La hora del compadre

Cuando una excelente crónica se convierte en novela
Artículo de Andrey Araya R.,
estudiante de la licenciatura en Comunicación de Masas
El 7 de julio del 2001, el comunicador Parmenio Medina fue acribillado en su vehículo cuando estaba a punto de llegar a su casa. Ocho años después, en octubre del 2009, Otto Vargas y José Alberto Gatgens, ambos periodistas de reconocida trayectoria y profesores de nuestra universidad, presentaban su libro La hora del Compadre. Entre ambos momentos hay todo un camino de investigación tenaz, innumerables recortes de prensa, tiempo robado a los apuros cotidianos y esclarecimientos sobre un caso que bien pudo haber sido condenado al efímero destino que imprime la inmediatez del periodismo informativo.

Porque La hora del Compadre tiene dos logros fundamentales. Por un lado, profundizó y le dio unidad a un caso sobre el cual el público solo contaba con información difusa, develando los entretelones e intereses que se tejieron alrededor de las denuncias que Parmenio hiciera en su programa radial La Patada. El otro fue utilizar, por primera vez en nuestro país, la crónica en profundidad, como trabajo periodístico, para producir una novela. Y lo hizo precisamente para abordar uno de los acontecimientos más tristemente célebres en la historia del periodismo costarricense.

En este artículo, veremos cómo los autores llegaron a ese nivel de esclarecimiento e investigación, y cómo vertieron todas las herramientas narrativas de la mejor crónica para darnos la primera y única novela sin ficción que se ha escrito en Costa Rica.

Iluminando lo oscuro a través de la investigación

Otto Vargas, coautor de La hora del compadre.
La investigación minuciosa e incansable es el signo de todo buen periodismo. Edgar Fonseca, en su libro Los mejores reporteros (2001) recalca su importancia:

Su ejercicio exige, por lo tanto, cumplir con los más rigurosos cánones del buen reporteo: ser incisivo, acucioso, certero, detallado, descriptivo, impactante, balanceado e impregnarse de los más altos valores éticos, de respeto a la dignidad humana y a la justicia. (pp. 115)

En la Hora del Compadre asistimos a un riguroso proceso de investigación. Producto del reporteo durante la cobertura del caso Parmenio, y aún antes, Vargas acumuló una buena cantidad de testimonios (inclusive tuvo acceso a los expedientes judiciales), todo lo que salió en los periódicos del momento, y datos que sirvieron de base para el libro.

Vargas y Gatgens se propusieron trascender la noticia, aportar profundidad, sí, pero también revelación. ¿Cómo lo plasman? Uno de los aspectos mejor logrados de la obra, producto del reporteo y la investigación periodística, es el manejo de fuentes. Aquí escuchamos todas las voces. Están la víctima y el verdugo, los engañados y los ladinos,  los líderes y los seguidores, pero no como estereotipos: aquí no hay un uso maniqueo de los sucesos y los actores. La realidad, vista desde el foco de los que escriben, se vierte en toda su complejidad. El lector no encontrará ni al bueno-bueno ni al malo-malo. En este libro no hay ficción, hay periodismo.

Y como todo buen periodismo, logra problematizar los hechos para convertirlos en alegoría de una situación social. La hora del Compadre ahonda en la corrupción de diferente estratos de la sociedad; sin concesiones, cierto, pero también con rigor. Desde la clase política, pasando por las autoridades de la Iglesia Católica y terminando (¿volviendo?) al individuo, siempre propenso a dejarse llevar por la ambición y el ego:

Ellos tenían razón. Lo descubrí aquella vez en que fuimos a un restaurante, carretera vieja a Escazú. Sirvieron camarones jumbo de este tamaño; los más grandes que he visto en mi vida. Estaban deliciosos; hoy me avergüenzo de reconocerlo. Se pagaron con fondos de Radio Milagro; con dinero que debía saciar el hambre de los pobres. (pp. 163)

Hay quienes valoran una obra diciendo que es el retrato de la sociedad. La hora del Compadre no es un retrato, es un espejo al que le sonreímos y nos devuelve una mueca. El cuidado en los detalles y la precisión de los hechos enriquecen el flujo de conciencia de los actores, para no quedarse como un recurso preciosista, sino sumarle significancia en el contexto social. 

