El obligado largo tránsito de Ana

Ana y Rachel miran hacia el otro lado. Unos días antes de tirarse. Foto: Fernando Francia.

Ana y su hija Rachel, emigrantes hondureñas, miran hacia el otro lado de la valla que las separa de Estados Unidos, unos días antes de tirarse. Foto: Fernando Francia.

 

Por Fernando Francia, estudiante de la licenciatura en Comunicación de Masas*. Crónica escrita para el curso de Laboratorio de Medios I.

– ¡Cruzá, cruzá! Dale, amor, tranquila, dale de un solo. ¡Dale, Dale!

– No puedo. ¡Es que no puedo!

Dentro de unos días, el martes 4 de diciembre, Ana intentará pasar la frontera entre Tijuana en México y San Diego en Estados Unidos. Deberá trepar por una valla de menos de dos metros de alto. Yo la veré temblando y tratando de subir y  sentiré la tensión en los rostros de todas las personas que la acompañan, entre amigos y periodistas.

La cara de su hija Rachel lo dirá todo: temor, desesperación y llanto, pero no un llanto sonoro, sino un llanto interno. A ese momento ya le habrán dicho unas veinte veces que debe guardar silencio. Muchas horas antes yo había visto su carita alegre, jugando con una pelota en el cauce de un río seco. Pero en poco tiempo veré sus lágrimas transitar sus mejillas, su carita de llanto, pero sin un solo quejido. Con sus ojos grandes, bien abiertos, verá a su mamá alejarse intentando saltar la valla. Por unos instantes dudará si ella también pasará junto a la única persona que ha estado siempre con ella. Mirará al cielo; es demasiado alto para una niña que apenas pasadel medio metro.

Yo vengo desde muy lejos, desde Egipto, para buscar estas historias. Gente que lo intenta todo con tal de cruzar, gente que ya caminó miles de kilómetros, gente que pasó hambre, abusos, violencia, gente que tiene historias de terror y que son cotidianas. Gente que quiere terminar con esas historias y por eso huye.

Yo soy Yazmine Fanselow, nací en El Cairo, estudié antropología en Brunei y trabajé como periodista en Berlín. En un rato veré en Tijuana a Ana intentando alcanzar el sueño para el que se viene preparando desde hace meses.

En la tarde de ese mismo martes, después de almorzar en la venta de pollo que está en la esquina, y que suelen frecuentar porque es muy barato, comenzará a despedirse. Con su mejor amiga pasará varios minutos abrazada, se dirán cosas que solo ellas saben: han compartido muchas confidencias en el largo camino que llevan juntas, ambas son hondureñas, pero se conocieron en México. Su amiga quedará a cargo de la tienda de acampar de Ana. Es la amiga que la alienta: vos sos fuerte, vas a poder y te irá de lo mejor, le dice. ¡Me escribes!, le ordena. Su novio, Edwin, la acompañará a saltar la valla en la noche,pero él no cruzará todavía. Mientras Ana se despide, jugará con Rachel a perseguirse. Otros amigos también abrazarán a la que se va. Se despedirá de uno, de otro. Aunque está contenta, porque cree que está cerca de cumplir su sueño, llorará.

Ana y Rachel en el cauce de un río Tijuana. Foto: Fernando Francia.

Ana y Rachel en el cauce de un río Tijuana. Foto: Fernando Francia.

 

En la mañana, un poco antes, Ana ordenará sus cosas en la tienda de acampar que se ha convertido en su hogar desde hace varios días. Sabe que no podrá llevarse más que lo puesto, por lo que se lo dará a aquella mejor amiga,que se queda. Aunque si Ana regresa reclamará esas cosas, pero espera no tener que hacerlo. Es ropa, algunos juguetes, maquillaje, unas revistas y nada más.

Ana me dirá en unas horas que ya está decidida a saltar –a “tirarme”, dice con una jerga ya no de Honduras ni de México sino de aquellos que comparten caminos–. Ana irá con varios amigos que la ayudarán. Algunos de ellos querrán tirarse también, pero aún no lo han decidido, por ahora son acompañantes. Ana tiene claro que intentará saltar el muro con su hija. Una vez del lado estadounidense, caminará hasta que la vea una patrulla y se entregará. Dirá: “ai-sic-asailum”, que sabe que significa “busco asilo”, aunque no sabe cómo se escribe.

