Aún somos cabécares

El viaje a un saber que agoniza

Reportaje de Daniel Quesada, estudiante de la Licenciatura en Comunicación de Masas.

 

Aún somos cabécares será presentado el próximo lunes de 28 de octubre, a las 6:30 p.m. en la Universidad San Judas Tadeo. El libro ya se encuentra a la venta en la biblioteca con un costo de 4 mil colones.


Cuando de realidad se habla, no basta con leer la palabra así, en singular, porque ese es uno de los errores de nuestra época. Debemos hablar de realidades, pues la mía no es la misma que la suya. Ni siquiera la nuestra vale realmente, porque existen quienes no entran en esta segregación. Por eso, el libro Aún somos cabécares empuja entre la muchedumbre para intentar abrir espacio a un grupo que, injustamente, carece del lugar que merece, que tiene su propia realidad; una realidad escandalosa y a la vez silenciosa, por muchos desconocida. La realidad de un pueblo que se evapora llevándose consigo mucho del origen de Costa Rica.
Guillemo González

Esta obra de la Fundación Educativa San Judas Tadeo, reúne, ilustra y despunta, gracias a la fina pluma de estudiantes y profesores, pizcas de los ingredientes que componen la cultura cabécar. Todo, mezclado cuidadosamente dentro de un tazón que tiene como componente común una receta: la crónica en profundidad. Y un fin: hacer visibles a estos indígenas. Frente a un escenario: su cultura se deshace cual trozo de chocolate.

Y es hablando del chocolate, que Froilán Escobar, uno de los editores de esta pieza literaria, abre el sendero entre la montaña que nos llevará hasta lo alto de Chirripó. Esto con la guía del profesor Guillermo González, el otro editor, que ha entregado parte de su vida a ser, para los cabécares, un pie de amigo, ese brazo que, junto al poste, sostiene el tendido de una cerca que se mantiene tensa pese a la presión. Sería petulante decir que el libro servirá para mantener en pie este pueblo indígena pero, sin reparo, se puede certificar que su intención se centra en visibilizar.

Froilán Escobar

Ahora bien, con ese panorama claro, como cuando la bruma resbala por las montañas de Chirripó, comenzamos a ver la realidad de que la el libro nos habla. Eso sí, vale la pena aclarar –de nuevo- que la obra no comprende en sí misma ni pretende ser la tabla de salvación para esta sangre indígena, sino, un intento por transportar hasta quienes lean las 136 páginas, la magia, esencia y razón de ser la cultura de esta comunidad, que ahora lucha, incluso, en contra de sus propios herederos.

Guillermo González ha estudiado sesudamente esto de los que hablamos. “Mientras la situación cultural y lingüística de restantes zonas indígenas de Costa Rica muestra claras evidencias de deterioro, en esta región, los cabécares han llevado a cabo una proeza de resistencia cultural sin parangón en la historia costarricense”, nos dice en su introducción al texto. Y es que en Chirripó, más del 96% de los indígenas dice hablar cabécar, nos recuerda, al tiempo que así se presenta a uno de los principales villanos frente a su supervivencia cultural: esta es oral, no se escribe, no se archiva, se pasa de voz en voz, de historia en historia, de canto en canto.

Andrey Araya

Como anuncio, el prólogo del profesor González, lanza advertencias que escuecen, por su certeza. Una de esas advertencias es que “el diagnóstico (para la cultura cabécar) no es favorable: muy posiblemente se extinguirá en los próximos cincuenta años”. Esto se debe a que “actualmente, la cultura cabécar se fundamenta en cuatro pilares: la lengua, los cargos tradicionales, la tradición oral y las prácticas rituales, que abarca cantos, historias y bailes, y el sistema familiar clánico. Todos ellos están en peligro de perderse”. Empero, el viaje a las montañas del que hablaba, no será en vano.

Lorena Brenes

Tal coyuntura ofrece oportunidades, para Guillermo, estas se encuentran en “aprender, para enriquecernos culturalmente, para cooperar con los cabécares en la preservación de su mundo espiritual y material…”. Ese objetivo es el que nos pone frente al siguiente punto, igual de relevante. Las historias son cultura viva, transferible y duradera, pero de la forma en que se cuenten depende esa vigencia, esa fecha de caducidad. Ahí llega la importancia de la narración.


