El taller de la crónica de Froilán Escobar en Panamá: la magia de un nuevo periodismo

 

 

El periodista y escritor Froilán Escobar ha enseñado la crónica en profundidad durante más de 20 años, con lo que ha conseguido impulsar el auge del género en Costa Rica.

El periodista y escritor Froilán Escobar ha enseñado la crónica en profundidad durante más de 20 años, con lo que ha conseguido impulsar el auge del género en Costa Rica. Foto cortesía de la Universidad Autónoma de Chiriquí.

 

Por Andrey Araya Rojas

 

Lo ven ahí de pie, pero andando, como una paradoja vallejiana. Lo ven moviendo profusamente los brazos, porque pareciera que las palabras le salieran de los dedos. Lo ven batiendo descubrimientos sobre cómo contar una historia, acerca de cómo arrojar sus miradas sobre el mare nostrum confuso y espeso de la realidad y sus contradicciones.

Su nombre es Froilán Escobar. Quizás los jóvenes que tiene al frente saben poco de él: que es un cubano costarricense, que llegó desde Costa Rica hasta Panamá para enseñarles lo que para ellos será una nueva manera de hacer periodismo. Ellos son unos 20 estudiantes de las Universidades de Don Bosco de El Salvador, la Universidad de Panamá y la Universidad Autónoma de Chiriquí (UNACHI).

Por ponerlo protocolariamente, podemos decir que ellos están ahí porque el magíster Froilán, decano de la facultad de Periodismo y Comunicación de la San Judas, fue invitado por la organización del IV Congreso Centroamericano de Comunicación, para impartir un taller sobre la crónica en profundidad, ese híbrido entre literatura y periodismo que consolidaron los escritores modernistas  latinoamericanos a finales del Siglo XIX.

Pero para ponerlo menos protocolariamente, están ahí para aprender a decir lo no dicho y de maneras no dichas.

Quizás no tienen conciencia de ello, pero ahí, en esa aula de paredes verde agua, donde escuchan a este profesor que les dice que la poesía también sirve para hacer periodismo, ahora son parte de una ola creativa cuyo epicentro está aquí, en Costa Rica, donde probablemente usted lee estas líneas, y que ya se ha expandido hacia otros países.

Yo lo recuerdo –y el lector perdonará que me introduzca, que invada el texto de pronto, pero el decano y profesor de la San Judas me enseñó a romper moldes, vaya, a ser un tanto irrespetuoso– en aquellas recientes clases lejanas del 2012.

No lo sabía, pero en aquel curso de la Licenciatura en Comunicación de Masas, estaba recibiendo el “Método Escobar”, una manera de enseñar la crónica que este periodista y escritor comenzó a desarrollar durante los años 70 en su natal Cuba, cuando daba clases de periodismo en la Universidad de La Habana.

Froilán desmonta este género, lo desnuda y se los descubre a sus estudiantes. Desvela los mecanismos de la creación, las técnicas por medio de las cuales uno puede, como puntos de partida, llegar a contar una historia que se quede impresa en la mente de los lectores, quienes aún hoy, como desde tiempos anteriores a la escritura, siguen disfrutando de reunirse alrededor de la hoguera para que les cuenten historias.

Puedo verme ahí –y lo cuento así, en presente, porque no encuentro manera más cercana de escribirlo–, como están ahora esos jóvenes de El Salvador y de Panamá, aprendiendo que la crónica tiene un relato principal en el que se narra un conflicto, algo que le ocurre a alguien en alguna parte, que este constituye la columna vertebral de su estructura. Aprendiendo que se utilizan antecedentes e información de contexto para darle profundidad a la historia y demostrar que los hechos tienen sus causas y consecuencias, que nunca pasan de manera aislada, que la vida las complejiza hasta el filo de lo que la sociedad quiere olvidar.

Nos enseña también a posicionar el narrador en el texto. La sorpresa nos invade la mirada cuando nos muestra que no solo se puede contar una historia en tercera persona, como demanda el discurso del periodismo informativo. También se puede contar en segunda persona, para seguir los procesos de conciencia de los personajes; o como testigo de lo sucedido, para dar la fuerza del testimonio; o en primera protagonista, para colocarme en la piel del personaje y contar la historia como algo vivido, como si aquella experiencia hubiera pasado por mis zapatos.

Habla en tono alto, como buen cubano. Nos habla del tiempo en la crónica. Y aquí la mirada se abre aún más, como asomándose el ojo pineal, el que adivina la luz en la oscuridad. Y  uno descubre, ¡increíble!, que podemos colocar hoyos negros en el texto, y hacer que el tiempo retroceda para contar los antecedentes del hecho, pero que también podemos tirar de las bridas del reloj para arrojar el tiempo hacia adelante, para narrar cosas que sucederán después de que el relato principal termine, y que aun en futuro no dejan de ser pasado. ¡Vaya maravilloso enredo!

Para arrojar más claridades, nos hace analizar modelos. ¿Cómo han resuelto los maestros el problema de hacer una crónica? ¿Cómo manejan el tiempo? ¿Cómo citan las fuentes? ¿Qué hallazgos formales me pueden llenar la mente de ideas para atisbar mis propios hallazgos?

Y, entonces, ante nuestros dedos y ojos pasan los trabajos de Josefina Licitra, de Martín Caparrós, de Max Kramer, de Manuel Leguineche, Gabriel García Márquez, José Martí, entre muchos otros autores que nos descubre.