Ella se unió a la caravana migrante ya en México. Me dijo que a inicios de octubre solo de eso se hablaba en Honduras, pero no lo había imaginado como una posibilidad. Un día abrazó a su hija y pensó: por qué estoy soportando tanto sufrimiento y persecución, es el momento de irme, tanta gente se va y lo logra, yo también puedo. Ese día, relató, llegó a una casa a la que se habían mudado con su madre hacía pocos días porque tenían que trasladarse permanentemente por las amenazas. Llorando dijo, “mamá, me voy mañana”. Su madre le respondió que si era lo que ella quería hacer la apoyaría. “¿Lo pensaste bien, hija?”. Lloró también y la ayudó a empacar lo mínimo posible. A los 19 años y con una hija de tres y con la vida que has llevado, Ana, creés que tenés la madurez para enfrentar lo que sea.

En Honduras Ana tenía problemas con el padre de su hija. La perseguía y la había amenazado con quitarle a la niña y matarla. Ella estaba cansada de esconderse a diario. Si eso no fuera suficiente, ella y su madre habían sido amenazadas por una de las maras que “funcionan”cerca de donde vivía, en San Pedro Sula. Antes de estos problemas ambas tenían trabajo y sobrevivían con lo mínimo, pero al tener que trasladarse a diario ya no podían conservar ni empleos ni los emprendimientos informales que les daban algo para comer y pagar cuarto en Villanueva, un pueblito muy cerca de San Pedro Sula y 240 kilómetros al norte de Tegucigalpa, la capital de Honduras.

Aunque no salió de su país con ninguna de las ahora famosas caravanas, Ana se sumó a una de ellas ya en México, al sur, en Palenque, estado de Chiapas. Antes de eso cruzó en balsa el río que separa Guatemala con México y antes viajó en bus desde Tegucigalpa hasta Guatemala y de allí a la frontera.

Cuando llegó a México se juntó con unos hombres que también iban a Palenque. Desconfió de ellos, pero luego pensó que mejor irse con ellos, que eran paisanos, que quedarse sola con la niña. Cuando llegó a Palenque ellos se iban a subir en el tren La Bestia y ella pensó también hacerlo. Estuvo frente al tren, pero no pudo irse en él.

Bastantes días después de estar frente al tren ella me contó que Dios le envió una señal para no subirse: allí mismo encontró a un grupo que venía en la Caravana: eran unas 60 personas coordinadas por el Centro de Defensa de Derechos Humanos de Honduras. Pensó que lo mejor sería andar en grupo con muchas personas y no sola amarrada al techo de un tren.

El tránsito centroamericano hacia Estados Unidos no es una novedad. Pero las caravanas, sí. Es difícil calcular las cantidades de personas que las integran. Cifras conservadoras indicarían que son cerca de 7 mil, pero podrían llegar a 10 mil personas solo de las que salieron en 2018.

Las caravanas están compuestas por flujos migratorios mixtos. Esto quiere decir que dentro de ese grupo hay refugiados y migrantes. Una persona refugiada es quien no puede volver a su país, porque tiene un temor fundado, de manera que si regresara su vida y su seguridad estarían en riesgo. Una persona migrante también se puede ver forzada a salir de su país, pero principalmente por cuestiones económicas. En resumen, todos se ven obligados a buscar vida de una manera diferente. Aunque los gobiernos no reconozcan al refugiado institucionalmente, como ocurre en ocasiones en estas fronteras, ellos ya son refugiados desde el momento en que huyen y no pueden regresar a su país; por eso buscan protección en otro suelo. Es decir, merecen protección, aunque otros países decidan no brindarla.

