Doctor Andrés Arley:

“La docencia es una faceta importante para el médico”

Por Andrey Araya R., estudiante de la licenciatura en Comunicación de masas.

“Por el año 95, estaba haciendo mi internado en el Hospital México, cuando el profesor de nefrología nos llevó a ver una cirugía de trasplante renal y quedé deslumbrado”, dice el doctor Andrés Arley, recordando el instante preciso en que decidió especializarse en cirugía de riñón. Ahora, 18 años después, actúa como un agente multiplicador de ese entusiasmo y conocimiento, en la cátedra de urología que imparte desde el 2004, en nuestra Universidad.


Con 37 años, solo hay que hablar unos minutos con él para darse cuenta de que el doctor Arley es una de esas personas que siempre busca desbordarse a sí mismo. Es quizás por eso que fue director del EBAIS de Tucurrique, cuando apenas contaba con 22 años. Y, actualmente, además de ser docente en la Universidad San Judas, es profesor del posgrado de urología en el Centro de Desarrollo Estratégico e Información en Salud y Seguridad Social (CENDEISSS), entidad estatal encargada de regir la formación y capacitación de los especialistas médicos de la Caja Costarricense de Seguro Social.

Ser profesor en el CENDEISSS no solo conlleva prestigio, sino un gran compromiso, ya que es la única entidad con potestad en el país para otorgar el posgrado en las diferentes especialidades médicas. Por eso, ahí se encuentran doctores que han tenido una trayectoria reconocida.

La docencia es, para Andrés Arley, una de las facetas más importantes del médico. “En el CENDEISSS y en la San Judas tengo la responsabilidad de preparar a los futuros médicos y especialistas del país. El médico tiene una responsabilidad docente, más que en otras cosas, y a mí en lo particular la docencia me encanta, la disfruto mucho”, recalca.
Desde joven, afirma, siempre quiso implementar su propio método de enseñanza, alejándola de la excesiva gravedad que siempre genera cabezazos, párpados caídos y bostezos dentro del aula.

“Quería encontrar la manera de hacer la enseñanza atractiva, no aburrida. Cómo hacer para que los estudiantes no se me duerman en la clase, para que perciban la urología como algo bonito, como algo práctico. Por eso decidí dar clases puntuales, con temas que fueran al grano, prácticos y útiles, y mantener siempre la atención del estudiante.”

Parece que tal método da resultado, por lo menos así lo afirma Johan Ching, quien fue su alumno en la San Judas y, actualmente, realiza su internado en el Hospital México. “Durante la clase siempre conseguía que todos le prestáramos atención. No daba la materia de forma tediosa. Es un profesional muy preparado y con muchos deseos de transmitir sus conocimientos”, recalca el futuro médico.

Ching también considera al doctor Arley como un profesor muy estricto, pero sumamente accesible y eso resalta su calidad humana. “Cada vez que un alumno tenía una consulta, aunque se tratar de clases anteriores, él la evacuaba con toda la paciencia del mundo. Y también es muy accesible fuera de la clase. Por aquella época, un hermano mío se estaba operando de un caso urológico. Fuera de la clase aprovechaba para hacerle consultas sobre eso y el doctor siempre estaba dispuesto a darme orientación y consejo.”

Esa seguridad y buen tino para dar consejos en su campo, Arley las ha adquirido a lo largo de varios años afilando el escalpelo de la profesión. Desde que culminó su especialidad en urología, se ha desempeñado como cirujano de procedimientos de alta complejidad, como en oncología, trasplante renal, laparoscopía urológica, cirugía de incontinencia urinaria y reconstrucción.

“En mis 13 años en urología he visto la implementación de la laparoscopía urológica y la cirugía percutánea (realizada a través de la piel).  Yo he participado en la parte de la laparoscopía en el Hospital México”, resalta el galeno.

Doctor Andrés Arley (izquierda), realizando un procedimiento laparoscópico
en el Hospital México.

Los procedimientos laparoscópicos podrían parecer, ante la impresionable mirada de quien no sea médico, algo de ciencia ficción. El laparoscopio (un conducto delgado, largo y flexible, con un sistema de iluminación) se introduce en el cuerpo del paciente a través de una pequeña incisión. Está conectado a una cámara de vídeo, con la que el doctor puede ver, en el interior del organismo, cada uno de sus órganos y cavidades mientras ese diminuto ojo electrónico avanza dentro de la zona intervenida y despliega los finos instrumentos que realizarán la operación, sometidos al pulso inconmovible del cirujano.

“La laparoscopía permite hacer cirugías complejas, minimizando el trauma de la herida.  Disminuye el dolor, la recuperación es más rápida, cosméticamente lucen mejor y el nivel de satisfacción del paciente suele ser mayor. Nosotros, en el Hospital México, hemos operado, principalmente, riñón y uretra. Estamos en el proceso de aprendizaje para iniciar con operaciones de este tipo en la próstata y vejiga”, indica Arley.
Su ex alumno admira esa faceta como cirujano. “Una vez fui a ver un trasplante renal que él iba a realizar. Me impresionó ver cómo manipulaba los instrumentos y los órganos, su destreza al hacerlo. No lo vi titubear ni un momento. Lo hizo ver muy fácil, cuando en realidad se trataba de un procedimiento sumamente difícil y complejo”, dice Ching, quien mantiene fresca la impresión de aquella cirugía.

Arley está consciente de esa responsabilidad que tiene en la preparación de sus estudiantes. Como profesor en la San Judas Tadeo, afirma que uno de sus mayores aportes ha sido “mantener el rigor académico y hacer docencia de forma clara y sencilla.” Y después agrega: “Me gusta transmitir, en mis clases, los conceptos básicos de la especialidad que tengan aplicación en la medicina general.”

Ahora, 15 años después de que empezara como un médico rural en Tucurrique, el doctor Arley desea transmitirles a sus estudiantes algo que trascienda el puro conocimiento técnico y las destrezas que debe tener todo profesional en medicina.

“Uno siempre debe ejercer con humildad y dedicación. Pero, principalmente, con humanismo.  La medicina es sagrada: el ejercicio debe ser absolutamente ético y profesional. Además, el médico tiene que prepararse siempre: uno deja de estudiar el día en que se muere”, concluye.