Homenaje a Mayteé Chinchilla Godínez

Cruce de caminos

Mayteé Chinchilla

Somos, en gran medida, lenguaje. Las palabras que dejamos, cuando partimos físicamente, forman parte del imaginario y de las emociones de quienes nos recuerdan.

Mayteé Chinchilla, la autora de la crónica que leerán a continuación, falleció el pasado miércoles. Pero no se ha ido en realidad, porque las palabras han tendido “puentes como liebres” hasta la vivencia personal que ella quiso dejar plasmada.

A veces nos cuesta creer en nosotros mismos. En el momento de medir la capacidad de cada uno a veces por pereza, a veces porque no vemos con claridad, nos contentamos con nuestras pequeñeces.  ¿Se imaginan entonces cómo hacen para crecer los que, por razones de estatura física, son objeto de burla desde niños y transitan un largo camino de exclusiones? Pareciera que, para ellos, no hay ninguna posibilidad.  Sin embargo,  Mayteé, con su insistencia y persistencia, ha demostrado  lo contrario. Ella, aunque la talla de su cuerpo era considerablemente inferior a la común, se volvió una experta en esto de crecer.

Cuando entró a la carrera de Periodismo de nuestra universidad, para cursar el bachillerato y luego la licenciatura en Comunicación de Masas, tuvo que vencer los obstáculos de una formación anterior deficiente. Por tal razón,  el profesor de Laboratorio 1 le dijo: “Mayteé, tienes serios problemas de redacción. Veo difícil que apruebes el curso. Pero si tú estás dispuesta a ayudarte, yo también estoy dispuesto a ayudarte”.  Y bien, para lograrlo, tuvo que repetir muchas veces un mismo trabajo. Hasta 17 veces. Así fue creciendo. Así, poco a poco, fue mejorando la estructura y calidad de lo que hacía.

Y cuando llegó momento de la presentación del trabajo final decidió saldar una vieja cuenta consigo misma. Escribió “Cruce de caminos”, una crónica en la que narra dos historias: la de ella y la de un enano que trabajaba como payaso en un circo mexicano que, por esos días del año 2000, ofrecía funciones en nuestro país. Pero no vamos a contar la historia. Lo cierto es que cuando a Mayteé le tocó su turno de lectura, se hizo un gran silencio. Todos estaban expectantes. Y cuando terminó aquellas cuartillas, sucedió lo extraordinario: todos sus compañeros se levantaron de sus asientos y empezaron a aplaudirla. Era el aplauso al mejor trabajo. Ella, nerviosa, no sabía si sonreír o si secar de soslayo unas lágrimas. No sabía cómo comportarse ante tal reconocimiento.

“Yo ya crecí: soy una periodista”, dice en su crónica. Sí, Mayteé, creciste. En el 2001, egresaste de la Universidad Federada San Judas Tadeo con el grado de Licenciada en Comunicación de Masas. Y desde hace más de 18 años ocupaste un lugar destacado como periodista de la sección de Aduanas del Ministerio de Hacienda. Por eso, como homenaje, 4 OjOs ha querido publicar tu crónica, para que los nuevos estudiantes puedan sumarse al eco de aquel lejano aplauso que todavía resuena en nuestra universidad, en tu universidad.

Aquí está tu inolvidable “Cruce de caminos”.

Estoy bajo la carpa del circo, sentada en un tablado de madera. Está por comenzar la función. Todos esperamos expectantes. De pronto, se escucha un sonido alegre de tambores y pitoretas. Los niños del público dan un grito de júbilo. Yo miro arriba: la carpa se llena de globos de colores. Se oye entonces otro grito de alegría de los niños. Aparece en el redondel un hombre regordete, de traje negro, que anuncia: “Damas y caballeros, niños y niñas, el circo de los Hermanos Suárez se complace en presentarles…” Y se abre un telón rojo. Por la abertura salen, en fila, sonrientes: trapecistas, malabaristas, domadores, una banda de música que toca música estridente, y, cerrando el “opulento” desfile, tres payasos que caminan en orden de tamaño: el primero es enorme, un gigante; el que le sigue, es de estatura normal; y, el último, el que cierra, es un enano.

