Periodismo al límite:

Más de cien años de crónicas latinoamericanas

Por Andrey Araya Rojas, estudiante de la licenciatura en Comunicación de Masas
 “Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando. Parsons a muerto al caer, gira de prisa, y cesa: Fischer se balancea, retiembla, quiere zafar del nudo el cuello entero, estira y encoge las piernas, muere: Engels se mece en su sayón flotante, le sube y baja el pecho como la marejada, y se ahoga: Spies, en danza espantable, cuelga girando como un saco de muecas, se encorva, se alza de lado, se da en la frente con las rodillas, sube una pierna, extiende las dos, sacude los brazos, tamborinea: y al fin expira, rota la nuca hacia adelante, saludando con la cabeza a los espectadores.”

Esta no es la historia de una ejecución en algún lejano régimen totalitario de la actualidad, pero podría serlo; no es la descripción minuciosa de un ajusticiamiento del narco en Tijuana, pero también podría serlo. José Martí vio, observó, preguntó, y después escribió, con el asombro todavía rumiándole los dedos, al director del periódico La Nación de Buenos Aires sobre el proceso a los dirigentes obreros de Chicago. Era noviembre de 1887, casi 80 años antes de que Truman Capote publicara su famosa novela sin ficción: A sangre fría. El cubano más universal nos estaba dando una mirada que sigue siendo nuestra, una mirada que elige sin miedo  la subjetividad pero alejándose de la invención, que se apropia de las técnicas literarias que le son tan naturales para contarnos su punto de vista de la realidad, que se nos vuelca en oleadas sin tiempo como la marejada en el pecho del obrero agonizante.

“El imaginario humano está hecho de historias”, me dirá Froilán Escobar más de cien años después de que su compatriota contara la historia de estos obreros anarquistas en “Un drama terrible”. Froilán está sentado en uno de los cómodos sillones de su oficina. En mis manos tengo el libro Crónicas latinoamericanas: periodismo al límite, publicada la editorial de la Fundación Educativa San Judas Tadeo en el 2008. Esta antología fue preparada por él y por el también periodista Ernesto Rivera. Tengo en mis manos 17 crónicas en profundidad que abarcan un siglo de historias latinoamericanas, que nos obligan a mirarnos despojados de esa solemnidad “objetiva” y seca del periodismo informativo.

Froilán habla con una pasión que le desborda las manos con las que adjetiva corporalmente cada palabra. Definitivamente lo suyo, tanto de él como de Ernesto, es un ejercicio de inspirada terquedad. Terquedad hacia un mundo que reconoce “oficialmente” que el Nuevo Periodismo nació en Norteamérica en los años sesenta. Unos días después de entrevistarlos yo haría un ejercicio, un divertimento inventado para descansar la mente entre línea y línea de este escrito: tecleo Nuevo Periodismo en internet y de inmediato aparece el nombre de Tom Wolfe, el renombrado periodista y escritor norteamericano, repetido al infinito. “Padre del nuevo periodismo”, le dicen en casi todas las páginas: Wolfe como un mantra del periodismo mezclado con literatura en innumerables blogs y entrevistas; Wolfe con su sempiterno traje blanco y pinta de Gatsby, el sofisticado personaje creado por F. Scott Fitzgerald; Wolfe respondiéndole lo siguiente a una reportera argentina que le pregunta si ha leído a Rodolfo Walsh: “No. ¿Debería?”.

Esta terquedad que hace posibles los proyectos que otros ni siquiera se molestan en emprender, llevó a Ernesto Rivera y a Froilán Escobar a recopilar una muestra representativa de crónicas en profundidad escritas por latinoamericanos a lo largo de más de cien años. El para qué vendrá dentro de poco. Por ahora he dicho que tengo entre mis manos el libro que resultó después de casi dos años de esfuerzos y búsquedas, de escarbar como antropólogos de la palabra entre viejos libros, páginas de internet, conversaciones con amigos y hasta entrevistas a los autores de algunas de las historias compiladas. Leo una dedicatoria solitaria en medio de la página vacía: A la memoria de Susana Rotker.

