El último entierro de Benito Morales

Óscar Ureña, (izquierda) conversa con el enterrador tradicional,

El profesor Óscar Ureña (izquierda) conversa con Benito Morales, enterrador tradicional Ngäbe.

 

Esta crónica es parte del libro en preparación que publicará este año nuestra universidad: Ngäbe quiere decir persona.

Por Óscar Ureña García, profesor de la facultad de Periodismo y Comunicación

Vos asentís, Benito Morales. Sí, te duele un poco, pero aceptás. Claro que te duele, es normal. Así es la vida. Sin embargo, vos podés manejar un poco mejor el dolor. Tu hermano no llora, no manifiesta nada, pero sus ojos te dicen que sufre. Él está ahí, en la puerta de tu casa, Benito, cerca de La Casona de Limoncito de Coto Brus, para decirte que necesita tu ayuda. Vos asentís. Percibís su dolor lleno de resignación, pero vas a ayudarlo, porque sos uno de los Ngäbe que conoce el ritual del enterramiento: sos de los pocos que aún conoce cómo es que Ngöbo, el dios que creó el mundo con sus cuatro elementos, ordenó que los cuerpos sean enterrados para que lleguen con bien a la tierra, al inframundo, en donde todos descansan y tienen esta realidad, en la que estamos, como techo. Es por esa razón que hoy tu hermano te pide ayuda para enterrar a su hijo recién nacido. A tu sobrino, que nació ya sin el respiro de los vivos. Te duele, pero sos capaz de hacer ese encargo, porque sos un enterrador Ngäbe, que has hecho más de 20 entierros.

Tu pueblo, los Ngäbe, son una de las ocho etnias aborígenes que habitan en nuestro país. Según el último censo se estima que son cerca de tres mil habitantes que viven en tres cantones de la provincia de Puntarenas: Coto Brus, Corredores y Osa. No obstante, entre los meses de octubre y marzo, este número se multiplica con los Ngäbe que habitan en Panamá y migran para la temporada de recolección de café. Los Ngäbe, mal conocidos en nuestro país como “guaymíes”, tienen su propia lengua y su propia visión del mundo, como el ritual del enterramiento, sin embargo, poco a poco su cultura se ha ido perdiendo. Los jóvenes están terminando la educación secundaria, pero no les enseñan su cultura y muy poco de su idioma. Los rituales más importantes se mantienen por los esfuerzos de los líderes como el Cacique, sin embargo, los jóvenes cada vez se están alejando más de su rituales y su lengua. Incluso, como me lo confirmará Benito, muchos desconocen cómo se debe enterrar, según su tradición.

El baile de la serpiente es una de las tradiciones que los ngäbes de La Casona intentan conservar. EN la imagen, el cacique Pedro Bejarano dirige la danza.

El baile de la serpiente es una de las tradiciones que los Ngäbe de La Casona intentan conservar. En la imagen, el cacique Pedro Bejarano dirige la danza.

 

“Hay que ir hasta el cementerio, que está cerca de La Casona, para abrir una gran fosa”, le decís a tu hermano en la puerta de tu casa, explicándole el proceso que va a iniciar en ese instante. “Tenemos que velar a la criatura cuatro días”, agregás. Él asiente y se marcha para preparar el cacao que le dará a las personas que lleguen a la vela. Vos, Benito, tomás tu pala, una gran bolsa de naftalina que llamás “cambor” y un machete para ir a la montaña a buscar hojas de lagarto, que cubrirán el cuerpo del niño y se posarán sobre su caja.

Los Ngäbe, como otras culturas indígenas costarricenses, tienen su paraíso en la tierra. El inframundo es el lugar en donde habitan las almas de los que han muerto y descansan en la tierra con el dios Ngöbo. Es por esa razón que el ritual del enterramiento es tan importante, porque se allana el camino y se prepara la casa que tendrán en el inframundo. Eso es lo que hermosamente creen y practican los Ngäbe, según me dirá Benito y Rafael Bejarano, un líder cultural de la zona y miembro del Consejo del Cacique. Sin embargo, cada vez más estas prácticas se han ido perdiendo. Muchos jóvenes no quieren aprender la cultura. Según en un estudio publicado en la revista Káñina, realizado por Carlos Sánchez, investigador en Lingüística de la Universidad de Costa Rica (UCR), cerca del 40% de los Ngäbe de Coto Brus no hablan su lengua. Y con la lengua, va también la cultura.

“Están amenazados pues sus esferas de uso continúan reduciéndose, y su transmisión intergeneracional ha cesado por completo o muestra signos de haber disminuido drásticamente”, destaca Sánchez en su investigación.