El día anterior, el lunes 3 de diciembre, volveré a visitar a Ana al campamento improvisado en la calle. Habrá unas 200 personas allí, porque el resto, de las casi 6 mil que estarán oficialmente en Tijuana en ese momento, será trasladado a un albergue varios kilómetros al sur, lejos de la frontera.

Una calle y una valla separan a miles de migrantes y refugiados en el Albergue Benito Juárez en Tijuana. Foto: Fernando Francia.

Una calle y una valla separan a miles de migrantes y refugiados en el Albergue Benito Juárez en Tijuana. Foto: Fernando Francia.

 

Ana me dirá que ella no quiso trasladarse a ese campamento con las demás personas porque quiere estar cerca de la valla fronteriza, quiere mantener vivas las esperanzas de ir caminando hasta allí y tirarse. Alejarse de la frontera es como regresar, como alejarse de su sueño.

Yo le daré, esa misma mañana, 250 dólares que logré reunir entre amigos de todo el mundo. Había publicado en mis redes sociales que juntaría dinero para unas personas que lo necesitaban, que me encontraba en Tijuana y que estaba impactada por las historias de necesidades de los que venían en la caravana, especialmente por Ana y por su hija, con quien yo ya había pasado momentos especiales. Rápidamente logré reunir 500 dólares. Parte para comprar tiendas de acampar, parte para comprar ropa y comida y parte para dárselo en efectivo a Ana. Aunque vine de reportera de una productora alemana, no pude contenerme de tratar de ayudar a esas personas con algo más que con mi trabajo.

A Ana la conocí en Mexicali, varios días antes. Ella había llegado hasta allí con un grupo de casi 100 personas, la mayoría hondureños. Yo necesitaba un personaje para un documental y, ella, a pesar de su corta edad, hablaba muy fluido y se desenvolvía bien ante cámaras. La entrevistamos con mi equipo de trabajo y conecté enseguida con Rachel, su pequeña hija. Yo misma he estado pensando si tener hijos o no, y jugar con Rachel me trasladó hacia la posibilidad inmediata de tenerlos.

Ana y Rachel, junto a otros 60 migrantes y refugiados, llegaron a Tijuana en la parte trasera de un camión desde Mexicali. Pagaron 7 dólares para poder viajar en ese camión de carga. Yo viajé con ella por algunos minutos. La mayoría viajaban incómodos en el camión y estaban resfriados y, a la media noche, cuando salieron, el frío calaba los huesos. Íbamos sentados en el piso mientras mi compañero alemán, de pie, grababa y se sostenía del constante tambaleo del camión en las incesantes curvas del camino de casi 180 kilómetros de Mexicalli a Tijuana. Me fue contando que han pasado mil penurias, pero que en la mayoría de lugares la han tratado bien. Que ya quiere llegar, estar cerca de la frontera, pasar y cambiar su vida, especialmente por lo que pueda significar para su hija.

El domingo 2 de diciembre yo iré a Las Playas, al oeste de Tijuana. Es un lugar muy turístico,lleno de restaurantes de todo tipo y en donde las vallas de la frontera se meten en el mar como unos cincuenta metros. Siempre se oye música y, claro, siempre hay personas, de todas las nacionalidades, tratando de cruzar entre las barras de acero de la valla. También hay muchos gringos paseando. Algunos, los más, ven con desprecio el tumulto en la frontera; algunos, los menos, piensan que deberían liberar las barreras y dejarlos pasar.

Yo iré allí para entrevistar a un llamado coyote, de esos que trabajan pasando gente de un lado a otro. Él me contará que ya está retirado, que antes había más trabajo y se cobraba mucho más por cada persona que pasaba. Llegamos a cobrar más de 10 mil dólares, me contará, pero ahora se cobran entre mil y tres mil. Eso sí, lo dejamos sano y salvo en San Diego o Los Ángeles, me dirá con satisfacción. No ocultará su enojo con las caravanas. Deberían cerrar las fronteras en Chiapas, para que esos centroamericanos no vengan más, nos arruinan nuestro trabajo, confesará con identidad oculta ante nuestras cámaras.