Susana Rotker, repito para mí mismo, mientras recuerdo haber leído hace unos meses su libro La invención de la crónica. Periodista y escritora venezolana que murió en el 2000 a los 46 años, a manos de un auto que le arroyó la vida pero no la posteridad, mientras caminaba por las calles de Nueva York con su esposo, el periodista argentino Tomás Eloy Martínez. En La invención de la crónica, Rotker sostiene que no fueron ni Truman Capote, ni Norman Mailer, ni Tom Wolfe los primeros que utilizaron las posibilidades expresivas de la literatura en el trabajo periodístico. No, habría que remontarse más atrás: leer las crónicas de José Martí, de Rubén Darío, de Manuel Gutiérrez Nájera, de Enrique Gómez Carrillo, de César Vallejo.

La idea estaba ahí, pero faltaba la prueba, los trabajos con toda su fuerza presencial en la retina del lector. Degustar de primera mano (y no ya como pura referencia conceptual) historias sobre nosotros contadas por gente como nosotros, pero no como simple espejo de lo evidente, de lo folklórico, sino como revelación de aquello que no habíamos mirado. Periodismo al límite es la primera y única antología que ha recogido los trabajos de los Modernistas, que empaparon con su particular mirada nuestro mundo, y los ha juntado con las nuevas generaciones que viajan con su tableta electrónica por el globo, como lo hace Juan Pablo Meneses en su crónica Las piernas de Kenia.

Froilán Escobar.

“Nuestra antología es la primera que permite ver un panorama de la crónica latinoamericana, recogiendo los trabajos de los Modernistas hasta nuestra fecha, haciendo inclusive referencia a los cronistas de Indias”, dice Froilán Escobar. La intención de Periodismo al límite es explícita. Froilán y Ernesto no quieren dejar lugar a dudas de que la crónica en profundidad es una invención latinoamericana, que inclusive nos respira en la nuca desde que el Viejo Mundo (para los nativos americanos) se convirtiera en el Nuevo Mundo (para los visitantes europeos).

Y lo prueban mostrando su obra, armando primigeniamente un corpus que antes aparecía disgregado en el gran mosaico variopinto que es nuestra memoria latinoamericana. Ahí están los cronistas reunidos, tamborileando en el olor a pulpa de las páginas, juntos por vez primera, reunidos en el raro aquelarre, que este cubano y este tico de padres argentinos han conjurado alrededor de la tinta y el papel. Ahí está Martí con sus anarquistas condenados sin pruebas evidentes, pero ya juzgados por la opinión pública y los medios en 1887; ahí está el poeta Manuel Gutiérrez Nájera con sus hilarantes maldiciones hacia la luz eléctrica en el México de 1880; ahí está  Rubén Darío, el mismo de aquella obra inaugural del modernismo, Azul, mostrándonos (que no solo describiendo) el eclipse de sol que oscureciera a España a finales del siglo XIX, mientras pinta al mismo tiempo el fresco de un imperio decadente; ahí está el posmodernista Vallejo, desenfadado inventor de palabras, obligado por la pobreza a un ascetismo que terminaría por destruirlo, contándonos su visión de los funerales de Isadora Duncan, la gran bailarina que sufrió una muerte tan poco convencional como su vida, en 1927.

Es tanto el acervo creado a golpe de martillo, con la persistencia del árbol luchando contra la gravedad, que parece apenas creíble que durante más de cien años de crónica latinoamericana, nadie se haya ocupado antes de hacer una compilación de estos trabajos. Efectivamente, lo que han hecho Ernesto Rivera y Froilán Escobar es saldar una deuda. Una deuda de la siempre susurrante memoria hacia aquellos que precisamente se erigieron contra el silencio de las mudas voces sin poder, una deuda de palabras hacia los que se ocuparon de revelar (y construir) un mundo a punta de lenguaje. Esta es la compilación de un sentir y modo de ver colectivo en tanto que individual, y que bien sirve de moneda de cambio para el ciudadano latino de hoy,  tan desconectado de su herencia, para quien hasta ahora estas historias estaban enterradas bajo la sombra de la inmediatez, de las necesidades urgentes del día, acumulando polvo en el pavor que sienten la mayoría de los medios informativos a los textos largos y de lenguaje enriquecido, de los constantes micro avances noticiosas de las redes sociales que nos fragmentan el mundo hasta hacerlo un amasijo ininteligible.