Froilán Escobar lo define con el mayor acierto. “Narrar es sinónimo de honestidad, enjuiciamiento y resonancia humana, no de enajenación y complicidad con una situación injusta y desnaturalizante”, y afirma también que, para ello, la crónica es “una forma eficaz, probada por el tiempo (el imaginario humano está construido con historias) de hacer comprensible ese fenómeno múltiple e inabarcable que llamamos realidad. ¿Hará falta decir que los hechos (la materia prima del periodismo) no transcurren jerárquicamente sino cronológicamente?”.
Valeria Román

Pero cuidado, en ningún extremo se trata de santificar al pueblo cabécar, pues como un miembro del nuestro y como cualquiera, está barnizado con contradicciones y particularidades que podrían ser para muchos cuestionables. Por eso, el libro narra la realidad. Con licencias, sí. Pero con veracidad, también.

Imagínese que está con sus pies en medio de un camino lleno de barro, sudando por la combinación de temperatura y humedad, dando ganchos de derecha e izquierda a mosquitos y zancudos, y presto a gastar unas cuantas horas caminando por trillos y senderos que no tienen las huellas del caucho. Frente a usted nada más que la montaña y todo lo que ella encierra. Así iniciará su viaje, un viaje que lo llevará por las líneas de Aún somos cabécares; eso sí, no lo emprenderá a pie, lo hará a bordo de crónicas, esas que abren “su espiral de dimensión profunda para producirnos la visión que no esperábamos”, en palabras de Froilán.

Óscar Ureña

La Universidad San Judas Tadeo, es el único centro de educación superior de Costa Rica que forma a sus estudiantes en el arte de la narración de crónicas en profundidad. El cuidado en la enseñanza permite a los periodistas dominar con habilidad el lenguaje, los antecedentes, las historias, el drama y sobre todo la narrativa, para hacer más rico lo que se cuenta. Por eso, pese a que en las que forman parte de esta obra hay distintas cosmovisiones y puntos de vista, las crónicas permiten ver más allá en esta realidad que mezcla aristas ante las que no podemos permanecer ajenos. Ese es el viaje.

Así, vamos a “cabalgar por ese mundo que es flexible y hermoso”, como lo califica Valeria Román, una de las cronistas. En su narración, por ejemplo, nos detendremos a conocer la historia de Digna. Jotamí y Namaitamí, dos cargos religiosos de vital importancia, que solo pueden ser ocupados por mujeres y que, inevitablemente, nos llevan a la raíz mitológica de esta porción de la cultura cabécar. “Namaitamí es la diosa Danta, hermana de Sibö, ella repartió el chocolate en la fiesta de inauguración de la casa cósmica creada por Sibö”, cuenta Valeria.
Carolyn Mora

Junto a ella; Ernesto Rivera, Lorena Brenes, Angélica Sánchez, Fabián Meza, Rafael Arias, Andrey Araya, Carmen Edgell, Óscar Ureña y Carolyn Mora, serán los guías en un recorrido que pretende demostrarnos, y sobre todo recordarnos, que realmente aún somos cabécares, que, como lo dice Lorena, deben importarnos “las costumbres, la magia, vivencias y problemas que enfrenta el pueblo cabécar”.

“En el libro mostramos esa realidad. Pero también sufren una alienación tremenda. Los más jóvenes van perdiendo el deseo de conservar su cultura (…) Es un libro pionero en su abordaje sobre la cuestión indígena, no como un referente folclórico, sino como etnia compuesta de personas de carne y hueso. Personas que si no fueran atenazadas por esta brutal exclusión de la que son objeto, podían  ser nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos, nuestras parejas”, estas palabras de Andrey son el trampolín para la historia, para situarnos en una parte del estado de la cuestión y continuar el camino.

Rafael Arias

No se crea que las historias que se narran son aburridas o poco llamativas, tampoco que se quedan en la fantasía o lo irreal. Se tratan además, de situaciones crudas, tangibles y determinantes para el futuro de este pueblo, en su mayoría, hospedado en Chirripó. Óscar Ureña, por ejemplo, dibuja la historia de un cabécar, que “en estado de vulnerabilidad, abandonó sus creencias para convertirse a una religión ‘blanca’”. Así, se pisa terreno polémico, se aborda la manera en que estos grupos religiosos irrumpen en el pueblo indígena para intentar “borrar” su cultura. “Cada uno de los autores asumió, con mucha seriedad, la defensa a este pueblo”, subraya el cronista.