Justo después de entrevistarlo, tras despedirse, veré un tumulto de gente a centímetros de la valla. Bajaré corriendo, porque veré cómo uno de los que yo había visto en la playa del lado mexicano, estará corriendo ya por el lado estadounidense, por la arena. Un oficial de la Patrulla Fronteriza no necesitará ni sacar un arma para que el mexicano sepa que debe entregarse.

Eso es lo que hacen; una vez en Estados Unidos piden asilo. Si se comprueba que realmente son refugiados; es decir, que tienen algunas de las cinco causas reconocidas por Naciones Unidas para declararlos refugiados, podrán quedarse en territorio estadounidense; de lo contrario serán enviados a su país de origen o devueltos a Tijuana o Mexicali, las dos ciudades fronterizas del oeste mexicano.

En la media hora que estaré en Las Playas, después de la entrevista con el coyote, pasarán unas 25 personas por un hueco en la valla. Todas con el mismo procedimiento. Se escabullen por entre los barrotes, corren en la arena y lentamente un oficial de la Patrulla Fronteriza los encuentra y los lleva a la unidad móvil. Pensaré en ese momento que ojalá Ana y Rachel estuvieran allí para que ellas también pasaran.

Yazmine, Ana y Rachel caminan por Las Playas durante una de las entrevistas. Foto: Fernando Francia.

Yazmine, Ana y Rachel caminan por Las Playas durante una de las entrevistas. Foto: Fernando Francia.

 

Ese mismo día, domingo, unas horas antes del episodio de Las Playas, habremos ido con Ana y Rachel al paso fronterizo El Chaparral, en Tijuana. Allí un grupo organizado tiene un puesto en el que reparten números. A Ana le tocará el 712. Cada número se lo dan a 10 personas, que esperarán cita para ir a entrevista con autoridades migratorias estadounidenses y estas decidirán si comienzan el proceso de asilo o no. Las organizaciones solidarias con la caravana le exigen al gobierno de Estados Unidos que pase de 50 en 50 en vez de las 10 personas diarias, o a veces cinco, que pasan a esa cita.

Aunque Ana estará pensando en tirarse uno de los próximos días, irá a tomar el número por si no lo logra. Quizás en dos meses pueda tener esa cita y pasar sin el peligro de saltar el muro en la noche.

Antes de ir a El Chaparral a buscar ese número, Ana desayunará huevos rancheros, tortillas, café y jugo de naranja. Lo hará en el restaurante del hotel donde mi equipo y yo hemos desayunado cada día. Allí amanecerá por invitación mía.

Poco a poco me iré involucrando más y más con esta mujer joven y fuerte, que ha pasado tantas experiencias duras en su vida. Ella desayunará conmigo porque la noche anterior la invitaré a dormir en el hotel cinco estrellas donde estoy. Desde hace varios días que siento una fuerte culpa por estar cómoda, con baño diario de agua caliente y hasta masajes, y todas esas personas durmiendo en la calle, en el piso con frío y con hambre.

Primero iremos a cenar. ¿Que te gustaría comer?, le preguntaré. Lo que sea, me dirá sin pretensiones de exigir un menú. Después de tratar de forzarla a una elección, pedirá pollo asado. Iremos a un restaurante con mesas y manteles. Pediremos mucha comida, quizás demasiada, y cuando lleguen los platos Ana pondrá cara de tristeza.

– Pienso en todos mis compañeros que hoy no sé si podrán comer

– No te pongas triste -le dirá uno de los periodistas que nos acompañan en el equipo de grabación del documental-. Hoy te toca a vos, mañana a otros, así es esto.

Mi compañero tratará de consolarla por la “suerte” de haberme dado declaraciones hace unos días allá en Mexicali.

Sobrará comida y por supuesto que la empacaremos para llevar. Botar cualquier poquito de alimento sería un sacrilegio en ese momento.

Un periodista amigo le hablará en la cena del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), aunque ella no sabe qué es. Le dará unos teléfonos a donde llamar. Personal de ACNUR se encuentra en Guatemala y Chiapas, pero no hemos visto a ninguno aquí en Tijuana. Su mandato es proteger a los refugiados, pero recibe la mayor parte de los fondos de Estados Unidos. ACNUR está activo en Centroamérica y el sur de México intentando brindar asilo en esos países a los refugiados. Lo que logran finalmente, intencional o no, es filtrar a los refugiados antes de llegar a Estados Unidos.