Y es que a pesar de este acervo, durante años solo se habían conocido “muestras parciales” del trabajo de algunos cronistas, pero sin establecer esa relación, ese vínculo invisible pero evidente con otros contextos, otros autores y otras generaciones que han trazado un hilo conductor a través de los relieves irregulares y variadísimos  de nuestra sique latina. Tanta riqueza que permanecía parcialmente en sombras, no por extravío sino por olvido, y nadie se había atrevido a realizar este aporte que favorece no solo al periodismo, sino a la cultura en general. Como bien apunta Ernesto: “si somos capaces de escribir de forma más rica, de elevar nuestro lenguaje, hacemos más rica y más elevada la cultura misma.”

Porque todos ellos  fundieron su arte literario, su particularísima visión del mundo con la intensa labor del reporteo, justo en el momento que estaban surgiendo los más caros paradigmas del periodismo informativo: la sencillez del lenguaje, los párrafos cortos, la organización del texto en la pirámide invertida, la visión con un efecto de “objetividad”, y distante como reproducción inequívoca de “la realidad”. La antología es una muestra de lo artificial que es en el fondo esa vieja disputa entre periodismo y literatura. Ya lo dijo Martín Caparrós en la entrevista que le hicieran para el libro: “No tengo esa sensación de que tengo que escribir distinto si estoy escribiendo una crónica que si estoy escribiendo una novela, no son cosas distintas, estoy escribiendo.”

Pero, ¿por qué si es tan evidente, si abundan las pruebas de que la crónica, con toda su riqueza literaria, nació en Latinoamérica, aún está enquistada aquella vieja idea de la paternidad estadounidense? “Los norteamericanos fueron muy vivos, ellos tienen toda una industria cultural. Mientras aquí escribimos desde lo marginal, los cronistas norteamericanos  se ocupan del jet set. Así vemos a Capote escribiendo una crónica de una caminata con Marilyn Monroe en donde ella le va contando su vida, o entrevistando a Marlon Brando en un hotel en Japón”, dice Ernesto Rivera, haciendo referencia a esa poderosa máquina publicitaria que vuelve objeto de mercadeo hasta los más simples memes culturales.

En todo caso, aunque Periodismo al límite se constituye en una contundente respuesta a aquella antología de Tom Wolfe en la que etiquetó de Nuevo Periodismo a algo que ya se venía haciendo desde mediados del siglo XIX en Latinoamérica, no puede limitarse a una vocación adversativa. Estamos ante todo a una mirada iniciática, un primer esfuerzo abarcador, un ojo dispuesto en gran angular que divisa una herencia, una manera de ver lo cotidiano y lo absurdo,  de registrar con la poesía lo grotesco y de iluminar esa región de la marginalidad en la que se mueven los que no tienen voz.

La ambiciosa mirada de Periodismo al límite

Sí, esta antología es un ojo que mira por vez primera, a modo de una gran vista panorámica que cubre lo largo y ancho de toda América Latina. Y lo hace con ambición, con la claridad que solo otorga el instinto de la trascendencia. Porque tener un libro entre las manos nunca es una acción inocente, aunque lo parezca. Es una secreta conjura entre quien desea cazar al lector y aquel que desea convertirse en el lector cazado. Tener un libro entre las manos es poseer el cerrojo y la llave de todos los vientos, y nuestros compiladores lo saben muy bien.