Sí, un enano. Una de las bolas de colores cae a tu lado. Ahí te das cuenta de cuán pequeñito eres, Pedro: la bola es casi más grande que tú. Por eso, después que termina la presentación, te sientas frente al espejo de tu camerino. Miras tu rostro alargado por la tristeza. No te soportas. Pero sigues mirando fijo. Te ves de niño en el pueblito mexicano de Aguascalientes. Esa imagen en el orfanato, te persigue. Nunca tuviste amigos. Cuando intentabas acercarte a cualquier niño con tu juguete, para romper tu soledad y divertirte como los demás,  la respuesta era siempre: “Pedrín, déjeme tranquilo, yo no juego con recién nacidos”. Y lo peor: la risa. Se reían, se reían. No te quedaba más remedio que alejarte con tu juguete, un carrito hecho con una lata de atún. “¿Me dejan jugar?”, insistías con otro grupo que tenía una bola. “No, eres muy pequeño”. Y, a continuación, la burla despiadada: “Te dejamos jugar si nos sirves de mono o si haces de payaso”. Y ahí, con el sonar de las carcajadas, vuelves a tu imagen en el espejo.

Cuando me imagino a Pedro mirándose en el espejo, yo también me veo en un rincón de uno de los pasillos del liceo de Desamparados. Trato de evitar que me descubran. No quiero que se burlen de mí. Contemplo a las otras muchachas, altas, que en el recreo se pasean alegres. Se divierten con lo que sea, o con quien sea: “Miren a ésta: le faltó levadura para crecer. Mae, usted se equivocó de lugar, el kinder está en otro lado”.

En ese momento el trapecista comienza la función. Camina por la cuerda floja. Luego sigue el turno al domador de leones. Al final, vienen los payasos. Los dos grandes toman por los brazos a Pedro y lo colocan sobre una bola gigante de colores. Da pena verlo así, tan pequeñito. Pero más pena da cuando hacen rodar la bola para que caiga, al tiempo que suenan un montón de bombas y pitos. Grandes y chicos ríen, menos yo y un niño que, cerca de mí, pregunta preocupado: “Mamá, ¿si yo no crezco también voy a ser payaso?”

Me digo: “Pero yo ya crecí: soy una periodista”. Y me devuelvo al momento en que decidí venir al circo, cámara al cuello, grabadora en mano y mi cabeza en blanco. No había ideas. No tenía ideas. ¿Qué se le puede preguntar a un enano que no suene trillado? Me senté en el sofá viejo de la recepción a esperar un chispazo. “Mayteé, tú eres masoquista”, me dije. Pero de nada sirvió. Ya no se podía dar marcha atrás. Tomé una revista que había sobre la mesita. Repasé con desgano sus páginas. Un artículo atrajo mi atención. Leí: “El 20 % de los minusválidos son personas que sufren de enanismo”. Me molestó lo que decía. “Yo no soy una minusválida”. Paré. No leí más. No hacía falta. Ya sabía lo que le iba a preguntar a Pedro.

¿Pedrín, en verdad te sientes minusválido? ¿La vida, en verdad, era demasiado para tu tamaño? Lo cierto fue que te escapaste del orfanato por la parte de atrás, donde el viejo muro, a punto de caerse, tenía un hueco, ¿te acuerdas? Un niño normal no pasaba, pero tú, Pedrín, cabías. Por esa vez tuviste una ventaja. Después vino un camino polvoriento, y más después, un pueblo. Eran casas hechas de barro y caña, pintadas con cal. Parecían faroles colgando de la montaña rocosa.

