Sueños de oscuridad

Crónica de Daniel Quesada Artavia, estudiante de la Licenciatura en Comunicación de Masas de nuestra Universidad.

Ahí estás en el aula, sentada, viendo acabarse la última clase del cuatrimestre. La ves como se ve al sol perderse entre las nubes, los árboles o el horizonte. Te invade ese sentimiento de nostalgia que solo se vive en ese instante, cuando un momento acaba e inicia otro, que por incierto, te hace pensar en los buenos ratos ya vividos. Eso que llaman Introducción a la información ya es historia para vos.


Sí, Sussy, tenés razón para estar feliz, por qué negarte esa oportunidad de reír, de disfrutar, de soñar a oscuras como lo hacés siempre. Si al fin y al cabo soñar no cuesta nada, y menos si no se necesita la luz, si no se necesita abrir los ojos. De todos modos, no te gusta  victimizarte. Y es cierto, tenés razón. “Soy alguien que hace las cosas bien o sino no hace nada”, esa frase que has dicho varias veces, te define, lo demostrás con pruebas.

Sussy Villareal Núñez, no sos una estudiante como todas, no sos una persona como todas, no ves la vida como todos. Es que no ves la vida. La sentís, con las manos, con la piel, con el alma, como se deben percibir las mejores sensaciones que se pueden vivir. Eso lo sabés, como también sabés que caminar por el mundo con tu inseparable delgado amigo por delante no es fácil; a veces sentís miedo, sentís tristeza, sentís frustración, no sos de piedra; tu vida no ha sido fácil. Cierto, siempre decís que nada es imposible, pero hacer lo posible es lo más complicado.

“Yo quería terminar el curso con un 100, pero un 92 no es del todo malo”, pensás en medio de la clase. Sussy, no seas tan dura, muchos con mejores oportunidades que vos pasan los cursos con la calificación mínima, otros no los pasan, ni los ven pasar. Vos sí los ves, eso y mucho más. Luego de un año de estar en la San Judas, absorbés como por arte de magia ese conocimiento que te llega en forma de voces, humanas o electrónicas.

¿Quién lo iba a decir? ¿Quién iba a pensar que aquel 17 de enero de 1990 nacerías negándote a ver al mundo, a tu madre, a tu padre? ¿Quién se habría atrevido a imaginar que tu misión sería sentir con los ojos bien cerrados? Sin una causa médica sólida, porque así lo decís hasta el momento, naciste con la consigna de ser luz desde tu oscuridad. De alejar tu ceguera de la lista de obstáculos y ponerla de trampolín para tus sueños desde la sombra.

No lo sabés, pero en Costa Rica existen 251.463 personas con tu misma condición, además de vos. Eso no te lo está diciendo cualquiera, el último censo del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), el del 2011, así lo dice. Tenés que creerlo.

La clase acaba a las 6:30 de la tarde de este lunes, pero contrario al sentir de la mayoría, desearías que el curso no se acabe, que dure para siempre, que el aprendizaje no tenga fin. Mientras el profesor Otto Vargas hace sus conclusiones, reflexionás, y te das cuenta que estos cuatro primeros meses del 2013 significan para vos terminar con el mayor de los éxitos tu primer año de carrera y completar el momento más feliz de tu vida, estos días que han sido un fardo de emociones, retos, preocupaciones y recompensas. Un tiempo para seguir viendo la vida con tus ojos, los ojos de la perseverancia.

A pesar de eso, no te sentís superior a nadie. Finalmente, sabés que en el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), existen más de 40 millones de personas con ceguera total. ¿No sabías?, pues ahora sí.

A pesar de eso, muchos se preguntan cómo hacés para estudiar sin poder ver los libros, sin ver tus apuntes, cómo has llegado hasta la universidad con tantos obstáculos en el camino. Tenés la respuesta de mano de la tecnología, esa maravilla que te encanta y te hace la vida más fácil. “JAWS”, decís, refiriéndote al software lector de pantalla especialmente diseñado para no videntes. “Funciona desde Word hasta Facebook”, bromeás siempre.

Pero, Sussy, más allá de las bromas, vos no llorás por las cosas que la mayoría de la gente sí lo hace, ¿cierto? Que un 31 de diciembre murió tu tía de un derrame cerebral y vos no lloraras, no es novedad; que tu mamá haya tenido un accidente y no derramaras una lágrima, tampoco. Que tu padre las haya dejado solas cuando aún estabas en el colegio no fue razón para sollozos. Tranquila, Sussy, todos saben que no sos insensible, pero es que así sos, le encontrás peso a otras cosas que para los demás no lo tienen.
En medio de las palabras del profesor, recordás algo que sí te hizo llorar. “Para muchos, recibir un correo electrónico con el promedio de un curso no es razón para llorar, para mí sí lo es”, me dijiste luego, cuando hablamos en la cafetería de la universidad, como tratando de justificar tu selecto uso de las lágrimas.

Después de estar en la escuela de enseñanza especial Fernando Centeno Güell, diste el importante paso de llegar a la escuela Jesús Jiménez, de Tibás, como vivías en Cuatro Reinas, el lugar era cercano y era hora de incorporarte al sistema educativo estándar.

