“En la U aprendí a ser un periodista sólido”

Por Andrey Araya R., estudiante de la licenciatura en Comunicación de Masas

Ya tenía dos años de estar en Siete Días cuando dio su discurso de graduación frente a los 70 educandos que recibían su título de bachillerato, el año pasado. Sí, el primer practicante en ser contratado como periodista en ese programa era, precisamente, un estudiante de la universidad San Judas Tadeo.
Jonathan Villarreal nació un 19 de abril de 1989. Los  calurosos vientos del pueblo de Santa Bárbara, en Santa Cruz, Guanacaste, lo trajeron al mundo ya revoltoso. Quizás por ser hijo de un lugar en el que el verbo es fácil y la palabra, cantada, casi crece en los almendros, su primer amor fue con la radio, pero siendo infiel a sí mismo (hay pecados que bien valen una misa), terminó seducido por las cámaras de televisión, medio en el que sigue intentando hacer la diferencia.
“Cuando empecé con la carrera, quería ayudar. Que por medio mío la gente tuviera voces que no les iban a dar de otra forma, que se dieran a conocer sus necesidades y vieran en alguien común y corriente, como yo, a una persona que pudiera servirles”, dice este joven de 24 años, con una voz que conserva su optimismo idealista a pesar de la contundente huella del tiempo.
A veces habla levantando su mirada por encima de esos anteojos de pasta gruesa que son ya casi una marca registrada en él. Lo estoy entrevistando en Canal 7, una hora antes de la transmisión de Siete Días. Tengo una sensación de extraña nostalgia, porque no hace mucho tiempo compartíamos cursos, discusiones, aulas, profesores, expectativas de una carrera que apenas comenzaba a ser en nuestras mentes.
Viniendo de una familia muy humilde, le sobraban las ganas pero le faltaba siempre el dinero. El círculo de la vida se le hacía cuadritos pagando la universidad. Pero, de una forma u otra, como versos de Darío ingeniándoselas para que siempre surgiera el cisne, Jonathan se las arreglaba para terminar de pagar la matrícula.
“Mi mamá asumió la casa. Me daba techo, comida y plata para los pases, pero, aun así, muchas veces no me alcanzaba”, dice mientras se transporta a esa época, no tan lejana, en la que trabajó como asistente de la dirección en una escuela para niños con parálisis cerebral, para así darle un empujón a esos cuatrimestres que parecían pesados como ladrillos.
Entonces tomaría la decisión que, en sus propias palabras, fue determinante en su futuro profesional: se le metió entre ceja y ceja que haría la práctica profesional en Siete Días. Las cámaras y las luces nunca lo desvelaron, más bien era reacio a lo que a otros les derrite la mandíbula: salir en tele. “A mí no me gustaba la televisión, pero me atraía el periodismo en profundidad”, recalca Jonathan.
Después de varios correos enviados a Rodolfo González, director del programa, y de pasar una dura prueba de actualidad, finalmente logró que lo dejaran hacer la práctica ahí. No sabe bien por qué le dieron la oportunidad en primer lugar, dado que en ese programa no acostumbraban a recibir practicantes, pero el respaldo de la institución donde estudias siempre te da una buena carta de presentación.
“En Teletica cada vez buscan profesionales más productivos, que sepamos asumir cualquier tarea, y así somos los egresados de la U. Tenemos condiciones adecuadas de formación y eso se refleja en los trabajos. La universidad es casi un sello de garantía para nosotros, por eso es líder en el segmento de comunicación y por eso hay tantos y tantos periodistas trabajando”, afirma Jonathan.
Aunque, para Jonathan, la universidad representó una gran inversión, más allá  del puro y simple metal.
Jonathan Villarreal en su labor en el programa Siete Días.

Porque, claro, después del alegronazo inicial por ser admitido en Siete Días, las obligaciones crecieron. Pero como las horas nunca leyeron el Génesis, no han aprendido eso de “creced y multiplicaos”, así que se empeñan en ser las mismas 24 por siempre. Jonathan debía levantarse todos los días a las 5:30 de la mañana, llegar a la escuela, cumplir con el trabajo de oficina para, a medio día y sin almorzar, tomar un taxi que lo llevara hasta Canal 7, a las seis de la tarde irse caminando hasta la universidad y de ahí hasta las nueve de la noche para regresar, cual zombi, a su casa… y así por un año.