El artículo de la revista me llevó de nuevo al liceo. “Las calificaciones son buenas”, dijo la profesora guía a mi mamá, “pero debe mejorar la relación con sus compañeros. Se pelea con ellos porque le hacen bromas”. Me volqué en llanto, más de impotencia y enojo, que de dolor. Me paré de un salto, como sin  con ello fuese a crecer: “A ellos es a quien no les gusta relacionarse conmigo. Me ven como un bicho extraño. Me molestan”, le aseguré a la profesora que, por primera vez, miró hacia abajo, para verme.

En el pueblo, Pedro, te topaste con una gran carpa, ¿recuerdas? Pero no te acercaste por curiosidad, sino por hambre.  Las tripas te sonaban. Un hombre “alto”, que para ti era casi un gigante, miró hacia abajo para verte. Sí, apenas le llegabas a la rodilla. Era Francisco Suárez, el dueño del circo. Le pediste comida y te ofreció trabajo. “Por tu tamaño, a lo mejor haces reír a la gente. Por tu tamaño, a lo mejor puedes ser payaso”.

En el liceo me cansaba de estar siempre por debajo de los demás. Yo me esforzaba y los profesores trataban de ayudarme. Yo quería sacarle provecho a la ayuda de mis profesores. No sé si lo harían por compasión o lástima, pero yo me valía de ellos para ser de las mejores en el colegio. Era mi única oportunidad de crecer. Así entré al concurso Antorcha, en Estudios Sociales. Participé en obras de teatro y escribí mis primeras cosas en el periódico del colegio. Así logré formar parte del cuadro de honor.

Cuando no haces de payaso, Pedro, hablas con los animales. Eso te hace sentir bien. Si pudieras les leerías Los viajes de Gulliver o El cartero trae el domingo. O mejor, si pudieras, les escribirías tus propios cuentos. Lo malo, Pedro, es que en el orfanato no aprendiste a leer ni a escribir. Ahora sólo hablas con las focas. Al elefante, que dicen que tiene mucha memoria, le cuentas tus sueños, tus tristezas. Ellos te escuchan, no se burlan de ti. Los animales no se burlan de la gente. Te aceptan tal y como eres. Son tus únicos amigos.

El tablado frío y una pausa en la función hacen que vuelva a la primera vez que fui a pedir trabajo en un periódico. “Está todo en orden. Su curriculum es bueno, pero el trabajo que usted pretende como reportera es duro. Es para alguien con estatura”, me dijo el director solapando una broma. “Lo sé, señor. Estoy completamente segura de que es para alguien con estatura”, le contesté secamente, sin intención de congraciarme.

La función termina. Se oyen las pitoretas, los globos que estallan, la música estridente de la banda y los altoparlantes, que anuncian: “Damas y caballeros, niñas y niños, el circo de los Hermanos Suárez les agradece su compañía. Los esperamos nuevamente para otra función…”

Bajo del tablado de prisa y cruzo el redondel. Por un segundo puedo escuchar los gritos de la multitud que ríe del payaso. Me entra un frío. Lo siento en la sangre… Veo todavía a Pedro, que lo tiran como si fuera una pelota,  y me digo, bajito: “Pude ser yo… El payaso pude ser yo”. Y recordé una vez más lo días del liceo.

El guarda me lleva a un viejo camión que sirve de oficina al circo. “Espere aquí, ya le traigo a Pedrito”. Espero de pie junto a la puerta. Al momento, aparece una figura de medio metro, que me hace sentir grande. Aunque me mira cordialmente, lo hace con cierta desconfianza. No me relaciona,  es evidente, con la periodista que él busca. “¿Ha  visto a una periodista? Me dijeron que me quiere entrevistar”. Entonces se fija en mi estatura. “¿Usted espera a  don Francisco? Lamento decirle que aquí no hay trabajo. Los payasos estamos completos”.

Entonces, como si estuviera saldando una vieja cuenta, extiendo mi mano y me presento: “No, Pedro, soy Mayteé Chinchilla. Yo soy la periodista que te quiere entrevistar”.