Graduado de la primera generación de Medicina y Cirugía

Dixon Marín: “soy médico gracias a la San Judas”

Para Dixon Marín.

Para el doctor Dixon Marín, su profesión implica deberse a las personas.

 

Por Andrey Araya Rojas

Fue hace 15 años. La tarde avanzaba y el doctor Dixon Marín aún tenía frescas en su ropa las manchas de pintura de aquella casa que alquiló en 120 mil colones mensuales y que, en ese momento, había terminado de remodelar.

Al ser las cuatro, Dixon se bañó para después abrir las puertas de su consultorio, el primero en Ciudad Colón en brindar el servicio de emergencias las 24 horas del día.  Su primer paciente llegaría alrededor de las 6:30.

“Se llamaba don Hugo. Era un investigador del OIJ. Yo había puesto un rótulo y ahí se había regado la bola. Ahora tengo pacientes hasta de Upala y Guápiles”, dice este médico que forma parte de la primera generación de graduados de la facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad Federada San Judas Tadeo.

Es un tipo alto y corpulento, pero con una suavidad en el rostro que me hace entender a Tatiana Sánchez, una paciente de 40 años, con la que había conversado unos minutos antes, cuando coincidimos en la sala de espera del consultorio: ella esperaba por un tratamiento y yo por una entrevista.

“Yo le tengo mucha fe porque es el único que, desde hace cinco años, me ha podido controlar la diabetes. Es más, toda mi familia se ha tratado con él. Para mí, es el mejor doctor que tenemos en Ciudad Colón”, dijo.

Paso a paso hasta la San Judas

Dixon vivió su niñez en la zona Atlántica. Desde los ocho años combinaba las obligaciones escolares con el trabajo de la pequeña finca familiar, ubicada en Siquirres, donde sembraban café y tenían algunas vacas.

“Cuando mi papá falleció, me vine para San José porque siempre tuve en la mente estudiar. Primero trabajé en un taller de pintura, pero una tía me consiguió un puesto en la cocina del Hospital de Niños. Era el año 91 o 92, cuando tenía 19 o 20 años. Como era tan grande, me trasladaron a seguridad. Empecé a tener contacto con los pacientes que ingresaban y, con los años, me comenzó a interesar el campo de la salud, en especial el de las emergencias, así que decidí estudiar medicina”.

El contacto permanente con la comunidad le dio la idea al doctor Marín de suplir un servicio que no se brindaba en Ciudad Colón: atención médica de emergencias las 24 horas.

El contacto permanente con la comunidad le dio la idea al doctor Marín de suplir un servicio que no se brindaba en Ciudad Colón: atención médica de emergencias las 24 horas.

 

Un día, junto con un amigo, se puso a recorrer todas las universidades privadas. Comenzaron en San Pedro: pedían programas, solicitaban precios, hablaban con los encargados. No era algo que estuvieran tomando a la ligera.

El periplo los llevó, al filo de la tarde, cuando hasta los zapatos parecían reclamar por el cansancio, a una universidad ubicada en Barrio Don Bosco, que recién había inaugurado la carrera de Medicina y ahora se aprestaba a matricular a los primeros estudiantes de la facultad.

“El programa me pareció diferente al de cualquier otra Universidad. En la San Judas te dan cuatro meses de urología, por ejemplo, mientras que las otras te imparten en un semestre varias especialidades, así que son como dos semanas de cada una. Es poco probable que alguien vaya a recibir conocimiento en tan poco tiempo”.

Renunció a su trabajo en el Hospital de Niños para poder cumplir con los horarios de la carrera. Tuvo muchos trabajos y de todo tipo, hasta que entró en una compañía farmacéutica, lo que le dio más ingresos pero menos horas de sueño.

“Me coloqué en CEFA farmacéutica, después pasé a CEFA comercial, con un horario de 10 de la noche a 6 de la mañana. A esa hora me iba para la U, dormía un rato en las gradas, recibía clases de 8 a 2, volvía a mi casa, dormía otro rato y después regresaba al trabajo. Fue un sacrificio, pero no me importaba porque tenía convicción de lo que quería lograr”.