Efectivamente, esta obra es revelación. Aunque mucho de lo contado había salido en los medios de prensa, la investigación de los autores saca a la luz reuniones y llamadas secretas, aspectos de la vida de Parmenio y de sus verdugos completamente desconocidos, manejos oscuros (y otros no tan oscuros, rayando más bien en el descaro) de donaciones, etc. Nos muestran detritos de un país que no nos gusta mirar pero que también es nuestro y que pocas veces aparece en los medios, y nunca como lo ha hecho en este libro. Su lectura nos sacude y nos atormenta. Casi se diría, después de leerlo, que hemos perdido algo, o quizás ganado mucho, dependiendo de cómo valoremos el sentido de tragedia (en términos griegos) que nos brota en el alma… mito colmado de realidad.

La hora del compadre como crónica en profundidad

José Alberto Gatgens, coautor de
La hora del compadre.

Ya señalamos que es la primera y única novela de no ficción en nuestro país. Para ser más precisos, deberíamos decir que se trata de una extensa crónica en profundidad con estructura de novela. Cierto que no hay antecedentes en Costa Rica de algo así, pero el libro es heredero directo de dos trabajos periodísticos que hicieron escuela: La pasión según Trelew, de Tomás Eloy Martínez; y Operación masacre, de Rodolfo Walsh. Aunque también beben de cronistas legendarios, como José Martí, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera y César Vallejo; sin olvidarse de los norteamericanos, como Norman Mailer y Truman Capote.


Tal y como hiciera Walsh con la historia del fusilamiento indiscriminado de civiles por parte de la dictadura argentina, para mostrar la compleja red de hechos que antecedieron al asesinato de Parmedio, los autores tenían que echar mano de un instrumento más poderoso que el mero discurso informativo. Es aquí donde La hora del compadre adquiere su vigor y su consistencia como una extensa crónica en profundidad.
El primer elemento típico del género que podemos identificar en La hora del Compadre es la presencia definida y explícita de un relato principal. El relato arranca con el momento mismo en que asesinan a Parmenio Medina:

Compadre, es ese momento supe que la hora me había llegado. Viré la cabeza para ver quién se acercaba por el lado izquierdo de mi carro. El Cholo ya se venía saliendo por la ventana del destartalado Nissan Sentra. Traía una pistola en la mano derecha… y entonces supe que la hora me había llegado. (pp. 11)

Este relato es el hilo conductor alrededor del cual se articula todo el entramado de la historia que llevó justo a ese momento. Es fuerte, con muchas posibilidades dramáticas, pero los autores tienen el suficiente cuidado y madurez de no hacer del crimen una escena de acción hollywoodense.

El libro comienza y termina con el asesinato, haciendo un salto temporal de 360° que le da una estructura circular al texto. Pero lo más notable no es esto, que es ya de por sí una forma muy buscada por los cronistas. Lo más interesante de La hora del Compadre, en cuanto a su relato principal, es que se recurre a cuatro voces para contarlo, cuatro narradores distintos que cuentan el relato desde su particular punto de vista.

La historia abre, como se denota en la cita anterior, con la voz de Parmenio contando en primera persona su asesinato. Este primer bloque del relato principal lleva el título inequívoco de Me llegó la hora. Al final del libro leemos Yo te disparé… Parmenio, Lucha… Papá y Noticia de primera plana: un final en tres actos.

Yo te disparé… Parmenio y Lucha… Papá son dos muy bien logrados relatos narrados en segunda persona, uno por parte del mismo asesino de Parmenio, y el otro por el hijo del comunicador. Noticia de primera plana está contada en primera persona y es el relato del periodista que cubrió el caso. La historia, que abre con el asesinato de un periodista, cierra con la cobertura de otro reportero, símbolo de esa nueva generación que se ha convertido, por arte de esta violenta elipsis, en heredera del legado de Parmenio. Y aquí se asoma el mensaje que transmite el libro.