¿Se cansó al leer estas líneas? Fue más cansado para Jonathan en la vida real, hay que decirlo.
Pero a pesar del cansancio y las duras jornadas, siguió adelante (disculpen el lugar común). A medida que en las aulas se formaba sólidamente como profesional, iba aplicando este conocimiento en Siete Días. Conocimiento del que se dejó impregnar desde el pupitre, tomando como suyo todo ese bagaje que los profesores procuran transmitir a los alumnos (discúlpenme otra vez).
Porque Jonathan no olvida la influencia de todos esos docentes que fueron vitales en su consolidación como periodista. Tiene muy presente a un Gilberto Lópes, quien le enseñó a “profundizar, amarrar ideas e interpretar”, cualidades que le sirvieron en su nuevo trabajo cuando realizó un reportaje sobre los directores y gerentes con salarios más exorbitantes en las instituciones públicas. La información que Jonathan reveló, después de una concienzuda investigación periodística, hizo temblar de enojo a varios jerarcas y sacudió las redes sociales.
También hubo profesores como Otto Vargas, quien le enseñó a “ser periodista en todo el sentido de la palabra”, cuyas técnicas para buscar lo noticioso, para mover ese olfato periodístico a través del confuso entramado de la realidad, le fueron muy útiles cuando denunció un caso de abandono de la comunidad de Portalón de Quepos, por parte de la Comisión Nacional de Emergencias (CNE). Este reportaje provocó una fuerte respuesta de la CNE y repercutió en otros medios.
También menciona a Froilán Escobar como “su modelo académico y de ser humano”. Las  características de entereza y concordancia entre lo dicho y lo actuado que Jonathan admira en Escobar,  fue clave en aquel recordado reportaje sobre El Chamuco, personaje anónimo que, desde el dantesco  “más allá” de las redes sociales, ha devenido en un líder de opinión y del cual Jonathan nunca revelará su identidad porque la ética periodística aprendida en la universidad así lo demanda.
También fueron importantes para él, Silvia Carbonell; a quien le debe “ser más minucioso, a analizar y asumir más las cosas”; o a Guillermo González, quien fue clave en su rigurosidad para el análisis. Habla de otros más, con vergüenza de dejar por fuera a alguno de todos esos profesores que han influido decisivamente en su formación.
“El estudiante debe tener una actitud de entrega. Estar atento, porque en lo que menos pensás te podés perder una oportunidad de oro de aprender algo importante. No hay que tomarse a la ligera nada, y tomarse el tiempo de que cada curso te enseñe algo”, recalca sin pestañear.
La entrevista toma su curso con la camaradería que solo puede haber entre dos amigos y ex compañeros. Desde la puerta de la sala de reuniones en la que estamos, se observa el ir y venir presuroso de técnicos y periodistas. Algunos de los reporteros que andan por ahí sonsacándole verdades a esa engañosa amiga que es la realidad, son también graduados de la San Judas.
Jonathan Villarreal, al centro, con sus compañeros Eric Gassmann (izquierda) y Josué Agustín (derecha) en la graduación de marzo 2012.
“En Teletica tenemos cada vez más gente de la San Judas: en deportes tenemos a Kevin Barrantes y Luis Diego Brenes. En el área de producción de Teletica Formatos está un gran productor como es Manuel Granda, egresado y profesor de la U, y cada vez más gente es incorporada a este importante departamento. En Telenoticias: Iván Meza, Yessenia Alvarado, Susana Peña, Janeth Valverde y Daniel Quesada, que es periodista digital”, dice Jonathan con un orgullo que inevitablemente me contagia.
Todos ellos, y otros más que no da el espacio ni el tiempo para mencionar, son parte de una generación que va recalando en el competitivo mundo de los medios de comunicación.
Ahí  está Jonathan, profundizando, intentando diferenciarse para “no ser un periodista más”. Efectivamente, lo de Jonathan es la trascendencia. Desea mostrar su capacidad en otros ámbitos sin quedarse estancado. Y al hacerlo día tras día, hace honor a esa generación de periodistas a la que se dirigiera con palabras emocionadas hace año y medio en su graduación. Pero tiene muy claro el esfuerzo que se requiere para lograrlo.
“Lo importante para el éxito es la persistencia, el olfato periodístico y, sobre todo, las ganas de aprender. Creo que si uno tuviera que decirle algo importante a la gente, es esto: tenga ganas de aprender.”