado, está la casa de Nemesio. A través de la puerta veo a Gerarda González, una de sus hijas, barriendo el polvo que el viento nunca para de esparcir.

-¿Sí, qué se le ofrece?- me dice mientras sostiene la escoba y su mirada me da la bienvenida con cierto recelo.

Un joven se asoma para ver quién conversa con su mamá. Es Bryan González, su rostro se ilumina cuando pregunto por su abuelo. Ambos acomodan tres sillas en el corredor y me invitan a sentarme. Sus palabras son pausadas, como hablan en Boruca, pero también porque en el silencio, entre palabra y palabra, recuerdan a Nemesio.

-A él le gustaba trabajar mucho. Él decía que había veces que le anochecía de camino. Nos contaba que iban hasta San José a vender ganado, me imagino que por ese camino de La Costanera. Duraban no sé cuántos días para llegar. Dormían de camino y se tapaban con cuero de venado. A veces tenía que echarse al agua. Tiraban el ganado y el último se pegaba de la cola; por eso decía que le habían pasado muchas cosas, porque cuando las vacas nadan mueven mucho las patas-, me dice Gerarda entre la risas y con la mirada emotiva.

-También le gustaba mucho nuestro idioma. Sus hijos sabemos algunas palabras porque él nos decía cosas en boruca. No oraciones muy largas, sino preguntas como qué queríamos comer, o si estábamos bien-, agrega.

-Los talleres de mi abuelo tenían que haberse hecho mucho más antes; la verdad. Había que aprovecharlos muy bien. Fueron muy importantes. Ahora muchas personas saben algo, pero no fluido… sino por palabras, como dice mi mamá. Mi abuelo rescató muchas cosas que ahora la gente sabe- me dice Bryan, quien había permanecido en silencio imaginando a su abuelo a través de las historias que Gerarda me contaba.

Muy cerca de donde hablábamos, entre dos palos, me muestran el lugar donde estaba la hamaca en la que Nemesio pasó sus últimos días.

“Yo quiero quedarme aquí. Morirme con ustedes en la casa. Yo no quiero que se den cuenta de que morí y yo allá lejos. Prefiero que de camino me tiren debajo de un puente antes que ir al hospital”, le dijo Nemesio a su familia cuando el doctor le comentó que debía ser internado.

-Las chiquillas de acá se iban a la hamaca a entretenerlo y le preguntaban por historias. Ahí, donde está ese bambú. Un día les dijo: “Traigan un cuaderno y un lápiz, si no entienden algo, yo se los digo-, menciona Gerarda, y me percato que la muerte de Nemesio nos afecta a todos los costarricenses: con su muerte, y con la pérdida del idioma, el país se hace más pobre.

Nemesio vivió muchos años montaña arriba. Nunca vendió su tierra. Hizo un ranchito allá; tan arriba que podía ver como el río Térraba se convertía en mar. Se quedó años en las alturas, lejos de todo, hasta que su familia creció. Les quedaba lejos la escuela. Él y su esposa siguieron viviendo en las alturas, pero ya nadie los podía cuidar y al tiempo tuvieron que bajar. Algunos dicen que, al irse, se murieron los árboles de su casa, por soledad, porque con su voz Nemesio los mantenía con vida.

Vista panorámica de rey Curré, ubicado en Buenos Aires de Puntarenas.

Vista panorámica de Rey Curré, territorio indígena donde habita el pueblo boruca. Está ubicado en Buenos Aires de Puntarenas, Foto de José Pablo Román.

 

“Nemesio sabía muy bien la importancia de su conocimiento. Por eso trató de enseñar todo lo que podía. Él fue un árbol que dejó raíces”, me había dicho Yoyo al empezar mi recorrido.

Mientras camino por las calles de lastre, entre canciones de Los Ángeles Azules y Simba Musical, se escucha la voz de don Nemesio relatando leyendas borucas como la de Cuasrán̈. Sus relatos suenan en la lengua en que sus antepasados descifraron su entorno y son transmitidos ocasionalmente en la Radio Comunitaria Boruca. Su voz se convierte en la resistencia de un pueblo en donde no hay mucho que leer y solo el 0,3% de los indígenas son hablantes del boruca, según el informe de Perfil de los Pueblos Indígenas de la Universidad de Costa Rica.

Antes de llegar acá me habían recomendado hablar con Henry González, así que vine a buscarlo. Me dijeron que colaboraba en la radio, que fue estudiante de don Nemesio y que trabaja en la escuela de Boruca.

-Una de las cosas que más recuerdo de Nemesio -me dice Henry-, es que tenía mucha disposición de enseñar. Nunca fue mezquino, siempre le estaba enseñando a uno. Don Nemesio aprovechó esos espacios que se generaron para dar su conocimiento. Los mayores a veces son muy recelosos y solo transmiten su conocimiento al heredero, pero él enseñaba a todos los que se interesaban.

-Me dijeron que usted asistió a los talleres de don Nemesio y que es profesor de la lengua boruca- le pregunto.

-No. Yo soy el conserje. El docente de ahora es otro. Eso es lo contradictorio. Muchos están por sus atestados académicos pero no necesariamente conocen bien la lengua. El sistema nos sigue castigando y el alma de la iniciativa por rescatar nuestro idioma se va desvirtuando. A mí me nombraron como profesor por un año, y yo sentí la responsabilidad de mejorar; fui a los talleres de Nemesio, me puse a estudiar, a repasar, a preguntar, a documentar. Ahora yo aplico pero no califico. Yo tengo limitaciones para hablar y escribir el boruca. No lo domino totalmente. Para ser hablante fluido uno tiene que interactuar con otra persona y eso en Boruca ya no se puede.