Por eso es que no se limitaron a juntar algunas pocas crónicas y enviarlas solitarias a la ruidosa boca de la imprenta. A este cuerpo que por primera vez se armaba, lo dividieron en tres partes: un prólogo titulado Nuestro modo de narrar la realidad; seguido de  La vida a través de nosotros: más de cien años de crónicas latinoamericanas, que contiene la antología de crónicas como tal; y La cocina del oficio, compuesta de entrevistas realizadas a tres connotados periodistas.

El prólogo es más un exhaustivo ensayo sobre la evolución de la crónica latinoamericana que un simple texto liminar. Sus 30 páginas abren ese cerrojo de múltiples ventiscas que ha permitido a muchos de nuestros reporteros  narrarnos el mundo hasta casi poder palparlo, con todas sus luces y sombras. En este prólogo persisten dos historias que se entrecruzan constantemente como la doble hélice del ADN: por un lado, la historia de nuestro continente, de sus matanzas en nombre del poder, de sus coyunturas políticas y sus vaivenes existenciales en busca de una identidad; por el otro, la historia de nuestros cronistas y la manera en que registraron el ciclo vital de esta especie inquieta y cambiante que llamamos Latinoamérica. La primera historia se subsume a la segunda, pero ambas son indivisibles: una no se puede contar sin la otra. Y así los autores  crean una suerte de meta historia de nuestra narrativa periodística, que no es más que nuestra ya vieja y conocida historia, pero deconstruida desde la polisémica mirada del artífice de la palabra que, sin embargo, no abandona el rigor periodístico en aras del prurito estético. Inclusive llegan a referir, con amplitud de detalles, algunas de las obras que no pudieron incluirse en la antología y las circunstancias en que fueron escritas.

De La cocina del oficio hablaremos en detalle más adelante. Por ahora tenemos frente a nosotros el tronco del árbol, las crónicas cumpliendo el propósito para el que fueron escritas hace cien o diez años: ser leídas. Pero más allá de eso, la posibilidad de ser degustadas, interpretadas y hasta refutadas en todo su poder expresivo.

Y ya que esta antología es, como hemos dicho, el primer y hasta el momento el único esfuerzo de dar una visión de conjunto en tiempo y extensión de la crónica latinoamericana, sus editores han procurado  cubrir lo más posible toda la geografía hispanohablante en cuanto a autores y temas se refiere. Esta es una antología inclusiva, en donde tienen cabida desde los sentimientos exaltados de los hinchas colombianos hasta la mirada flamígera y rencorosa de un periodista venezolano que observa cómo el negocio callejero de su padre se va al carajo por la escalada de violencia en la ciudad de Caracas. Y así pasaremos por autores de México, Colombia, Cuba, Argentina, Chile, Venezuela, Perú, Guatemala.

La antología que armaron estos dos escritores y periodistas, nos invita a un viaje tan variado como la vida misma. Si usted, querido lector, que en estos momentos está siendo interpelado (lo admito, de forma brusca y poco elegante) para que abandone su cómoda posición de lector pasivo y sumerja toda su subjetividad en estas líneas, logra tener entre sus manos las 294 páginas de Periodismo al límite, emprenderá un viaje que lo llevará a los destartalados estadios de Kenia de la mano de Juan Pablo Menes, en donde los adolescentes corren horas y horas con la esperanza de que el atletismo los saque de la miseria; a Argentina, en donde Josefina Licitra le contará sobre una quinceañera embarazada que nunca pudo elegir y que lidera una banda de secuestradores; a la Patagonia, en donde un acucioso y persistente Tomás Eloy Martínez les relatará la historia de un  grupo de guerrilleros presos que es masacrado por las autoridades en condiciones muy poco claras; a Chile, en donde Pedro Lemebel describe, tomando un descarnado papel protagónico, cómo se lleva a su casa a uno de esos jovencitos que venden su cuerpo en las calles de Santiago para hacerlo su amante durante unos días. Estas entre otras historias que los compiladores lograron reunir.