De nuevo, el profesor habla como anunciando que la clase no durará mucho más, algo que de cierta forma no te gusta. Eso tiene nada que ver con lo que te está pasando, pero sabés que tampoco te gusta ser discriminada, como no te gustó aquel episodio en tu graduación de sexto grado. Sentada, lista, “pulcra”, como lo recordás, aguardabas el momento de ingresar al salón cargando la bandera, tal como lo hacen quienes luego de obtener el primer promedio reciben esa recompensa.

Pero, ese momento no llegó, sin una razón justa, no sentiste la bandera entre tus manos, no llegó a vos, le fue entregada a una compañera. Claro, no te gusta decir su nombre porque no tenés rencor contra ella, pero tu lugar lo ocupó Karen, aunque ella no lo pidió. Tranquila que nadie se enterará de su nombre. Pero eso te hizo llorar, esas pequeñas cosas que tienen ese gran significado para vos. Tu padre llegó con un ramo de flores en sus manos, pero se topó con tus exclusivas lágrimas. Esas no eran de emoción, eran de tristeza por la injusticia, por el trato desigual. “Yo debí haber estado ahí”. Sí, todos lo saben, Sussy, no te preocupés más por eso, que no vale la pena que te atormentés por los errores ajenos. Igual, te has ganado cada uno de los reconocimientos.

Que rápido ha pasado el tiempo, Sussy. ¿Recordás el lunes de Semana Santa, ese que definís como el día más feliz? Jamás pensaste que el profesor pondría sobre vos esa responsabilidad, pero ahora que los escuchás hablar recordás el miedo que sentiste. La tarea de formar un diario no es fácil, “aunque se trate de un curso”, pensás, pero además de eso, el peso de ser la directora de ese primer acercamiento a una sala de redacción te erizó la piel, y ahora te continúa sacando una sonrisa. Claro, sabés que es la sonrisa producto del deber cumplido, “hijuemialma”, como lo dirías vos, bien cumplido.

Con tu buena memoria, qué de malo tiene recordar, Sussy. Este lunes, en ese duro pupitre, tu mente perfectamente podría trasladarse al año 2009. No, no es para que te castigués, vos sabés que separarte por un momento de Introducción a la información puede servirte de nuevo para tomar aire, para respirar y seguir de nuevo con el mismo ímpetu, con ese impulso por el que la gente te conoce. Algunas cosas suceden por una buena razón.

Desde los 10 años el periodismo se metió en tu mente, ¿recordás?, tomó tus pensamientos y dirigió tu mirada hacia esa meta. Sí tu mirada, esa que solo vos tenés. Por eso, aquella bofetada de alguien que se suponía era un apoyo tuvo sus consecuencias.

El profesor está entregando los promedios a los demás compañeros, con ello se acerca el fin del curso. Sí, seguís pensando que no querés que acabe, pero nada es para siempre, Sussy, lo mejor está por venir. “Primer Persona Ciega presenta sus atestados ante la Asamblea Legislativa para optar por el puesto de magistrado de la Sala Constitucional”, leíste apenas el viernes pasado en la web del Patronato Nacional de Ciegos. Viste, esa es una prueba más de que te espera un gran futuro, incierto, pero moldeable en tus propias manos.

Aquello que sucedió en el colegio no se te olvidará jamás. Brenda Mendoza era el nombre de tu orientadora en el colegio. En aquel momento a mediados del 2009 en quinto grado, fuiste la última en salir del aula. Ella te acompañó y soltó el golpe, por inocencia, ignorancia o error, todavía  no lo sabés. “Usted debería ir pensando en otra carrera, Sussy, mejor ni hacer el examen de admisión de la UCR, porque con su nota de presentación… Periodismo es de las más altas, casi como medicina, como que debería pensarlo”, le escuchaste decir.

Hoy, no recordás por qué te quedaste en silencio, no sabés por qué te guardaste una respuesta. Claro que sentiste cólera, eso no lo podés negar, pero con lo que has hecho le das la mejor respuesta. Sí, te gustaría que ella supiera de tu éxito, te gustaría agradecerle, porque aquel comentario fue a tu favor. “Fue un impulso para seguir adelante con mis sueños”, te decís.

Es que muchas veces te han preguntado si soñás, y cómo soñás. “Claro que sueño”, respondés, “pero me sueño siendo ciega”. La microftalmía y la retina vítrea, tu diagnóstico, te impiden ver incluso cuando duermes, pero eso no te inquieta. “Yo veo televisión, claro que la veo, no voy decir que la escucho, la radio se hizo para escucharla, pero la tele se hizo para verla”, me contaste en nuestra conversación, sentados viéndonos de frente en una fría silla de la cafetería.

La clase terminó, Sussy. Pero dejaste de lado esa nostalgia, por la vida, por la superación, por el crecimiento. No te debés dejar golpear por ese sentimiento, igualmente es efímero como muchos otros que te invaden. La pregunta es inevitable y te la has hecho antes, sería normal que dudaras y todos saben que responderás negativamente. ¿Sussy, te gustaría ver?