Henry recuerda el día en que el director de la escuela de Cajón de Boruca lo presentó a los estudiantes y, al entrar al aula, se dio cuenta que ninguno de ellos era indígena. ¿Para qué nos va a servir esto?, fue lo que pensaron.

El sistema educativo ya no castiga a quien hable boruca, pero sigue colaborando con el desplazamiento de esta lengua. El idioma se da como un souvenir: En la escuela los estudiantes solo reciben tres lecciones a la semana y en el colegio son reemplazadas por más lecciones de inglés y, como si fuera poco, incluyen francés.

En Boruca se han visto empujados a olvidarse de sí mismos pero con la muerte de muchos de sus mayores han iniciado la lucha por revivirse; el campo de batalla se dibuja en la línea frágil entre identidad cultural y atracción turística.

-Aunque existe ese interés por enmendar el error histórico, hay cosas que uno se queda, como te dijera, como con un sin sabor… Yo solo espero seguir aprendiendo, y un día, cuando sea mayor, servir de consulta para mi pueblo, para mantener nuestra lengua, aunque no sea como docente-, sentencia Henry, una de esas raíces que don Nemesio dejó.

Nemesio murió el 7 de abril del 2018. Ese día el silencio de Boruca se rompió con el intermitente sonido del luto de la campana de la iglesia que comunicaba que alguien del pueblo había muerto. Margarita Lázaro, una de las líderes comunales de Boruca, me cuenta que cuando se enteró de la muerte de Nemesio se preparó para ir a su entierro y encomendarlo a Dios, aunque algunos creen que está al lado de Sibú, creador de todo lo que habita en la tierra.

“Ay, Nemesio, qué lástima todo lo que se nos va con vos”, le dijo doña Margarita mientras lo veía en el ataúd.

-Uno siempre decía: “Ojalá que don Nemesio no tenga nada que hacer para que ande paseando por el pueblo”, porque cuando pasaba por la casa nos saludaba, o nos hacía preguntas, en la lengua materna. Uno no entendía y él se reía y repetía. Yo rápido corría y lo apuntaba. Dos o tres palabras uno aprendía cada vez que don Nemesio venía a saludar. Ya te digo, él estaba consciente de su sabiduría… Yo nunca fui a los talleres con él, pero yo sí sentía que con él se podía aprender más rápido que con los lingüistas si’kuasque hablan el idioma y que también, en algún momento, venían a dar talleres-, me dice Margarita.

Los si’kuasa los que se refiere doña Margarita son los lingüistas Miguel Quesada, quién documentó exhaustivamente la cultura boruca; Carmen Rojas, quien trabajó con Quesada en la elaboración del Diccionario boruca-español / español boruca, publicado por la editorial de la Universidad de Costa Rica; y Adolfo Constenla –quien murió en el 2013-, autor de varias investigaciones y libros sobre la cultura y el idioma boruca.

Todos esos lingüistas tienen algo en común: se reunían con don Nemesio ycon otros mayores de generaciones anteriores, y pasaban las tardes hablando en boruca. Lo hablan fluido y sus aportes académicos, para una lengua que el Instituto de Investigaciones Lingüísticas de la Universidad de Costa Rica señala como extinta, se convierten esenciales en los intentos por salvar lo que queda. No obstante, sin borucas que hablen su lengua, el idioma muere y con él, también, parte crucial de su cultura.

-Ellos hablan la lengua materna pero pulido y a mí me da un coraje. ¿Cómo esos si‘kuasse ponen a conversar mi lengua y yo no entiendo que están hablando? Preferimos que los que rescaten la lengua sean borucas. Nemesio le dio muchos talleres de lengua a mucha gente. Pero, qué lástima, ¿cómo no pudimos sacarle más provecho a él? Aunque te digo que mucha gente lo aprovechó y ahora están sirviendo a la comunidad. Nos veremos obligados a aprender más rápido-, concluye Margarita.

Cuando Boruca volvió a estar en silencio. Cuando levantaron el ataúd y se lo llevaron hacia el cementerio se oía uno de los últimos deseos de don Nemesio. “Nací de la tierra y vuelvo a ella”. Por eso cuando le preguntaron si al morir quería ser enterrado en una bóveda o en la tierra, don Nemesio no lo dudó: la tierra, dijo.

En Costa Rica se muere una lengua y nadie parece decir nada. Su muerte salió en algunos periódicos del Valle Central y le dedicaron algunos párrafos. En esas líneas, entre la desinteresada información, decía: “Don Nemesio González Lázaro, quien era uno de los últimos indígenas que hablaba de forma fluida la lengua ancestral de la cultura boruca, asentada en el Pacífico sur del país, falleció la tarde del sábado”. A nadie fuera de Boruca pareció importarle.

“Siempre hay que ir monte adentro. En la montaña se ven y se escuchan muchas cosas”, me había recomendado Yoyo. Y fue rodeado de las montañas de Boruca, y hablando con los borucas, que entendí que el proceso de castellanización sufrido por la conquista se sigue dando hoy en día de forma más solapada por medio de las políticas si’kuasque siguen forzando las lenguas indígenas del país a desaparecer.