Las tres partes del libro conforman una sólida obra de estudio obligado para los practicantes y admiradores de este género periodístico. Y aún más, se ha convertido en parte indispensable de la bibliografía del curso Taller de Medios I de la universidad San Judas Tadeo. Este es un curso del nivel de licenciatura en Comunicación de Masas que se imparte desde hace 15 años, sin referentes en otras universidades (ya sean públicas o privadas) de Costa Rica, en el cual los estudiantes no solo estudian la teoría, sino que escriben sus propias crónicas en profundidad, convirtiéndose (parafraseando a Borges) en contemporáneos de Gutiérrez Nájera y de José Martí. Esto nos permite vislumbrar la importancia que a nivel académico podría tener la antología si se difundiera en otros centros de enseñanza.

Pero, ¿cómo pudieron juntar este material y qué dificultades afrontaron? ¿Qué ayuda recibieron de aquellos cronistas que están presentes en el libro? Ahora, estimado lector, deberá permitir que me empape para mostrarle.

Persiguiendo a los perseguidores

Ernesto Rivera.

Es un jueves por la tarde y llueve. Ernesto Rivera  me ha citado en su trabajo actual, Semanario Universidad. El siempre atiborrado parqueo de la Universidad de Costa Rica me ha obligado a dejar el carro en un lugar lejos del campus. Mientras corro bajo el aguacero, maldigo no haber podido escaparme antes de la oficina para llegar temprano a la cita. Estoy media hora retrasado y la vergüenza se mezcla con los goterones que se deslizan por mi frente. Por fin llego. Me encuentro una recepción vacía y decido entrar.


—¿Buenas, busco a don Ernesto Rivera? —le pregunto a un muchacho que me ha visto entrar, empapado y sin permiso, a las oficinas del periódico.

—¿Ernesto? Sí, claro, ya le digo —dice mientras se levanta de su escritorio  y, después de seguirlo unos cuantos metros, dirijo la mirada justo hacia el lugar que me ha señalado su dedo índice.

Está sentado frente a la computadora, con el escritorio empotrado en una esquina y dándome la espalda. Para llegar a él  atravieso unos cuantos cubículos sobre los que se levantan algunos ojos que me miran con extrañeza. Les devuelvo un rictus de sonrisa estúpida. No sé si me miran sencillamente por ser un elemento desconocido en ese ambiente, o si más bien les llama la atención que vaya goteando el piso a medida que avanzo.

Lo importante es que ya estoy con Ernesto. Me saluda amablemente con un imperdible acento argentino mientras me ve con esa mirada inquieta, de ojos grandes, que a veces se desvía luminosa hacia algún punto desconocido como si arrebatos de asombro lo encandilaran a cada instante.

—Mirá, tengo apenas unos 10 minutos para atenderte porque estoy en hora de cierre, así que te agradecería que por favor fueras concreto —me indica sin muestras de grosería, más bien con un tono de suave advertencia para que le saque jugo a la entrevista. De todos modos, terminará por darme un poco más de tiempo.

Consciente de los pocos minutos que tengo disponibles, rebusco rápidamente en mi maletín para encontrar la grabadora, pero resulta que la maldita se me ha quedado en el carro. Me tomará por un imbécil, pienso, y me resigno a utilizar solamente la libreta. Quiero indagar más en la tarea de recopilación y escogencia de las crónicas de la antología. 

Ernesto confirma lo dicho por Froilán y lo mismo que apuntan en el prólogo. Como ellos mismos indican, su selección es “parcial, subjetiva e incompleta”, pero lo suficientemente abarcadora como para lograr pintar un cuadro amplio y representativo de esta forma tan particular de contar nuestra realidad.

Y no están ni todos los textos ni todos los autores que hubieran querido incluir, como el argentino Rodolfo Walsh, con su icónica Operación masacre, que muestra el horror del fusilamiento indiscriminado de civiles durante la dictadura de Pedro Aramburu. También falta Elena Poniatowska, con su conmovedora crónica La noche de Tlatelolco, sobre la matanza de estudiantes por parte de los militares en aquella famosa plaza mexicana en 1968. O un Carlos Monsiváis, con alguna de las crónicas del libro Días de guardar, también sobre la temática de las protestas estudiantiles en México durante aquellos años.