Por eso estás aquí, en este cementerio, cavando una y otra vez, Benito. Metés esa pala en la tierra, empujás con tu pierna derecha y todos los músculos de tu cuerpo funcionan para tomar esa cantidad de tierra y sacarla de su sitio, para lanzar los finos granitos de tierra, acumulados, hacia tu izquierda. Así lo hacés una y otra vez, junto con otros tres Ngäbe que fuiste a buscar, pero no me dirás sus nombres cuando te entreviste 18 años después, en la escuela de La Casona de Limoncito de Coto Brus y me mirarás a los ojos para contarme la historia de cómo se entierra en tu cultura.

Vos, Benito, no te detenés, das golpe tras golpe para seguir cavando esa fosa que es tan importante para que el cuerpo de tu sobrino descanse y el alma descienda a su casa en la tierra, con Dios.

Luego sabré que tienen que cavar la fosa cuatro adultos, uno en cada punto cardinal para respetar el proceso de los cuatro tiempos que estableció Ngöbo en la creación del mundo: eso es algo que vos sabés muy bien, Benito. No olvidarás esos detalles. Después de tantos años sin enterrar, no lo olvidarás. Pero esto que vos sabés, Benito, esto que durante tanto tiempo aprendiste de tus padres, tíos y abuelos, hoy se está perdiendo.

Según el informe de Unicef “Diagnóstico Niñez y Adolescencia indígena”, de la Mesa Nacional Indígena de Costa Rica, los colegios de la zona de Coto Brus que están en las reservas, no continúan con la línea de la cosmovisión indígena, la eliminan. Lo que lleva a que los jóvenes dejen de vestir con sus trajes tradicionales y no aprendan su idioma ni sus costumbres, por vergüenza.

Un lugar de contrastes: centros educativos, tendido eléctrico, parajes hermosos y, como telón de fondo, una cultura originaria que lucha por no desaparecer.

Un lugar de contrastes: centros educativos, tendido eléctrico, parajes hermosos y, como telón de fondo, una cultura originaria que lucha por no desaparecer.

 

La pala, el sol y los años acumulados en el cuerpo ya cavan hondo en tu interior, Benito. Estás agotado. Sentís que no podés más, pero seguís metiendo profunda, en la tierra, esa pala tuya para crear la fosa de dos metros de profundidad. Entre los cuatro ya han logrado avanzar bastante, pero falta un poco más por profundizar. Aún falta un poco más para llegar hasta el punto en el que puedan cavar otros dos metros, pero ya no verticales, sino horizontales. Para crear una cueva subterránea, una casa pequeña que le sirva al alma de tu sobrino y que así pueda vivir en la tierra junto con Ngöbo, el dios creador. Vos das instrucciones. Sos el que sabés cómo se debe enterrar y todos te escuchan y obedecen, porque es importante que todo se haga según la tradición, mantener esto es mantener viva parte importante de su cultura.

A pesar de los grandes esfuerzos por mantener estas tradiciones, la cultura cada vez se erosiona más. Agregado a la problemática juvenil, se suma que la religión católica ha crecido su número de feligreses Ngäbe, gracias a una constante permanencia de sacerdotes en la zona. Sin embargo, el grupo religioso que más ha invadido las reservas ha sido el protestante evangélico. En los ocho kilómetros que separan La Casona de la carretera principal hacia Coto Brus, se pueden apreciar varias iglesias protestantes. Una de ellas es de las Asambleas de Dios. Yo las vi. Benito me dirá que muchos Ngäbe ya no practican los rituales y se han convertido al protestantismo. Incluso, el pastor de esa iglesia es Ngäbe. “Son muchos”, me dirá cuando le pregunte la cantidad que él conoce que han abandonado su cultura para asistir a la iglesia evangélica. ¿Y vos, Benito, vos en qué crees ahora?

Seguís metiendo la pala sobre esa pared de tierra que tenés en frente para crear algo semejante a una cueva en la que habitará tu sobrino en el inframundo. Pero a pesar de saber qué tenés que hacer y cómo hacerlo, las dudas se te vienen un poco a la cabeza. ¿Por qué hacemos esto así? ¿Por qué esto debe ser así?, te preguntás, pero eso solo queda en tu cabeza, en tus pensamientos, mientras seguís moviendo la tierra de un lado a otro, para sacarla de ese agujero que han creado y en donde enterrarás a tu sobrino.

Un día entero, desde que amaneció hasta que oscureció, han estado acá, en este hoyo, volando pala para cumplir con el ritual del enterramiento. A vos, Benito, el cansancio se te acumula en los ojos y, escondido en esa cuevita que solo vos estás cavando, llorás un poco, porque ahí, al otro día, enterrarás el cuerpo y el alma de tu sobrino que nació muerto. Pero, también, es posible que las dudas te estén rondando la cabeza y creando confusiones que solo podés sacar con un cóctel de lágrimas. Pero te secás rápido para que no te miren los otros tres hombres que te ayudan. Porque los cuatro, juntos, deben cavar.