“Debemos escribir más crónicas y menos noticias”, nos dice Fabián Meza. “Yo digo que la crónica debe conmover, encolerizar y, tanto sacar lágrimas, como lograr que el lector sienta náuseas”, para él, ahí nace la importancia de replicar la cultura oral de los habitantes de estas montañas. Como el caso del , el panteonero cabécar. Fabián conversó con uno de ellos, y este encuentro sirve para abordar “el irrespeto de la sociedad a las costumbres de este grupo humano”. Este es vivo ejemplo de que el viaje tendrá de todo como en botica. Pero debemos seguir en nuestro caminar por potreros, charrales, ríos y bosque. Nos espera Simiri Ñak.

Fabián Meza

Rafael Arias puede ser nuestro relator y guía. Este cronista viajó hasta ese pueblo cabécar y sintió el peso de adentrarse en una de las realidades que componen la realidad, una cruda, invisible y desconocida, en gran proporción. “Es un viaje muy difícil, entre montañas, selvas y ríos.  El viaje, de alguna manera, es una metáfora del aislamiento al que están sometidos los cabécares, así como al olvido y la invisibilización que el Estado hace de su situación de marginación y de pobreza”. Sus palabras tienen como sustento la experiencia de lo vivido.

Y con base en ello y en su nueva visión, adquirida luego de internarse en el seno de estos ciudadanos costarricenses, que no son tratados como tales, Rafael lanza una reflexión que nos hace resbalar y detener nuestra marcha en el corazón del pueblo cabécar. Lo que a ellos les sucede, tendría consecuencias tan graves como irreversibles. “La cosmovisión de los cabécares tiene, probablemente, miles de años, lo mismo que su lengua, sus tradiciones y sus creencias, por ende, preservarlas, es salvar de la extinción una forma única e irrepetible de entender al mundo, a la naturaleza y al ser humano”.

Angélica Sánchez

Este cronista nos habla de un museo vivo, pero que, dolorosamente, corre el riesgo de convertirse en una pieza de arqueología, una especie de modelo taxidérmico que solamente llenará vitrinas o salas de exhibición. Pero además, Carolyn Mora nos recuerda que con ello podríamos perder más que la cultura de un grupo de personas que viven lejos de la mayoría de nosotros y que, consciente o inconscientemente, hemos aislado progresivamente.


“Ellos son nuestras raíces. Nosotros venimos a ser como el árbol de esas raíces: al árbol se le pueden hacer modificaciones, pero la raíz siempre va a ser la misma”, apunta esta autora del libro. “Somos nosotros, los de la ciudad, por decirlo de algún modo, los que estamos perdiendo el ser costarricense; nuestras raíces”, continuóCarolyn.

Ernesto Rivera

La causa de este proceso, que avanza comiéndose la cultura cabécar, como la gota constante sobre la piedra, se encuentra lejos de Simiri Ñak, por ejemplo. Se encuentra en lo que algunos podrían llamar la parte civilizada de Costa Rica –si se le pudiera calificar así-. Por eso, Carolyn nos obliga de nuevo a frenar nuestro recorrido, y pese a que ya llevábamos mucho avanzado, tenemos que regresar al principio. No en aquel camino embarrialado, no, mucho más atrás…

La causa –o al menos una- de que la cultura de los cabécares se encuentre en un punto de inflexión queda manifiesta en Aún somos cabécares: se llama discriminación. Ahí nos llevará esta cronista con su obra, pues contrapone el ritual de la menstruación en la mujer miembro de este grupo, y la discriminación de que es objeto durante siete días, frente a la exclusión que vive su pueblo en general. “Ellas son marginadas, por decirlo de un modo, por sus familiares siete días, pero son marginadas 365 días al año por nuestra sociedad”.

Carmen Edgell

La representante de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en Costa Rica, Yoriko Yosukawa, dijo al diario La Nación en setiembre anterior, que esto “es el resultado de un enfoque de desarrollo que ha dejado al margen a los pueblos indígenas, no solo en Costa Rica, sino en toda la región”. Además, reconoce que “la discriminación es todavía un problema serio que hay que superar. En Costa Rica hace falta conciencia plena de que somos una sociedad diversa”.


La desigualdad es tangible, desde las cifras o conociendo de frente la problemática de los cabécares, y de los grupos indígenas costarricenses como conjunto. Por ello, la invitación lanza un llamado para que se dé el cambio, necesario y urgente. Aún somos cabécares será presentado el próximo lunes de 28 de octubre, en la Universidad San Judas Tadeo, y su presencia será el primer paso de apoyo para estos costarricenses olvidados, y el último en nuestro viaje.