Antes de la cena le diré a Ana si quiere venir al hotel. Le diré que una noche bien dormida en un buen colchón con una buena ducha le hará bien para enfrentar lo que venga. Aceptarágustosa, aunque con timidez. Continuará un poco abrumada por la suerte que dirá tener y no dejará de agradecer.

Cuando lleguemos a la habitación hablará todo el tiempo por teléfono. Dejará a la niña dormida en el medio de la cama inmensa y se meterá en el baño a conversar bajito. Sin duda está nerviosa por lo que pueda pasarle si se tira. No sabe muy bien qué le espera. Además de hablar por teléfono estará un buen rato en la ducha. Yo oigo desde afuera la ducha correr, la imagino solo recibiendo el masaje del agua caliente en su cuerpo.

El primero de diciembre asumirá Andrés Manuel López Obrador. Por primera vez en más de un siglo de historia mexicana alguien que no es del Partido Revolucionario Institucional, con más de 90 años en el poder,o del Partido Acción Nacional, con un par de sexenios en gobierno, ambos de derecha neoliberal, administrará el país. El que asumirá la presidencia ha dicho que desea un trato humano a los migrantes, que les facilitará su tránsito por México, pero no puede decir que facilitará su acceso a Estados Unidos porque como país vecino depende mucho del país del norte.

López Obrador da su primer discurso como presidente de México. En el albergue nadie está mirando. Foto: Fernando Francia.

López Obrador da su primer discurso como presidente de México. En el albergue nadie está mirando. Foto: Fernando Francia.

 

A los miles de migrantes parece no interesarles ese cambio histórico. Aunque en su mayoría tienen acceso a redes sociales, siguen inmersos en su realidad local, o en la de sus países de origen, o la nueva realidad construida alrededor de las caravanas.

A Ana ese cambio en el poder político de México también la tiene sin cuidado. Ha escuchado que es un presidente bueno, eso le han contado, pero no sabe qué implicaciones tiene para las personas migrantes o refugiadas que transitan el territorio mexicano. Ella no se interesa mucho por la política local, total, está de paso.

Apenas unos minutos después de que López Obrador dé su discurso inaugural, al mediodía del sábado primero de diciembre, iremos a buscar a Ana para ir a ver los lugares donde pretende pasar, quiere imaginarse al otro lado en el propio lugar donde se tiraría.

Pasaremos por Las Playas, donde al día siguiente lograrán pasar 25 migrantes y refugiados, pero ella no lo sabrá aún. Este sábado, que iremos con Ana y Rachel;la marea estará alta y el espacio entre barrotes, más un corte en la malla, que hace posible que las personas pasen, no estará visible. Ana se lamentará pues parece imposible de franquear; tenía esperanza porque algunos allegados le habían dicho que por ahí era una posibilidad.

– Si estuviera el hueco ahí, yo me tiraba de una vez, ahora. Dirá Ana.

Después de Las Playas pasaremos por otro posible lugar, donde la valla no es tan alta. Suele tener unos tres metros en todo el perímetro de Tijuana, pero en ciertas partes es más bajo. Además, hay un espacio en construcción y hay un tubo de desagüe, que muchas veces está seco, y mucha gente logra pasar. El tubo tiene un diámetro por donde cabe una persona agachada: es de unos 200 metros y va a dar más allá del perímetro de la valla, peroes muy peligroso.Es uno de los lugares más apetecidos por coyotes, por lo tanto, allí se concentran muchos grupos del crimen organizado.

De camino a Las Playas Ana habrá visto que pasamos por una zona que parecía fácil de saltar. Es justamente cerca del tubo de desagüe. Ana querrá ir hasta allí para inspeccionar el lugar.