El número cuatro tiene gran importancia para la cultura Ngäbe. Rafael Bejarano me explicará que cuando el mundo fue creado, se hizo con cuatro elementos. Y se repartió a los cuatro hijos del dios Ngöbo. Cada uno domina uno de los elementos y los puntos cardinales. Así, como el mundo se creó en cuatro, todo viene cuatro veces. La maldad viene en cuatro ciclos. Las tumbas se cavan entre cuatro personas y la muerte se respeta cuatro días. Es por eso que los cuerpos tienen que ser velados durante cuatro días, antes de enterrarlos en la tumba en forma de cueva.

Ya amaneció el nuevo día y el hoyo que han cavado empieza a sentir el calor del sol. Son las 9 de la mañana y las nubes que se acumulan sobre los cerros, que rodean La Casona, suben cada vez más para dejar que el sol caliente la tierra. Vos estás ahí y ves como vienen tus familiares con una cajita en los hombros. Las caras de tristeza son enormes, no es para menos. Tu hermano mira el vacío con ojos adoloridos. Tu cuñada llora, un poco agotada porque aún está indispuesta luego de horas de labor para parir a su hijo sin vida. Vos entrás a la tumba y ponés las hojas de lagarto, como una cama en donde reposará la caja.

Los enterradores Ngäbe, a diferencia de otras culturas costarricenses, no preparan el cuerpo. Solo lo cubren hojas de lagarto y meten, ahí dentro, pelotas de naftalina para controlar el olor. Benito me dirá firmemente que los cuerpos no se descomponen durante los días de vela. Sin embargo, este ritual se ha ido perdiendo ya que, muchas veces, Medicadura Forense del OIJ y las Morgues de los hospitales tienen que trabajar los cuerpos en las autopsias. No ha habido otra solución más que aceptar que estas instituciones hagan eso. Es la ley. A pesar de que existe La Ley Indígena de 1977 que, en su artículo 1, plantea:  Son indígenas las personas que constituyen grupos étnicos descendientes directos de las civilizaciones precolombinas y que conservan su propia identidad”. Incluso, en La Casona de Coto Brus, se tomó de la decisión de que las autoridades del país traten los cuerpos cuando deban hacerlo. Es una manera en la que los avances en salud de nuestro sistema, les quita parte importante de sus tradiciones y su cultura y le niega sus derechos.

Ponés la cajita sobre su cama de hojas, luego la cubrís con más hojas, para enramar su casa en el inframundo. Vos, Benito, empezás a cubrir con tierra para que por fin descanse y logre llegar hasta la tierra donde habita Ngöbo. La pala, una y otra vez toma y deja caer la tierra en ese hueco que tanto tiempo les tardó cubrir. Los otros tres hombres que te acompañan, te ayudan para aligerar el tiempo. Cada uno se ubica en los cuatro costados y dejan caer la tierra con sus palas.

Para algunas mujeres de La Casona, la confección y venta de artesanías es una manera de ganarse el sustento.

Para algunas mujeres de La Casona, la confección y venta de artesanías es una manera de ganarse el sustento.

 

Las lágrimas caen por los pómulos de las personas que te rodean. Tu hermano sigue mirando, desesperanzado, a la nada. Vos, Benito, sentís un agotamiento tremendo. Tenés 50 años en este, tu último entierro, cuando te entrevistés conmigo tendrás 68. Sabré tu edad porque te buscaré en la página del Tribunal Supremo de Elecciones y veré tu número de cédula y que naciste en Limocito de Coto Brus.

Antes de cubrir en su totalidad, vos sembrás una mata de café sobre la tumba. Me dirás que las matas protegen en el inframundo. Ningún demonio puede desenterrar el cuerpo porque el espíritu de las matas lo protegen. Porque allá abajo, es un mundo parecido al que habitamos en vida. Y necesita protección para llegar allá. Además, hay otras necesidades.

En el inframundo las almas necesitan, además de un refugio y protección, ropa y alimentos. Es por esa razón que si se visitan los cementerios en los alrededores de Limoncito de Coto Brus, se puede observar ropa, artefactos como palas y hasta café sobre las tumbas. “Ellos necesitan cosas y nosotros se las damos para que estén mejor allá en la tierra. Aunque aquí se descompongan o se dañen por el tiempo, allá todo es nuevo”, me dirá, Rafael Bejarano.

Es por eso que tu cuñada, Benito, pone una ropita de bebé debajo de la mata de café y tu hermano pone una pequeña manta. Es lo único que tenían del bebé. Y eso es lo que ponen. Por fin, Benito, ponés el último palazo de tierra y lo golpeás con la parte externa de la pala, para comprimirla mejor. El agotamiento es enorme. Para vos este entierro ha sido difícil.

Este será tu último entierro, Benito. Mi dirás que es porque estás viejo, que ya no podés cavar más, pero luego, te detendrás por un segundo. Mirarás a la nada. Suspirarás un poco. “Lo que pasa”, me dirás, “es que ahora yo voy a iglesia evangélica y no hago rituales “guaymíes”. Tengo años de ser evangélico”, me dirás con la mirada perdida en las montañas.