Hombres, es hora de que lloremos

El Periódico 4 Ojos es un espacio en el que se publican los mejores trabajos de los diferentes cursos de la carrera. Siempre nos congratula ver cómo los estudiantes que están empezando a utilizar sus primeras armas, logran trabajos destacados. Por eso, como profesor del curso Géneros de Opinión, es una alegría presentar esta columna realizada por el estudiante Manuel Robles en la que se aborda, desde un punto de vista crítico, el tema recurrente del machismo. Es un acercamiento polémico que nos invita a reflexionar sobre nuestras acciones. Al igual que Manuel, los invito a leerlo y a ejercer el criterio.

Magíster Óscar Ureña García, profesor de Géneros de Opinión.

Por Manuel Robles

No llorar, ser el más fuerte, el más rápido, amar el fútbol, ser el más ligador, objetivizar el cuerpo de la mujer, tomar cerveza, ver lo femenino o lo homosexual como un insulto, tener carro (manual obviamente, el automático es de “güilas”), tener empleo, haber estado con varias sino muchas mujeres antes de casarse, no cuidarse la piel, no comer sano, ser el protector, el macho más macho entre todos, alta competencia, retos que prueben nuestra hombría y, sobretodo, no demostrar ningún tipo de vulnerabilidad. Esto y mucho más forma parte de una extensa lista que desde niños se nos enseña para ser un “verdadero hombre”. La deconstrucción de este conjunto de actitudes y valores que le asignamos a la masculinidad tradicional es necesaria para cambiar radicalmente la desigualdad de género en todas sus formas.

La masculinidad tóxica nos está matando en forma de suicidio: riñas sin sentido y en pruebas de nuestro valor. Son las mujeres las que reciben la peor parte con la violencia psicológica y física, cuya máxima expresión es el feminicidio. Según datos del Observatorio de Género del Poder Judicial, el año pasado hubo 24 feminicidios a nivel nacional. Mujeres que murieron en manos de hombres que no supieron cómo lidiar con sus emociones, quisieron tener control y dominio sobre sus cuerpos, poseerlas como si fueran un objeto. Hombres que encontraron en la violencia su única válvula de escape.

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Imagen tomada de www.codajic.org

Desde la infancia se nos enseña la clásica frase machista de nuestros abuelos:“los hombres no lloran”.Pero ¿cómo se puede desarrollar plenamente un ser humano al que se le restringe una forma natural de mostrar sus emociones? En la adolescencia la situación empeora, la competencia se vuelve más dura y el que no siga las reglas de la masculinidad tóxica es “playo, loca o maricón”. ¿Cuántos no hemos sido víctimas de este mismo sistema o lo hemos perpetuado con tal de ser aceptados por otros hombres? Para muchos este proceso de mutilación emocional se traduce en serios problemas para expresar sus sentimientos en la adultez, limita nuestras relaciones interpersonales, las decisiones profesionales y hasta en cómo vivimos nuestra vida en función de probar constantemente nuestra hombría.

De acuerdo con datos del Poder Judicial, entre el periodo 2013-2017, la tasa de suicidios en hombres fue de 11,5 por cada 100 mil habitantes. En mujeres ese número fue de 2,2. Además, un 95% de la población carcelaria del país son hombres. Las cifras también son altas en el abuso de drogas y alcohol, mueren más en accidentes de tránsito y tienen índices de depresión más altos al estar desempleados. Estas son claras evidencias de los problemas a los que los hombres se enfrentan por vivir en una sociedad en la que no se les permite aprender a lidiar de una forma sana con sus emociones.

Según los ideales machistas, un hombre vale por lo que tiene: un carro, una casa, mujeres, empleo y dinero. Así le demostramos al mundo nuestra masculinidad hegemónica: cuando tenemos posesión de todo a nuestro alrededor y, claro, cuando un hombre no logra estos estándares caemos en depresión y utilizamos la violencia como única respuesta a lo que sentimos.

En el colegio yo me burlé de mis compañeros que mostraban algún tipo de “debilidad”, utilicé lo femenino como un insulto, fui homofóbico, contuve mis emociones para no mostrar vulnerabilidad y, a la vez, fui cómplice al permitir comportamientos machistas de mis compañeros como actitudes misóginas, chistes en los que se burlaban de la mujer y en la normalización del acoso.

Cada uno de nosotros debe mirar hacia atrás y hacer un recuento de todas las veces en las que permitimos que la masculinidad tóxica se fortaleciera con el fin de hacer consciencia y dar paso a una deconstrucción personal. Lo que creíamos que estaba bien no era así, nunca lo fue. Hay que cambiar, por ellas, por nosotros y por los que vienen para que no tengan que sufrir lo mismo.