Entonces, sucede la creación. Porque el propósito de Froilán es que sus estudiantes se imbuyan del hacer, que este curso les deje huella y currículum. Y lo logra. Con su metodología, los estudiantes no solo pasamos un curso, sino que efectivamente producimos nuestras propias crónicas y, al hacerlo, hacemos nacer también nuestras propias miradas, nuestras propias maneras de contar. Les encontramos otras dimensiones a la realidad, le ponemos el plural a la verdad, porque no es una sola.

En otras partes de Latinoamérica se imparten talleres de la crónica, muchos de ellos dirigidos por autores cuyos trabajos son analizados en el curso de Froilán. Yo mismo escribí un artículo académico sobre ese tema años después de haber llevado sus clases, cuando me convertí en profesor. En los otros talleres se enseña el género de manera general, sin desmenuzar sus mecanismos técnicos y estilísticos.

Pero aquí, en Costa Rica, la historia ha sido otra. A lo largo de más de dos décadas, estudiantes y profesores de la San Judas no solo han realizado crónicas para el curso. De ahí han salido esfuerzos como los dedos de muchas manos abiertas, que se multiplican y abrazan y hacen y escriben y cuentan los sueños –a veces terribles– que pueblan nuestras realidades.

Ahí están los libros, tanto colectivos como individuales. Ahí están Historias de Vida; Aún somos cabécares; Don Pepe, crónicas al pie del hombre.

Está también Crónicas Latinoamericanas, periodismo al límite, en el que Escobar y Ernesto Rivera reunieron una colección de crónicas de escritores de este lado del mundo, desde los modernistas, como José Martí, Rubén Darío o César Vallejo, hasta otros grandes más contemporáneos: Martín Caparrós, Pedro Lemebel, Josefina Licitra o Juan Pablo Meneses.

Como agua de un lago agitada por una piedra, este último libro ha expandido sus ondas para publicarse en Venezuela y, prontamente, en España.

Ahí está también Ngäbe quiere decir persona, producido por estudiantes tanto de la San Judas como de la UNACHI. Porque ya antes Froilán Escobar había impartido este mismo taller a jóvenes estudiantes panameños de periodismo, varios de ellos pertenecientes a esa etnia indígena, en que ellos mismos contaran las historias de su propio pueblo, y que tanto como Froilán como Reisa Mirella Vega, vicedecana de la facultad de Comunicación Social de la UNACHI, presentaron en el marco del Congreso.

Reisa Mirella y Froilán Escobar presentaron el libro Ngäbe quiere decir persona en el marco del IV Congreso Centroamericano de Comunicación.

Reisa Mirella y Froilán Escobar presentaron el libro Ngäbe quiere decir persona en el marco del IV Congreso Centroamericano de Comunicación, organizado por la UNACHI.

 

Hay otros que desplegaron velas solos e hicieron sus propios libros de crónicas, como Otto Vargas, Fabián Meza, Bernardo Montes de Oca, Marlene Ramírez, entre otros.

Así que ahora, en Costa Rica, un país donde no tuvimos cronistas de Indias, contamos con una generación de jóvenes cronistas que están escribiendo nuestra historia contemporánea.

Froilán le habla de estos ejemplos a su joven auditorio en el Taller de Panamá. A él le gusta ver sus rostros llenos de caminos por transitar, porque lo suyo es el contagio. Parece que habla con todo su cuerpo, porque lo suyo es comunicar con todos los extremos del alma. Les muestra cómo contar una historia por escenas, de una manera casi cinematográfica, como si miráramos a través de aquella ventana indiscreta de Alfred Hitchcock.

Les enseña que la entrevista, en la crónica, no es un vaivén aséptico de preguntas y respuestas, sino un instrumento indagatorio que te permite apropiarse de una historia y recolectar detalles con los que podrás reconstruir lugares, acciones, gestos, todos esos matices que volcarás al texto para hacerlo semejante a la vida.

Entre esos estudiantes que ahora tiene enfrente, en Panamá, hay una muchacha no vidente, pero que está aprendiendo a ver con su olfato periodístico dobleces de la aconteceres que pasan inadvertidos a la vista de la gente.

Está también Rita Carrera, que encuentra en este género la manera de escapar a esa trampa de lo efímero en la que los periodistas caemos durante el juego diario y vertiginoso de la noticia.

“La crónica representa una acción creadora, ya que no sólo cuenta una historia sino que además busca generar cambios de actitud en los lectores, que mediante las experiencias de los protagonistas pueden comprender de manera profunda el sentir de quien escribe la historia y además identificarse plenamente con el o los protagonistas”, dirá.

Ahora Froilán Escobar sigue con su ola expansiva. Pronto irá a Colombia y a Bolivia, donde otras universidades lo han invitado a impartir su curso.

Seguirá hablando con el cuerpo. Seguirá contagiando a esas mentes jóvenes con las que tan fácilmente sabe conectar. Para muchos, descubrir la crónica será un motivo de alegría al enterarse de que el lenguaje es tan ancho como la imaginación te lo permita. Para otros, será el camino para realizarse en la creación.

Espero –y disculpen por meterme nuevamente en el texto– que para todos, como para mí, sea un viaje inolvidable, un arma contra el olvido al que nos somete lo cotidiano, un descubrimiento al otro lado del espejo, un volver a los orígenes, un estado permanente de tensión creadora. En fin, que sea herramienta y pretexto para atisbar tu historia en todas las historias.