Los indignantes indignados

Por Carlos Méndez, estudiante de la carrera de periodismo de nuestra Universidad.
Jairo Mora Sandoval., imagen tomada de la página anep.or.cr
Un 31 de Mayo del 2013 morirá Jairo Mora Sandoval por su labor en defensa de las Tortugas Baula. Jairo, como cualquier mártir, engendrará indignaciones, camisetas con su cara estampada,  páginas de periódico, llantos sinceros, llantos forzados. Engendrará ambientalistas efímeros que amarán la naturaleza eternamente durante 15 minutos. Jairo Mora será, pues, el héroe de moda, el modelo a seguir. Y muy pocos, verdaderamente, tendrán conciencia de lo que su muerte significa.

Se sabrá por las noticias que, un mes antes de su muerte, el Servicio Nacional de Guardacostas había denunciado que en la zona donde asesinaron a Jairo había traficantes interesados en comercializar los huevos y que pagaban con drogas a los saqueadores de nidos de tortuga. Se sabrá que el mismo Jairo había pedido ayuda a la Policía para que patrullara Playa Moín, le sugería que no tuvieran miedo. Se sabrá, muy tarde, que en el Caribe costarricense hay un lugar llamado  Playa Moín, un problema llamado tráfico de huevos de tortuga y que había un joven llamado Jairo que luchaba por preservar una especie en peligro de desaparecer por causa del consumo de sus huevos y carne. Un joven que  luchaba para que no sucediera en Moín lo que ya había ocurrido en Gandoca Manzanillo en donde se redujo el número de nidos de desove de tortugas: se pasó de 3 mil a 200, en una temporada.

La indignación comenzará a acrecentarse entonces, tomará las calles y los autobuses, trotará por las aceras y se infiltrará por las paredes; subirá paulatinamente por los brazos de los transeúntes.

Desde su habitación limpia y ordenada, frente a una computadora, los recién indignados  estrenarán su nueva y reluciente indignación. Dirán que esa clase de atrocidades no deberían suceder en nuestro país, que no van a permitir que haya impunidad, que las cosas tienen que cambiar de rumbo. Mientras tanto, los indignados más indignados recorrerán las calles en una vigilia llena de indignación, con velitas encendidas, con fotos de Jairo, con camisetas de Jairo, con llantos sinceros y con llantos forzados. Habrá también indignados recesivos a los que les hubiera gustado mucho ir  a la marcha pero que ese día les tocaba ir al Gym o a la U.

Los diputados en conjunto rendirán un minuto de silencio como homenaje al ambientalista asesinado y lamentarán mucho lo sucedido. Los legisladores de oposición más tarde dirán que la desidia del gobierno, que la incapacidad de la Fuerza Pública, que el abandono de la provincia, tantos ques… 

Los indignados dominantes, los recesivos y los legislativos se indignarán todavía más cuando un vicepresidente de la República manifieste que la muerte de Jairo fue un accidente, una completa imprudencia. Entonces le pedirán cuentas a ese vicepresidente, a la presidenta y a cualquier indignante que asome la cabeza.

Un día quizá podrán juntarse los indignados del ambiente con los indignados de la homofobia, del racismo, de la desigualdad y de la xenofobia a tomarse un café en algún club campestre y planear nuevas maneras de mostrar su enorme descontento, de pedir descuentos en sus camisetas de mártir estampadas o en sus velas para vigilia.

Todos los indignados del país, como una sola fuerza, se sublevarán. Cerrarán calles en San José, probablemente, protestarán frente a la Asamblea Legislativa, frente a Casa Presidencial, frente a Dios, si es necesario (siempre y cuando Dios viva en San José o en algún lugar cercano).

Las Baula, mucho menos indignadas pero más afectadas, terminarán su periodo de desove en octubre, sin percatarse, siquiera, de que el 70% de sus huevos desaparecerán de los nidos al finalizar el proceso, ni de que los 30 voluntarios que los cuidaban se reducirán a cero por las amenazas de los grupos delincuenciales de la zona. Las tortugas regresarán en marzo sin saber que ese volver representa un suicidio inocente, sin saber, tampoco, que los cuatro años que tardan para nadar los 7 mil kilómetros que las conducen hasta Moín son vanos por el simplísimo hecho de que hay personas a las que les encanta comer huevo de tortuga, acompañado con un trozo de su carne, ha generado un negocio millonario.

Las tortugas no podrán hacer nada contra los narcotraficantes que se alían con los hueveros; contra las personas que venden sus huevos en los bares, las calles y lo autobuses; contra quienes los compran y contra quienes se enteran y no hacen nada más que indignarse. No podrán hacer nada contra quienes se encolerizaron profundamente por la muerte de un ambientalista y luego llegarán y se marcharán de las playas de Limón, igual que las tortugas: sin saber nada, sin hacer nada.

Ellas volverán cada año a desovar, puntualmente, sin la menor suspicacia, cada vez menos, cada vez más amenazadas, sin saber que cada nido que debería representar 80 nuevas tortugas, acabará significando 40 mil colones más para un saqueador, ya sea en drogas o en efectivo, de igual forma, esa persona será 40 mil colones menos pobre.

Un 31 de Mayo del 2013 morirá Jairo Mora Sandoval y, desde ese día, Playa Moín no tendrá a nadie más que a sí misma. Las Tortugas Baula quedarán entonces completamente solas y los saqueadores de nidos podrán robar sus huevos con tranquilidad para luego salir a venderlos, calientes y con chile panameño a 500 colones cada uno.

Mientras tanto, en un lugar lejano llamado Valle Central,  todo el mundo estará muy ocupado con su insaciable indignación, con sus quince minutos de amor eterno, con sus revoluciones posmodernas, con sus discursos grandilocuentes, con su inútil e indignante hipocresía. De esta manera, pocos, muy pocos, serán como Jairo. Y en unos meses nadie recordará por qué murió este mártir.