Por estos muros han pasado miles de personas arriesgando sus vidas. Toda la frontera citadina de Tijuana cuenta con la valla de barrotes de acero que permite apenas ver al otro lado. En los pasos fronterizos para automóviles, miles de vehículos pasan a diario. Justo este lugar donde para Ana está negado el paso, es la frontera más transitada del mundo.

La frontera no está amurallada; ese es el plan de Donald Trump, construir un muro que detenga a quienes quieren cruzar sin papeles. En las zonas urbanas la valla es alta, pero en las zonas desérticas apenas hay unas cruces hechas con columnas de metal de cerca de un metro donde podría cruzarse sin ni siquiera saltar. Pero allí las condiciones del clima podrían matarte. Un calor de 40 grados o más en el día y un frío de menos 10 de noche. Además, la zona está dominada por los carteles de coyotes y  de la droga. Nadie ni siquiera lo intenta allí.

Tijuana es una ciudad de tres millones de habitantes. La señalética de tránsito está escrita en inglés y en español. El paso entre San Diego y Tijuana, ciudades divididas por la frontera, es permanente. Miles de personas van de un lado a otro con visa. Muchos estadounidenses vienen a Tijuana porque todo es más barato. Se aprovechan de la necesidad de miles de migrantes internos mexicanos.

Tijuana es conocida como el playground de San Diego. Playground es parque de diversiones y se refiere a que el centro de Tijuana tiene calles exclusivamente dedicadas a apuestas, discotecas y prostitución. El comercio sexual no es legal, pero es permitido a vista y paciencia de la policía.

En Tijuana las caravanas humanas no son nuevas. Desde hace muchos años se juntan en esta ciudad quienes quieren cruzar hacia Estados Unidos. Oleadas de personas de origen chino, haitiano, centroamericano y mexicano llegan hasta aquí y muchas se quedan.

Miles cruzan la frontera diariamente, tanto mexicanos como estadounidenses. Foto: Fernando Francia.

Miles cruzan la frontera diariamente, tanto mexicanos como estadounidenses. Foto: Fernando Francia.

 

Una ola de miles de haitianos llegó a esta ciudad en 2016y un buen número no pudo pasar a Estados Unidos. Muy distinto trato tuvo el grupo de cubanos que hace unos años transitaron por Centroamérica y México y que sí fueron bienvenidos a cruzar la frontera gracias a la política estadounidense de invitación tácita de isleños como una forma de incidencia política ante el gobierno de La Habana. Antes habían llegado chinos y siempre mexicanos de otros estados.

Ahora en Tijuana hay más de seis mil centroamericanos en albergues donde las condiciones comienzan a ser cada vez más difíciles. Se propagan enfermedades y las pocas duchas por género son insuficientes para la adecuada higiene. Esta última semana llovió y todo se volvió peor.

Muchos de la caravana pensaron en devolverse. Han recorrido más de siete mil kilómetros para llegar a estar tan cerca de Estados Unidos, pero no pueden más. Ya no aguantan el día a día que se torna cada vez más difícil. Allí hay personal de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) que ayudan a muchos hondureños a devolverse, incluso les pagan pasaje en avión directamente a Tegucigalpa. Una fila importante, frente al albergue, se formó para anotarse en las listas de la OIM.

Ana no puede y no quiere volver. Dice que corre riesgo de muerte en San Pedro Sula. Muchas personas, en las mismas condiciones queAna, pedirán asilo en México si no logran entrar a Estados Unidos.

El viernes 30 de noviembre Ana no sabrá si tirarse por la frontera o quedarse en Tijuana por, al menos, dos meses. No sabrá aún qué hacer. Estará pensando en alquilar un apartamento entre varios, trabajar y juntar dinero y esperar mejores condiciones para pasar. Quizás con el número que le darán algunos días después.

Ha oído todo tipo de historias. Su novio, por ejemplo, ha pasado tres veces la frontera. Una vez en el tren La Bestia.

– Uno se amarra al techo del tren, se coloca unas bolsas plásticas para protegerse y ahí viaja tres días. Sin comer, sin tomar agua, sin dignidad, sin nada. Yo ya lo hice, y no lo volvería a hacer. Prefiero así, con caravanas, tratando de que la gente nos ayude, me dirá Edwin.