Estas jornadas no lo desconcentraban en el aula. Cuando a algunos el sueño les aprieta entre las explicaciones del profe y la hora de salida, el futuro doctor procuraba ponerse alerta.

“Siempre fui muy buen estudiante; nunca tuve que repetir un examen. Como me costaba tanto, me esforzaba mucho y llegaba a oponer atención: era muy respetuoso con el docente. Inclusive recuerdo cosas específicas que decían en clases. Por ejemplo, del curso de fisiopatología nunca olvidaré la explicación del profesor sobre el síndrome de Claude-Bernard-Horner: una dolencia a nivel cervical que está relacionada con el cáncer o las neoplastias de pulmón”.

Servicio a la comunidad

Mientras el futuro galeno pisaba el acelerador para graduarse (pues ya tenía una hija y necesitaba dedicarse pronto a la profesión) también quiso devolverle algo a la comunidad en la que reside desde que abandonó su Siquirres.

Quizás fue un poco por eso, y quizás también un poco debido al gusto desarrollado por la adrenalina de las emergencias, que se volvió voluntario de la Cruz Roja local, donde actualmente es director de las unidades de soporte.

“Los cruzrojistas abordan al paciente pero, si deben hacer un procedimiento más invasivo o complejo, me llaman a mí”.

Unos minutos después, casi como si se hubiera planeado, cuando acababa de despedirme de Dixon, entraría al consultorio Warner Pérez, técnico de emergencia de la benemérita institución, para conversar algunos asuntos del turno anterior.

Warner Pérez,

Para Warner Pérez (derecha), técnico de emergencia de la Cruz Roja de Ciudad Colón, el doctor Marín se ha convertido en un aliado de la labor que realiza la benemérita institución en esa localidad.

 

“El trabajo de él es vital para la unidad de soporte avanzado, porque el criterio del técnico de emergencia depende también del emitido por el supervisor médico. Tengo 15 años de conocerlo y puedo decir que es un excelente ser humano y profesional. Con solo tener en cuenta la presencia del doctor, tanto nosotros como el paciente sentimos tranquilidad”.

La empatía por las necesidades de ese lugar, que ya había adoptado como suyo, y el contacto continuo con las situaciones críticas que debía atender como voluntario, le dieron la idea de abrir un consultorio que atendiera las 24 horas, ya que hasta ese momento no existía un centro de atención médica de esa naturaleza en Ciudad Colón.

“Siempre me gustaron las emergencias. De hecho, este consultorio atiende a ese tipo de pacientes: que se cortaron, que les duele el pecho, que están deshidratados, que tienen una infección, etc.”

El primer año atendió solo, pero no podía seguir a ese ritmo. En cuanto pudo se valió del apoyo de los graduados de su alma máter, a quienes les dio trabajo.

“Entre los que estuvieron aquí puedo nombrar, por ejemplo, al doctor Erick Sanabria, que se mantuvo como seis años conmigo. También Howard Sierra, quien luego estudió radiología; Rafael Quesada; inclusive mi hermana Melisa Sandoval, a quien le pagué la carrera.

“Aquí he tenido médicos de todas la universidades, pero siempre se marca una diferencia con los graduados de la San Judas. Tienen la capacidad de hacer procedimientos que otros no hacen. Por decirte algo, pueden poner una sonda de Foley, que es algo propio de enfermería, pero que en la práctica a veces a los doctores nos toca hacer durante alguna emergencia”.

Después de 15 años de haber fundado su propia empresa, Dixon Marín se considera un exitoso “médico de pueblo”, de esos que en la mañana te atendieron en su consultorio por una subida de presión y en la tarde te lo topás en el súper; de esos que, cuando lo ves en la calle, le consultás por la mancha que te salió en el brazo.

“Desde que me comprometí a dar atención las 24 horas lo he cumplido, tanto en el consultorio como en la Cruz Roja. Si tengo que levantarme a las 12 de la noche porque hay un paciente en paro cardíaco, me levanto y voy a atenderlo. Aprecio mucho mi relación con la comunidad; no me interesa mantener un estatus o prestigio procurando una distancia con los pacientes. Soy médico y me debo a las personas. Eso lo aprendí en la San Judas”.