Estas y otras ausencias se debieron a los problemas con los derechos de autor y la negativa de algunas casas editoriales a cederles algunas obras para el libro. Además, otras crónicas, de los autores más antiguos, se perdieron en la inmediatez y aparente fugacidad para las que fueron escritas, por lo que su recuperación es muy difícil.  Sin embargo, sí tuvieron el apoyo de amigos, colegas y los mismos autores vivos que incluyeron en la antología, quienes los ayudaron en la complicada tarea de juntar en el limitado pero infinito espacio de un libro, la épica historia de una región desde aquellos seres que, la mayoría de las veces, no pueden contar sus historias.

Así que Ernesto viajó a Argentina y entrevistó a Martín Caparrós y a Josefina Licitra como parte de esa sección de la antología que llamaron La cocina del oficio, mientras Froilán entrevistó al mexicano Juan Villoro.

De Caparrós, a Ernesto lo impresionó su método de trabajo y su capacidad de producción. Escribió diez tomos sobre la guerrilla en Argentina. En el 2006 publicó El Interior, en dos tomos de 600 páginas cada uno, por citar tan solo dos ejemplos de entre sus más de 20 libros publicados. Y mientras escribe estas descomunales cantidades de obra periodística independiente, le queda tiempo para sus trabajos con la ONU y escribir novelas, tan enormes como sus libros de crónicas. Para Ernesto Rivera, esto lo convierte en el ejemplo de un periodista desmesurado y ambicioso.

Por otra parte, Licitra es una joven reportera que ganó en el 2004 el premio al periodismo escrito de la Fundación para un Nuevo Periodismo Hispanoamericano, creada por García Márquez, por su crónica “Pollita en fuga”, incluida en la antología. Al contrario de Caparrós, Ernesto no la conocía personalmente, pero se mostró siempre muy amena y abierta. “Me dio la sensación de ser una de nosotros, de las que anda en la calle reporteando y ganándose el pan”, dice Ernesto.

“Fue muy abierta con respecto a las circunstancias en que había trabajado para escribir “Pollita en fuga”. Lo notable es que sacó una historia manoseada por las páginas de sucesos de todos los periódicos y logró crear una crónica muy potente a partir de muy poco material nuevo. Ella solo pudo entrevistar a Silvina (la quinceañera líder de la banda) unas tres horas y un rato otro día. El resto fue puro trabajo de intenso reporteo. Si hay algo que el periodista tico debería tomar de ella, es precisamente esa acuciosidad de lograr, a partir de pocos elementos, grandes trabajos”.  

En la entrevista que Froilán le realiza a Juan Villoro, nos descubre a un estudioso del género, que cree en la innata necesidad del ser humano por conocer el mundo a través de historias. Para Villoro, “fijar lo fugitivo” es la tarea del cronista. Y el cronista es, a su vez, el que muda constantemente de piel, el que se mete con todo su bagaje en los escondrijos adonde el ojo común le da miedo asomarse, y es capaz de relacionar lo que vio entre tinieblas con el halo de luz que percute toda realidad. Tal y como dice Villoro en esta cocina del oficio: “En un sentido ideal, el cronista debe saber mucho de muchas cosas para establecer conexiones distantes, que antes no se habían probado.”

Así es como gracias a esta antología, los trabajos de nuestros modernos cronistas se juntan, en un doblez del espacio tiempo, como el agujero de gusano de Einstein, a la herencia seminal de los modernistas, y de aquellos que les siguieron para poner palabras donde solo había silencio, para divisar claramente a los que solo habitan las sombras.

Porque alguien tiene que narrar el mundo, aunque nos choque, aunque nos conmueva. Porque el mundo, quizás, solo es posible si es narrado. Tal y como apuntan lúcidamente nuestros antologuistas en el prólogo de Periodismo al límite: “Era un mundo que nacía a medida que ellos lo iban escribiendo. Narrar era entonces un acto de fe, fervor y delirio que presuponía, paradójicamente, la certeza.”