Otro de sus amigos me contará que a él lo deportaron. Lo encontraron en Los Ángeles y lo enviaron a Mexicali. Allí hay un albergue que se especializa en quienes vienen en camino contrario, de regreso. Muchos de ellos volverán a intentar cruzar tras una temporada en ese espacio de seguridad.

Hoy es jueves 29 de noviembre. Yo estoy jugando con Rachel mientras Ana se maquilla y se prepara para una entrevista conmigo. Desde hace tres años Rachel está en todo momento con Ana, desde hace apenas unas horas me conoce a mí y ya parecemos íntimas amigas.

En este momento yo no sé lo que irá a pasar con Ana y Rachel. Me cuenta en la entrevista que lo han intentado todo en Honduras, pero simplemente no se puede vivir allí.

Las políticas neoliberales se han recrudecido desde el golpe de Estado de 2009 en el que las fuerzas armadas y sectores conservadores quitaron de la presidencia a José Manuel Zelaya Rosales.

Las últimas elecciones, cuentan casi todos los que vienen en la caravana, fueron fraudulentas y la represión ante las protestas populares no aparecieron en todos los medios del mundo, estaban ocupados mostrando la represión en otros países de la región.

Además de la crisis económica, cada vez más aguda, la violencia generalizada cada vez más cruda. Desde el golpe la persecución se da también con activistas sociales, periodistas, integrantes de la población de la diversidad sexual, sindicalistas y todo tipo de personas disconformes con la realidad que vive el país.

Las duchas no son suficientes. Mientras se duchan pueden ver la valla que los separa de Estados Unidos. Foto: Fernando Francia.

Las duchas no son suficientes. Mientras se duchan pueden ver la valla que los separa de Estados Unidos. Foto: Fernando Francia.

 

Ana estaba en la escuela cuando se dio el golpe de Estado en 2009. Con 10 años no entendía mucho de política, pero fue viendo cómo el país se hacía cada vez más difícil de habitar.

A los 12 años ella se tuvo que ir de la casa: el novio de su madre abusaba de ella. Le contó a la mamá, pero no le creyó. Más bien la madre pensó que la niña le estaba intentando quitar el novio.

– Me corrió de la casa, viví en la calle desde los 12 años. Dios me puso desafíos muy grandes. Pasé momentos de mucho miedo, hambre, frío y muchas necesidades.

A los quince conocí a un muchacho, salimos un tiempo y nos fuimos a vivir juntos. Yo planificaba, pero un día, en vez de colocarme la inyección para no quedar embarazada, se ve que me pusieron otra cosa. Él siempre iba conmigo a la farmacia y pagaba esa inyección. Esa vez me engañó. Quedé embarazada y se vino otro infierno para mí.

Mientras Ana vivía su tormento, el país multiplicaba sus índices negativos en todos los campos y otros miles también sufrían el hambre y la miseria. Aunque la migración hondureña y centroamericana no es nueva, no tardó mucho tiempo en organizarse en caravanas. Querían protegerse en el camino y presionar a Estados Unidos a recibirlos si llegaban en masa. Pero no sucedió así.

La noche del martes, luego de haber transitado más de siete mil kilómetros, luego de haber pasado hambre y frío en decenas de pueblos y ciudades mexicanas, luego de haber dormido en el piso junto a su niña, luego de viajar en las partes traseras de camiones y remolques, luego de haber comido lo mínimo durante días, luego de que se inundara y se mojaran todas sus pertenencias, luego de haberse instalado en una tienda de acampar en la calle, luego de pensarlo mucho, supo que era el momento.

– ¡Cruzá, cruzá! Dale, amor, tranquila, dale de un solo. ¡Dale, Dale!- le dirá Edwin.

– No puedo. ¡Es que no puedo! –le contestará desde abajo Ana.

Entre varios la empujarán, la levantarán y le ayudarán a subir la valla. No es tan alta. Ella la conoce porque unos días antes había ido a verla. Será de noche. Rachel,desde abajo,con sus ojos bien abiertos pero callada,mirará cómo su mamá se aleja.