En medio de esta novedosa estructura con que se plantea el relato principal, los autores van mostrándonos (más allá del simple explicar) todos los antecedentes que han llevado inextricablemente al asesinato:

El odio hacia aquellos dos personajes, a quienes llegó a considerar enemigos íntimos, le daba al Compadre fuerzas sobrehumanas para seguir. Era un periodista con alma de acero y por eso El Patrón acordó no darle más largas al asunto: había llegado la hora de El Compadre. Fue así como contactó al Intermediario. (pp. 171) 

Otto Vargas (izquierda) y José Alberto Gatgens, autores de la novela sin
ficción
 La hora del Compadre, el día del lanzamiento.

Aquí vuelve a denotarse el profuso y eficaz manejo de fuentes del que hacen gala los autores. Está todo, literalmente. Página tras página nos damos cuenta de quién era Parmenio antes de ser “nuestro” Parmenio, antes de asentarse en Costa Rica, llegado de su natal Colombia (relato construido a partir de extensas entrevistas con la esposa y el hijo del comunicador). También conocemos la cadena de hechos que llevaron a El Padrecito a volverse fenómeno mediático, convirtiéndose en un personaje de sí mismo.

Es tal el detalle y el manejo de la información, que inclusive se nos cuenta la infancia y juventud de El Patrón (empresario dueño de “Radio Milagro”) y cómo escaló, a punta de trabajo duro y pocos escrúpulos, hacia la cima del éxito económico. Sin olvidar, por supuesto, las voces de los verdugos, de los sicarios que son expuestos en toda su humanidad y contradicciones, no como monstruos sin alma (la forma más fácil de haberlo planteado) sino como seres humanos cuyas circunstancias devienen síntomas de una sociedad enferma.
Como parte de los antecedentes e información de contexto, desfilan ante nosotros cifras, lugares, anécdotas, hechos nunca antes narrados. Simultaneidad del tiempo entretejida con un hábil manejo de las anacronías, que rompen el lineal suceder de la vida: los actores van y regresan del pasado o del futuro. En 269 páginas, La hora del Compadre nos comprime el tiempo, casi medio siglo de vida de los personajes para contarnos cómo cada decisión, cada hecho, cada circunstancia y casualidad (si es que existen las casualidades) se juntan en el punto oscuro de la memoria costarricense que es el asesinato de Parmenio Medina.
Y todo en esta obra está precisamente colocado para cumplir la función de transmitir su mensaje: en Costa Rica también se asesinan periodistas por cumplir con su labor de denuncia. Cada una de las páginas parecen una advertencia lanzada hacia todas las generaciones de periodistas venideras: estos casos nunca deben de quedar impunes; no aquí, no en Costa Rica.

Herencia para el periodismo

Como se ha recalcado a lo largo del presente trabajo, La hora del Compadre es un trabajo de periodismo narrativo sin precedentes en Costa Rica. Por lo tanto, muchos deberíamos ser los herederos. Muchos somos los que deberíamos seguir el camino trazado y, emulando a los autores, con actitud subversiva salirse inclusive de ese camino para explorar otros senderos.

La resonancia de este libro ha sido muy poca; en opinión de los mismos Vargas y Gatgens, prácticamente nula. Sin embargo, quizás estén equivocados. Hay una generación, preparada precisamente por la San Judas  (universidad en la cual los autores aprendieron las técnicas que llevaron a La hora del Compadre) explorando nuevas formas de contar historias, de develar aquello que no se quiere ver, de llevar la información a otro nivel e imprimir otro ideario, otro fresco de esta tierra escurridiza amante del olvido, con su forma de mostrar la realidad, y no solo de describirla.
El trabajo de Otto Vargas y José Alberto Gatgens es señero para esos jóvenes que en este momento (yo lo sé, a algunos los he visto y saben quiénes son) están preparando sus crónicas en profundidad como una forma de hacer afrenta, de sacudir, de realizar el conmovedor acto de la mostración, de irrumpir en el periodismo con sus nuevas formas, con la cobertura de temas no tocados en una sociedad que prefiere no tocar y solazarse con aromas sucedáneos de la vida. Ahí están, listos para arrancar. ¿Será usted uno de ellos?