Yo, con una lágrima recorriendo mi mejilla, pensaré en que, al menos, pude ayudar a una niña y su madre, casi una niña también, a cumplir un sueño.

Ella logrará saltar finalmente. Desaparecerá de mi vista. La seguiré escuchando, pedirá por Rachel. La pequeña niña, flaquita, casi volará por la valla. Oiré a Ana hablarle con cariño.

– Ya estamos, mi baby, ya estamos.

Rachel llorará, creerá que de ese lado ya se puede hacer ruido.

– Shhh –hay que seguir en silencio.

Veré el resplandor de una patrulla acercarse, el ruido de las radios de comunicación. El sonido metálico casi no humano de las voces que emanan de los aparatos de los patrulleros.

Ana y Rachel buscarán una vida mejor en Estados Unidos, pedirán asilo, pasarán por todo un proceso en un centro de detención durante una semana. Las autoridades deberán analizar su caso.

Durante esa semana no sabré qué pasó con ellas. En ese momento no sabré si las enviaron de regreso, si separaron a Ana de Rachel, si están detenidas, si comieron, si tienen frio, si tienen teléfono, si tienen el dinero que yo había colectado para ellas.

Sí sabré que varios miles de centroamericanos, igual que Ana y Rachel, no podrán pasar hacia Estados Unidos, que quedarán en el camino, que se devolverán desesperanzados, que buscarán refugio en México, que intentarán cruzar al norte, pero serán devueltos, que serán deportados o que serán, algunos, asesinados o muertos en algún accidente. Más bien, tendré la certeza, que el caso de Ana y Rachel no es el más común, aunque alguna gente lo logra y por eso lo siguen intentando tantos.

Ana y Rachel aún no saben qué será de su futuro, sueñan con estar del otro lado de la valla. Foto: Fernando Francia.

Ana y Rachel aún no saben qué será de su futuro, sueñan con estar del otro lado de la valla. Foto: Fernando Francia.

 

Una semana después sonará mi teléfono. Yo ya estaré en El Cairo, esperando mi próxima misión de periodista internacional. Sonará el teléfono como suena a cada rato, pero esta vez dirá “+1(609): ola”. Mi corazón se acelerará y sabré que es ella y que está bien, que está en Nueva Jersey, que espera una pronta fecha donde tendrá una audiencia con autoridades para resolver su solicitud de asilo.

Me dirá que pasó hambre, que estuvo detenida una semana, que solo comía burritos de frijoles, que tenía frío. Pero que tuvo suerte, porque que nunca la alejaron de su hija y que finalmente le dijeron que podía transitar por territorio estadounidense y que pronto la llamarían.

Anallegará a destino. No lo sabía en los varios momentos que conversó conmigo, pero será una de las afortunadas de este viaje de miles de personas. Miles de personas que sufren, mueren, son detenidas, son devueltas, son violadas o abusadas o simplemente son de las que no tienen suerte en esta vida y son condenadas a una vida de miseria.

“+1(609): estoy bien, ya conseguí trabajo. muchas grasias por todo”, dirá un nuevo mensaje de WhatsApp de ese número que sé que es de Estados Unidos y que sé que es de Ana y me confirma que por ahora sigue transitando hacia alcanzar su sueño de vivir mejor, en paz y sin persecuciones.

*Fernando Francia es un periodista uruguayo nacido en 1973, vive en Costa Rica desde 1997. Ha colaborado con numerosos medios de prensa, radio y televisión en varios países de América Latina. Es estudiante avanzado en la Universidad Federada San Judas Tadeo, Facultad de Periodismo. Además de periodista, se desempeña como diseñador gráfico y productor audiovisual y tiene vasta experiencia en comunicación política y de movimientos sociales en Costa Rica. Desde niño soñó con ser periodista, pero lo practica remunerado apenas desde 2007. Se ha desempeñado como comunicador en otras áreas con partidos políticos, sindicatos, organizaciones y movimientos sociales desde 1987 a sus 14 años.